miércoles, agosto 30, 2017

Vera…NO



Alguien dijo que era verano. Que había que cambiar los armarios. Sacar la ropa más fresca y hacer hueco a los polos de sabores. De niños era la época más feliz. Sin horarios, en la calle, entre golpes y juegos inocentes. Al crecer se supone que también, pues para los más suertudos es sinónimo de vacaciones, relax y desconexión. Recordemos que hay gente ‘normal’ que no puede permitirse esos lujos o que los intenta colar en los ratos de ocio, si es que sus agendas lo permiten. Eso sí, en la ecuación de los días un elemento caprichoso se antoja fundamental: la climatología. Escuchamos con atención al señor del tiempo y le hacemos vudú cada vez que mete la pata con las borrascas y los anticiclones. En este 2017 mirar al cielo ha sido directamente proporcional a la depresión colectiva. Los habitantes de las playas no han tenido apenas ocasiones para empadronarse en la arena, con el consiguiente moreno perdido. Ahí el tanto se lo marcaron quienes optaron previamente por los rayos, cuando no se enchufaron directamente el bronceado. La frustración no ha ocupado hamacas ni tumbonas, ¿será por el cambio climático? Las teles han demostrado su poco aprecio a los sufridos espectadores veraniegos, con refritos o programas de difícil digestión. Los conciertos fueron la banda sonora, junto a las verbenas, por mucho que alguno se saltara el playback, incluso la despedida. O que las colas ‘des-pa-ci-tas’ duraran más que el propio espectáculo.

A nivel gastronómico no han faltado los platos más ligeros o todo lo contrario, con copiosas comilonas familiares o barbacoas de amigotes, por mucho que cayeran chuzos de punta. Esa parte tan cañí no se pierde por nada del mundo. Si por ADN somos de bares, en época estival nos encontramos en las fiestas de los pueblos o en las ‘casetas’ y nos ponemos al día en un periquete. Hasta la clase política baja la guardia y congela sus discursos esperando la vuelta al escaño. Por mucho que la realidad se viera golpeada por la barbarie y tuvieran que dejar la segunda residencia para dar la cara. Si históricamente eran las bicicletas de ‘Verano Azul’ las que marcaban la ruta, hoy resuenan las excavadoras y hormigoneras de las obras que prometen bondades. Los charcos tan atemporales han vuelto a jugar malas pasadas a chancletas o sandalias mal calculadas. La rebequita o la sudadera de por si acaso no han defraudado, dadas las inclemencias torrenciales. Al final en esta tierra infinita muchos visitantes firman por el frescor y zafarse de la calorina, pero seguro que no esperan tamaño infortunio estival. Ni mucho menos es justo para los locales, hartos de defenderse frente a los nubarrones públicos. Estudios afirmaban que el mal tiempo agria el carácter, por eso se puede justificar que en este Norte no seamos los más dicharacheros ni expansivos y viajando al Sur sea todo lo contrario. Generalizar es siempre un error y hay personas de todo tipo con humor ídem, sea cual sea la isobara de turno.

Aunque, ¡mucho ojito! Todo es relativo cuando te asomas a Instagram y ves los perfiles de los famosos o de los anónimos que juegan a clonar las máximas de los otros. Consumiendo sus exhibicionismos veraniegos, cualquiera diría que éste año ha sido lo más de lo más. Mientras llueve y mucho, observas cómo en sus posados extremos todo es perfecto. De cuento. De cuenta, incluida la no corriente. Entonces entra una envidia insana, mezclada con el ansía de devorar más y más carne de celebrity. Esos veranos que no pixelan ni gotean, en apariencia, tendrían que estar subvencionados por la Seguridad Social. Entonces te despiertas pensando que todo responde a un maldito guión, con el mismo final de ‘Los Serrano’ y con un sí rotundo. 

