sábado, noviembre 18, 2017

Latidos que duelen



Recuerdo cómo temblaba. No podía articular palabra alguna. Nada que ver con el día anterior, cuando me contó ilusionada aquella cita. Hacía tiempo que estaba soltera y tenía ganas de conocer a alguien. A él. En buena hora. La versión encantadora se esfumó demasiado rápido. Se habían cruzado una noche y el intercambio de miradas accionó esas mariposas tan dormidas. Mi amiga no recordaba un episodio así y recreaba cada paso del cortejo. Una vez intercambiaron su atención fue el turno de las presentaciones. Eso sí, fuera del local, ajenos a los ritmos vertiginosos de la noche. La charla fluía y el compartir su número de móvil fue casi un juego de niños. De esos que te cambian el gesto a sonrisa tonta. Así relataba su fugaz hechos el uno para el otro. Después llegarían las charlas infinitas, con emoticonos como cómplices. Y la proposición formal de una noche a dos. El calendario voló, como sus esperanzas por sentirse princesa de su propio cuento. El mismo que empezaba con «Érase una vez», aquella en la que desaparecieron las pantallas y, por fin, se reunieron a solas. Él propuso recogerla en su coche y a ella le pareció genial. Confiada y atraída por la caballerosidad. Mi cara no dijo lo mismo cuando desgranaba el plan ‘romántico’. Quizá mis idas y venidas amorosas, con desigual éxito, me habían convertido en un malpensado. No dije más, era injusto que la bajara de su nube. Por desgracia, los hechos lo hicieron. Puntual esperó a que llegara el supuesto corcel y su príncipe ídem. ¡Maldito Disney!

Conociéndola, seguro que sus ganas de verse enrojecieron su piel y multiplicaron la verborrea. En eso nos parecemos demasiado. Entonces, tal y como contó, él calló sus nervios con un beso. Esperado o no, sirvió para resolver la tensión inicial. La ausencia de destino y los problemas de aparcamiento acabaron en su garaje. Lo que parecía una decisión espontánea se convirtió en una pesadilla. Era una plaza oscura y siniestra, con un cercado que fue proporcional al que impuso a su presa. Se lanzó bruscamente y ella se asustó mucho. Intentó zafarse, pero él la tenía totalmente bloqueada. No recuerda cómo se quitó el cinturón y peleó con aquella puerta, zarandeando al majadero con una energía tan escondida como sus intenciones. Cuando quiso apearse apagó las luces y no podía ver. Se acercó al portón y él reapareció insistente. Dice que susurraba a su oído su nombre una y otra vez. Tan cerca y en la penumbra ella se envalentonó y le empujó con todo su rechazo. Sacó el móvil y vio que no había cobertura, pero con la luz pudo encontrar cómo accionar el mecanismo y salir corriendo. No quiso mirar cómo estaba el susodicho, pero debía retorcerse de dolor. Asustada entre aquel entramado de columnas, localizó a una mujer mayor que justo estaba llegando a su plaza. La contó que el malnacido había intentado aprovecharse de ella. Resultó que era su vecina y sabía que era todo un pieza. Intentó tranquilizarla y se ofreció a llevarla a casa. Esta vez sí actuó la bondad de la perfecta desconocida. Entonces apareció él, hecho una furia. Encarnando la peor versión inimaginable. Entre frenazos y pitidos lograron zafarse de sus ojos coléricos. Entonces su salvadora recordó que los peores rumores precedían al violento. Y la animó a denunciar, si quería, el episodio. Ella estaba tan en shock que negó, sin pensarlo. Cuando me lo contó la insistí en hacerlo. Más cuando su teléfono no paraba de sonar y tenía mensajes amenazantes.

El garbanzo podrido demostró serlo sin miramientos. No fue agradable pasar por Comisaría y todo el proceso posterior. El maquillaje de aquella noche se fue, la angustia aún la siente. Sé que aún no lo ha superado. A todo esto mucha gente la juzgó, la llamó estrecha o buscona. Otros, insensata. Ella sólo quería vivir algo bonito. Puede que cometiera el error de esperar normalidad y enfrentarse a un monstruo. Historias como la suya y peores, incluso con finales trágicos, son una constante. La conciencia colectiva debe accionarse contra la violencia y personajes tan deleznables. Porque la realidad nunca debió superar a la ficción.