martes, agosto 22, 2017

Males enredados



Las redes sociales tienen muchas cosas buenas, pero otras que nos deben cuestionarnos su uso. La deshumanización nos ha llevado a normalizar prácticas o palabras que no debieran tener cabida en nuestra realidad. Está claro que la barbarie ha de combatirse con determinación y firmeza, pero ciertas manifestaciones tan violentas y gratuitas no son el mejor modo de actuar como acusación espontánea. Se vomitan muchas opiniones que suelen estar vacías de contenido y conocimientos previos. El mundo de las fobias es muy peligroso, porque se extiende cual mancha de aceite con unos efectos aún incalculables. Tendentes a la generalización, caemos en errores que implican limitación de miras. Está muy bien dar rienda suelta a la libertad de expresión, siempre que no suponga un ejercicio de desparrame importante. Aquí es donde las redes han dado un espacio de carta blanca para despacharse con las noticias de turno o el personaje carne de titular. Que las fuerzas de seguridad tuvieran que pedir contención en el reenvío de imágenes sangrientas a los propios ciudadanos y, cómo no, a determinados medios de comunicación es una muestra de esa manga ancha que nada filtra. Era tremendo que ante el estupor generalizado algunos tuvieran más ansiedad por compartir en bucle que pararse un segundo a pensar en las consecuencias de semejante fatalidad. Algo hacemos mal si olvidamos el trasfondo de un suceso horrible como el de Barcelona y lo convertimos en un material viral. Está claro que las nuevas tecnologías han modificado los usos sociales de la información, pero también habría que puntualizar sus abusos. Que en el momento del atentado hubiera gente más pendiente de grabar vídeos que de prestar ayuda o mantenerse fuera de peligro dice mucho de esta corriente cuestionable.

Cambiando de asunto y lamentando que el terrorismo consiga golpear a su antojo nuestras vidas, ha saltado la noticia del uso machista o no de una imagen por parte del perfil social de Turismo en Cantabria. El origen fue la imagen de una joven con título de ‘influencer’ disfrutando de una de nuestras playas. Eso sí, en un sugerente bikini, como tantos que habitan las cuentas de esta comunidad de muchachas venidas a más no siempre con oficio, pero sí beneficio. El equipo de community managers o alguno de ellos por dar valor a ese contenido decidió emplear la imagen citando a su autora. Una práctica constante en Instagram o Twitter para generar más impacto. Y vaya si lo ha hecho. Hasta un partido político ha cargado las tintas contra esa ‘estrategia’ y ha provocado que eliminaran la fotografía. En mi opinión, no creo que hubiera una intención de explotar la parte de ‘mujer objeto’, sino de líder de opinión, con tropecientos mil fans que siguen a la susodicha. Es cierto que hay malos usos de la Publicidad, que aún tenemos que lamentar campañas estereotipadas, mensajes rancios e imágenes bochornosas, pero hay que saber diferenciar. Que unos medios sociales de carácter público empleen un icono sexy igual no es la campaña más adecuada para una tierra infinita, pero de ahí a poner el grito en el cielo. Para mí el auténtico asombro viene de aupar a personas en personajes, con méritos que suelen resultar dudosos. Convirtiendo sus días en una profesión rentable. Auspiciar públicamente fenómenos así me resulta injustificado. Ya me despaché a gusto en el post anterior, dedicado a Dulceida. Si tengo que reiterarme lo haré porque no entiendo la necesidad de repetir roles prefabricados y aspirar al más de lo mismo. El fenómeno flamenco gigante en la piscina es el mejor ejemplo. Se crean unas necesidades a través de la retahíla de Internet que niegan el juicio crítico y terminan en clonaciones patéticas. Más personalidad y menos cromos repetidos, por mucho que los haya impuesto tal o cual reina de los ‘megustas’. Disfrutemos de lo bueno de vivir enredados, sin caer en sus abismos peligrosos. Sin olvidar el valor de las distancias cortas, porque estamos perdiendo la cultura de piel con piel o del diálogo de mirada sostenida y eso asusta. 

domingo, agosto 06, 2017

La princesa del pueblo likes



Su nombre de cuatro letras, edulcorado en la red, se ha convertido en toda una marca. Se trata de Aida Domenech, popular por su alter ego, Dulceida. Por sus followers la conocerán. No necesita un talento desbordante en nada, sólo la jeta suficiente para aprovechar el tirón. Y es que las nuevas tecnologías han reinventado las reglas del juego de la fama. Los históricos iconos de la cultura pop eran rostros del cine o de la música. Hoy son los youtubers, como ella, exhibicionistas en bucle, que encuentran en las pantallas su modo de vida. En su caso, sin estudios, con experiencia como dependienta de Amancio, pero con una ambición semejante al magnate gallego. De colgar fotos de sus estilismos más casuales de adolescente ha pasado a cobrar ingentes cantidades de dinero por protagonizarlas. Las firmas más punteras han detectado el arrastre de estos nuevos fenómenos virales para enganchar a los públicos más diversos. La capacidad de juicio se nubla cuando el ‘ídolo’ establece la pauta. Las prendas vuelan, los fetiches se multiplican. Incluso tienen ‘recursos’ para hacer magia con sus ‘habilidades’. Pasan espontáneamente de emprendedores (lanzando colecciones de ropa, de joyería o mercados con su nombre), a DJ’s (siendo cabeza de cartel con el único talento de ‘pinchar’ la música que les hace gracia); de comunicadores (con contratos en importantes televisiones o webs ejerciendo de reclamo), a modelos (curiosamente, antes lo fueron Rociíto o Jesulina). Detrás de estos jóvenes, un grupo bastante numeroso y en el caso de la catalana organizado como un escuadrón, habrá mentes pensantes que se froten las manos. ¡Euros, euros, dubi, dú!

Es su momento. Aseguran llenazos en desfiles, discotecas o festivales. El griterío teen va de serie allá por donde pasan/pisan y el efecto llamada se multiplica. Porque los canales o vlogs crecen como lechugas, repitiendo juegos, mostrando intimidades, aspirando a captar suscriptores. El fenómeno tiene su lado positivo en cuanto a dar herramientas y visibilidad a los chavales. Sean como sean, pueden tener un espacio de libertad y encontrar semejantes. Eso sí, siempre que su realidad resulte rica y no una dependencia fatal de Internet. Antes se jugaba en la calle, ahora el patio tiene más arrobas que árboles. Sus educadores tendrán que poner en valor los valores y cuestionar el futuro de un desempeño laboral dudoso. Porque volviendo a la chica de oro, cada una de sus fotos tiene miles y miles de corazones gustativos. Y ahí es donde inocula los mensajes que pasan por caja. El bucle continúa en viajes de ensueño, hoteles de postal, una agenda imposible. Tanto como la frustración que puede crear entre sus fans. Su vida de cuento es un espejismo, una irrealidad que despierta anhelos. Como convertir su sexualidad en noticia o comercializar con su bodorrio de playa. Lesbos mediante. Hay algo inteligente en su estrategia de personaje, en hacer una telenovela de ella misma, porque ha sido capaz de ampliar su universo. Otras it-girls se canalizan en la moda y ahí son ‘referentes’ de estilo. En su caso no es la más guapa ni la que mejor viste, pero se ha convertido en una especie de Belén Esteban de la cosa enredada. Sin duda, es la princesa del pueblo likes y ella se muestra encantada de llevar la corona. ¿Hasta cuándo? ¿Se sublevarán sus «preciosos»? ¿Se acabará su dulce surrealismo? Pase lo que pase, habrá rentabilizado su «mucho amor».

lunes, julio 31, 2017

Bustamante, a corazón expuesto



Del andamio a las portadas de la prensa rosa, el viaje profesional y emocional de David Bustamante ha sido tan frenético como intenso. Su paso por ‘Operación Triunfo’ catapultó a la fama a una generación de anónimos que colapsaron audiencias y listas de venta. Semejante frenesí, aclamado y criticado a partes iguales, hizo que sus protagonistas vivieran una película de dimensiones infinitas. Exprimieron su ‘talento’ y quizá no les dieron suficientes herramientas para digerir su recién estrenada realidad. Así lo reconocían ellos en su reencuentro catódico, recuperando un ‘Mi música es tu voz’ y compartiendo sus vidas mediante. El de San Vicente de la Barquera supo encarrilarse musicalmente y demostrar que había llegado para quedarse. Eso sí, pagando algunos peajes, como los focos de la carnaza del corazón. Por suerte para él no tardó en encontrar a su princesa de cuento, una asturiana aspirante a las alfombras rojas, con escasos pinitos artísticos. Su fusión era perfecta, como su boda, que tuve ocasión de cubrir. Eran la viva imagen del amor ‘romántico’, de las portadas con saludo, del querer bien entonado, por mucho que él acudiera con una lesión. Desde entonces viralizaron su historia, aunque el verbo se accionara de verdad hace no tanto con la eclosión de las redes sociales. En ellas han compartido sus idas y venidas, en una especie de reality-show compartido, con declaraciones constantes, hashtags pastelones, fotos libres de no filtro…

Hace unos meses los rumores de ruptura y separación levantaron todas las alarmas e incontables titulares. Haciendo balance de situación, pasados los años en común, la buena gestión de la carrera de ella como reina del influir (o eso dicen) e imagen de cuantiosas marcas, voltearon las tornas en su poderío mediático. Aunque la muchacha como actriz, lo que se dice actriz, no ha destacado por méritos propios. Bueno, algunos dicen que su mejor interpretación fue en el momento justo de la polémica, cuando ejerció como carne de photocall y desplegó lágrimas de cocodrilo. Él intentó mantener la calma, aunque la presión de los paparazzi se lo pusiera difícil. La debutante celebración religiosa de su pequeña sirvió como marco de un teatro de comedia importante. En todo momento, han intentado mantener al margen a la chiquilla, aunque no han parado de subir imágenes con ella a sus cuentas en red. Como padres es lógica su actitud, aunque como pareja están resultando un tanto incoherentes. Guardar las apariencias no siempre cuela, menos con tantas filtraciones. Es su vida y ellos sabrán cómo lo manejan, pero lo triste es pensar que hay razones comerciales detrás.

Pueden acabar muy dignamente de forma pública, aunque entiendo que los canutazos cotidianos de la prensa sean un calvario. Como el episodio tan desagradable del cuestionable captador de vísceras que ha despertado los demonios del triunfito. Las imágenes de móvil, a modo de prueba, muestran el malestar y sus arranques de hartura frente a las provocaciones del susodicho. Un personaje sin escrúpulos, encantado de los focos y perfecto ‘material’ para generar contenidos a modo de chicle. Parece que la historia se alargará con acciones judiciales y la suma de dimes y diretes. Cuentan que un supuesto romance alentó el enfrentamiento y, de ser cierto, no hay nada malo en que el cantante rehaga su vida. Otra cosa es que no haya sido del todo claro, por muchos mensajes irónicos que lance en sus conciertos sobre su ‘soltería’. Llegados a este punto tendrán que decidir cómo finiquitar su historia de cara a la cosa pública, la misma que tantas satisfacciones les ha dado. Quizá sea hora de que la ¿parejita? acordara un comunicado para zanjar los chismes, sino van a tener seguimiento sin fin. O no lo damos todo por perdido y celebramos que nos vuelvan a edulcorar el Instagram. Revilla iría encantado a su reboda. Y yo a contarla, también.   

viernes, julio 28, 2017

La noche de las colas vivientes



La letra se convirtió en lamento. El sonoro ‘Despacito’ de Luis Fonsi se materializó en el acceso a su multitudinario concierto. Sabíamos que en Santander no estamos acostumbrados a fenómenos de masas, pero lo de anoche resultó un caos importante. Una hora después del inicio del show, miles de personas esperaban fuera del recinto de La Magdalena el momento de disfrutar sin límites. A cambio, tuvieron una paciencia ídem, en un compás de espera que se alargaba más allá de la Playa de El Camello. La organización abrió puertas con dos horas de antelación y avisó de la importancia de acudir con tiempo. El balance de entradas agotadas para 15.000 almas hacía presuponer un jaleo de tamañas dimensiones. Parece que muchos optaron por ir al límite o casi, pensando que el gentío estuviera ya en el vallado musical, pero no. La confusión se apoderó en idas y venidas que muchos agitaban con litros de alcohol. Otros cenando, con paciencia, y la mayoría buscando la vía de acceso más efectiva. Dentro el puertorriqueño había comenzado su espectáculo, ajeno (o no) a las multitudinarias ausencias. Está claro que hubo fallos en la disposición de los accesos, con poca vigilancia. Es más, los controles fueron un visto y no visto, con nervios y prisas impropias para una cita marcada, por derecho, en el calendario. Siempre he criticado que la capital cántabra no programe grandes directos gratuitos en sus festejos, como ocurre en prácticamente todas las pequeñas, medianas y grandes ciudades. Aunque, visto lo visto, quizá no seamos capaces de asumir un poder de convocatoria tan bestial. Eso o que los responsables no están a la altura o con la capacidad suficiente para gestionar a semejante masa crítica. Habrá que darle una vuelta o dos. Pasada una hora y aprovechando un vacío oportuno en la anaconda social, fuimos capaces de sumarnos a la procesión. Una vez dentro del redil, llegar a la campa fue un paseo. Eso sí, sin hilo musical, pues apenas se oía lo que allí estaba pasando. ¡Qué capacidad de insonorización! En resumidas cuentas, el muchacho llevaba cuarenta minutos de darlo todo, con sus estilismos imposibles, cuando quisimos poner la oreja.


Ya superada la aventura, las conversaciones seguían coleando. Eso sí, no tardaríamos en accionar otro mecanismo tan cañí: las malditas comparaciones. El damnificado, y con razón, no era otro que Enrique Iglesias. Aunque el espectáculo de anoche no era para tirar cohetes, ganaba la partida al hijo de Preysler, de calle. «Canta más, tiene mejor voz», decían mientras intentaban tararear algunas de sus baladas menos conocidas. Y es que Fonsi se ha labrado una carrera a base de lentos de latido impulsivo, por mucho que ahora sea el rey del latineo. Un cuarteto de baile, tres pantallas verticales más la de realización, elementos gráficos ramplones, fuego a discreción… Bien, pese a que en ocasiones se perdía el sonido o era complicado entender sus letras. Eso sí, en el escenario se notaba su total dedicación. Hasta un «¡Viva Cantabria!» resultó oportuno, cuando comenzó el pesado calabobos. Coló el ‘Des-pa-ci-to’ en medio del show, con las oportunas manos en la cabeza de los recién llegados, temiendo el final. Ni mucho menos. Tuvo tiempo de viajar en sus archivos sonoros y emocionar con sentido. Sin duda, la canción del momento merecía bis y así lo hizo, en otro ritmo, con la gente entregada y los móviles echando fuego. El fin a la batería y con bien de confeti, a lo Enriquito, remataron el primer acto. Un más o menos rapidito, cola mediante. Con un balance reventado para los que no tuvieron más remedio que acudir a la reventa.


Tomó el testigo Juan Magán con su electrolatino, en una suerte de discoteca móvil. Después de días de protagonistas más melódicos, había ganas de bailar. Especialmente las nuevas generaciones, entregadas a sus canciones, auténticos destapes de lo S a lo X, en un plín. Sus cuerpos en danza mutaban de lo brillante a lo felino, del chispazo a las articulaciones, acabando modo jardín en flor de plástico. De esas con las que Paula haría maravillas para su Instagram. El buen rollo generalizado desoía su nula capacidad vocal, tapando sus bases, a lo Paquirrín. En esos momentos, la presencia profiláctica de colores a cuerpo gentil recordaba que la lluvia seguía viva. Una bandera de Cantabria, que se llevó de perfecto souvenir, adornó la cabina lumínica. De pronto, pinchó un tema con el susodicho de la experiencia religiosa y entre sus ‘declaraciones’ quiso hacer el chiste. «He leído en prensa que Enrique no se despidió…» y fue entonces cuando su voz sí sonó rotunda. ¡Curioso! El espectáculo de luces y colores animaba al desfase en grupo, las coreografías improvisadas, amén de las risas sin filtros. Esas que tenían mucho que ver con los looks desiguales. De los propios de la verbena a los más dignos de alfombra roja y tacón imposible. Llamaba la atención que sin papeleras no había paraíso, pues todo el verde estaba lleno de vasos y cartones de pizza. La animación se prolongó hasta altas horas, con canciones de dudosa calificación, y para entonces nadie se acordaba de…  


¡Las malditas colas! La salida fue otro sufrimiento supino. Desmontaron los laterales y el colapso sumaba varios focos. La presunta manifestación encontró otras vías de escape como recordar clásicos del tipo ‘La Fuente de Cacho’, ‘Cielito Lindo’ o ‘¡Que viva España!’. Los más previsores recurrían a las pipas para animar el tránsito. La ansiedad por recorrer los escasos metros hasta el portón del recinto provocó más de una caída por la ladera lateral. Otra forma de matar el hastío fue localizar parecidos razonables. Luis Fonsi hubiera pasado desapercibido, por mucho que brillasen sus pantalones. «¡No habéis visto tanta gente ni cuando hay paella gratis!», decían algunos, entre risas. Y es que miraras donde miraras, aquello era un infinito de difícil cómputo. Con los datos de los teléfonos colapsados, integrantes de una riada humana. Lo mejor y más escuchado: «¡Total, por 10€!». Fue el precio de una gran noche, especialmente redonda para la señora de los perritos. Esa sí que perreó y agradeció el colón, colón.  

domingo, julio 16, 2017

Crónica de un desconcierto



Anunciado como el gran reclamo de un descafeinado Año Jubilar Lebaniego, Enrique Iglesias tomó el pelo a las miles de personas que esperábamos un espectáculo decente. A estas alturas de su ‘trayectoria’, presumir calidad vocal al hijísimo del Hey! era delito, aunque finalmente lo resultó la sucesión de surrealismos que desplegó en el campo del Racing. Tardé mucho en decidirme a ir a tan fastuoso evento. Nunca he seguido su carrera, más allá de los hits machacones y aquellos inicios edulcorados. Dudaba mucho que su elección fuera la más acertada para encabezar un programa de incontestable (y necesario) atractivo. Las decisiones de nuestros mandamases en lo que a ‘Cultura’ se refiere, y  casi en términos generales, me resultan cuestionables. Al final, siempre caemos en provincianismos ridículos y éste me parecía uno más. Vendiendo la exclusividad de un show a nivel nacional y europeo, como si se tratara de un tanto para sacar pecho. A una semana vista compré mi pase a la sangría del auto-tune y el electro chirriante. Esperaba, al menos, un montaje de altura y un repertorio digno de estrella bien entendida. El miedo a la barbarie inhumana alertaba a la organización y era tema de corrillos, incluso de bromas macabras. Se anunciaron medidas de seguridad minuciosas, pero la realidad fue bastante menos aparatosa. Hace unos días en el Madrid más orgulloso los agentes y la organización demostraron más tino al respecto. Con cacheos y revisiones de pertenencias al detalle, nada de ejercicios de improvisación, que quedaron en un protocolo descafeinado. Que el perfume en spray de mi amiga fuera considerado arma de destrucción en potencia me resultó ridículo. A ella, un robo (el primero), pues acababa de llenar sus gotitas de fragancia. El caso es que cualquier desalmado hubiera podido colarse sin mucho ingenio. Quizá habría que replantearse cómo filtrar con garantías al público de un macro punto de encuentro. Vallar en zigzag kilométrico era insuficiente.

En esos momentos, Enrique estaría haciendo gárgaras para afinar su (no) voz. La pista/césped se convirtió en una suerte de plaza, sumando saludos y reencuentros fortuitos. Éramos una masa expectante, entretenida con un DJ muy ramplón, con el sonido sumamente bajo. No supo calentar la previa. En este punto ya podíamos suponer que, como público, los santanderinos somos exigentes y de primeras (y casi últimas) fríos. Quienes nos enfrentamos a la cosa pública, lo sabemos, y sufrimos ese hándicap. Nuestro carácter no tiene nada que ver con nuestras ganas de disfrutar, pero nos cuesta entregarnos al aplauso y el venirse arriba. No ayudó nada que el protagonista se presentara en el escenario con media hora de retraso. Que se anunciara a las 22:30 hs. ya parecía tarde para el horario habitual de estos ‘directos’. Quizá el jet lag o sus horarios intercontinentales condicionaban el arranque. Salió sin más, con poca potencia, subiendo la radio a medio tono. El mismo, o menos, que emplearía durante toda la noche. Un pantallón enorme presidía su montaje, con efectos nada impresionantes. Llamaba más la atención el universo de móviles a pleno rendimiento, viviendo la experiencia a través de las pantallas. Más activas que la propias de la realización. Pésima es poco. Apenas emitieron su seguimiento, con cortes a negro, cero profesionales. Mucha grúa y demás, pero cero reflejo en el desarrollo. Sus malas artes con el micrófono fueron una constante. Se lo quitaba sacando a relucir su base de playback. Cuando supuestamente ‘cantaba’, el efecto sintetizado era horrible. Sí, que sabíamos (o yo lo hacía) que no brilla por su instrumento, pero esperaba algo más de tino.


Son muchos años de carrera como para haber recibido unas clases y tener los recursos suficientes para hacer frente a su trabajo. Otros ídolos muy estelares con parecidas herramientas nulas saben rodearse. No me pareció su caso. De hecho, ni se tomó el tiempo para presentar a la banda. El inglés oshea o de extraña pronunciación también se merece un tema. Tanto que la gente no seguía las canciones. Bien por desconocimiento, que eso parecía con tanto silencio, o por incompatibilidad con su saber anglo. Digno de los cursos CCC. Se limitó, básicamente, a restregarse con las primeras filas, encantado del postureo. Para esas horas, Beato de Liébana no daría crédito, allá donde estuviera santificado. Los puristas o viejunos irredentos esperábamos temas como ‘Experiencia Religiosa’ o ‘Lluvia cae’, tarareada insistentemente, sin éxito. Pero el track list se limitó al filtrado por los medios. A excepción de ese cierre o bis inexistente. Porque la despedida fue como el mayor visto y no visto que pueda recordar. Sí, confeti y globos, pero también una desazón importante. Para cuando se encendieron aquellas luces y la gente, inmóvil, trataba de asimilar el desconcierto, Enrique ya se habría reunido con su hermana Tamara en las Dunas de Liencres (donde ella localizó el show, ¡qué grande!) o el spa del Hotel Real. Los gritos y pitidos de indignación sonaron más alto que todo él. Pasó tan rápido, pues cumplió con los 90 minutos propios del terreno de juego, que nos dejó muy vacíos. Hablo por mí y por otros tantos que se quedaron igual. Me alegro de quienes disfrutaran al máximo y hoy hasta se rían de los enriquecoléricos.

En mi opinión, Santander y Cantabria merecen una programación más digna y, de hecho, la hay, pero somos bastante injustos. Nos dejamos llevar por los brillos de estrella y no siempre apoyamos iniciativas o carteles que esconden oro puro. Personalmente, esperaba que la presencia de Isabel Preysler y Mario Vargas Llosa compensara un poco la broma, pero parece que el hijo de Aznar fue el cabeza de VIP’s. Sinceramente, me acuerdo mucho de Julio José, porque creo que es mucho mejor cantante. Igual su imagen piji-guay no le ha beneficiado, pero tiene más chicha musical. Enrique estaba feliz y colgó en sus redes un mensaje de gracias, aunque la opinión pública, de nuevo, cuestiona su ¿talento? Algo tendrá para mantenerse en el ‘candelabro’. Eso sí, veremos quién es el guapo que contrata al muchacho en este país de pandereta y héroes ridículos. Los ¿20.000? ¿24.000? ¿30.000? que estábamos allí dudo mucho que tuviéramos el valor para hacerlo. Yo, pese a todo, me quedo con las risas en buena compañía y que nos quiten lo ‘bailao’. O que nos devuelvan el dinero. 


miércoles, julio 12, 2017

Matemáticas



Recuerdo lo mucho que me esforzaba para aprobar las Matemáticas. Tanto que, al final, siempre superaba mis expectativas. Incluso las de mis profesores que, de primeras, dudaban de mi capacidad. Hablar de más era mi peor carta de presentación y pasaporte directo al pasillo. Cierto es que procesaba teoremas y fórmulas para después olvidarlas ipso facto. Me quedaba mejor con los chismes o las tramas en serie. Lo de interiorizar cual calculín no era lo mío, pero salvarme de la quema, sí. Menos una vez que suspendí un examen y monté un drama máximo. Lo recuerdo con una angustia tremenda. Creo que fue mi primera y última vez. De catear, de lo otro fui y voy in crescendo. Así que me costó gestionar esa crisis. Con el tiempo entendí que era capaz de hacer operaciones mucho más importantes que las de la pizarra o los folios. Y es que el mundo de las relaciones humanas, en toda su extensión, tiene mucho de sumas, restas, multiplicaciones, divisiones, matrices, geometría… Vamos que todo el temario es aplicable a lo cotidiano del uno más uno, sea cual sea su dimensión.

Se podría pensar que en este aspecto también he sacado buenas notas, pues mi entrega era infinita. Durante mucho tiempo me olvidé por completo para centrarme en los demás. Mal cálculo. A golpe de realidad, asumí que hay operación para todo y todos. Aunque no cambio por nada los cocientes de vida que he compartido con tantos y tantas cómplices de mi resultado. Que hubo negativos marcados en rojo, por supuesto, pero hasta de eso puedo decir que he aprendido y construido. Sin duda, he sido afortunado en binomios, con momentos inolvidables e irremplazables, por mucho que mi esencia fuera de letras puras. Lecciones compartidas que valieron oro en forma de sonrisas, latidos y gestos auténticos. ¡Cómo iba a renunciar a mi propia numerología! Olvido los menos y me centro en el máximo común denominador del cariño y esa conexión sin diferencias. Otra cosa es que a menudo no comprenda mi propio algoritmo. Respondo a una aritmética imperfecta, aunque defiendo mi curiosa identidad. Lo proporcional no siempre es efectivo, lo emocional gana por derecho. Cifro mis contextos y salgo ganando. ¡Seguiré echando cuentas y contando cuentos!