Relato basado en una historia real | ¡Basta ya de agresiones, acoso sexual y Violencia de Género!

jueves, noviembre 02, 2017

Siete más tres



Han pasado siete años. Parecen muchos, pero a su lado es como un suspiro. Como el aire fresco que siempre imprime a cada momento. Entonces apostó por un cambio. Por descubrir opciones en una tierra que sentía propia, pero sabía que no sería fácil. Nada impidió que se abriera un hueco irremplazable, en su destino profesional y en las vidas de quienes somos afortunados de tenerla cerca. Lo nuestro fue progresivo, una historia de amistad bien entendida. Compartíamos mucho y, poco a poco, sabríamos que la conexión era de banda ancha. Aún recuerdo cuando me ayudó con las maletas de una gran ilusión. No tenía que hacerlo, pero salió de ella el estar en un contexto tan señalado. Después han sido tantos, con mil motivos y siempre con sus consejos. Unidos a su mirada cómplice, observando y analizando para intervenir con corazón y cabeza. Es un gustazo ser público de sus realidades, aplaudir su crecimiento y entender que la autenticidad no se elige. En deportivas o subida a unos tacones. Acurrucada en el sofá o entregada al universo evento. No importa el lugar ni el cómo, a su lado la emoción está asegurada.

Sabe rodearse y es un placer compartir sus círculos más íntimos. Como en una serie de personajes adorables, donde pasa mucho. No siempre bueno, siempre de verdad. Tiene demasiado por escribir, porque su talento no conoce límites. Algunos sí, esos que ha transitado en el mapa del mundo. Fotografiando instantes y lugares únicos, absorbiendo la esencia de la curiosidad infinita. Me gusta que me abrace fuerte, sentir que todo irá bien mientras parloteamos de paseo por la playa, en su sofá o sentados en su coche. Cuando habla de su familia es puro brillo. Así se entiende que sea una bondad con patas y bien largas. Porque sus padres cumplen con su cargo y han educado a sus tres chicas en unos valores de nota. El ADN de este núcleo de la sangre se construye de sensaciones y juntos bordan el papel. Temo el día que me diga que hasta aquí, que cierra etapa y se aventura con la pasión a otra parte. Lo entenderé, pero me dejará un nudo en el estómago y un vacío con nombre propio. El de mi Marta, mi chica siete más tres. La suma de diez que no me canso de calcular. ¡Gracias por tanto! 

domingo, octubre 22, 2017

Así sentí 'La Llamada'



Hay historias que te encuentran. Eso me ocurrió con ‘La Llamada’. Aquella noche en el Teatro Lara entendí muchas cosas y, aunque borraría algunos recuerdos, agradecí haber sentido semejante chute de realidad. Al despedir la noche, me recuerdo caminando por las impersonales calles de Madrid, entre gentes, rememorando el texto de la obra y ocupando aquellas tablas. Nunca fui a un campamento de verano, pero volvería en el tiempo si me aseguran que se trata de La Brújula. No había telón, sí ilusión. El patio de butacas sumaba complicidad, ante la mirada curiosa de sus creadores, ‘Los Javis’. Hoy son referentes de una generación que busca, arriesga y rompe con los convencionalismos. Quizá no sean unos adalides de la intelectualidad bien entendida, sino todo lo contrario, ejerciendo de petardos felices. Entonces eran unos actores teen con escasa credibilidad. La misma que su valentía ha cimentado. Aunque habrá quien reniegue de su modelo de ficción, nadie puede obviar que son un fenómeno total. Aplaudo su genialidad, por inspiradores y necesarios. En tiempos en los que todo parece más difícil, que las oportunidades han de crearse y el conformismo es un lastre, estos chicos han vivenciado que la autenticidad es un mérito. Dudo que aquella sesión imaginasen todo el recorrido posterior, pero transmitían una pasión que bien vale un éxito. Su éxito.

Para alguien que se ha criado entre monjas y curas polifacéticos, el argumento era algo atractivo, incluso cercano. No es cuestión de destripar el desarrollo, sí de reconocer que sobre las tablas, con pocos elementos, lograron recrear unas sensaciones magnéticas. De ahí los cuatro años largos de lleno milagroso. El tránsito a la gran pantalla se antojaba enriquecedor. Ha pasado el tiempo suficiente para que maduraran su criatura y la pusieran planos certeros. Sinceramente, creo que lo han logrado. Otra cosa es que mi conexión con la esencia teatral me remitiera demasiado al origen. Anoté el 29 de Septiembre, su fecha de estreno, como un día muy señalado. Acompañado de mis particulares compañeras de ‘cabaña’, me lancé a la emoción. Estaba hasta nervioso. Todo hasta que apareció Macarena García. Recuerdo entrevistarla diez años atrás, protagonizaba un musical de instituto americano, en su debut como actriz. Era lo que vemos hoy, un talento andante. Su mirada justifica esta versión cinematográfica. Esos ojos que cuentan lo incontable. Esa gestualidad que atrapa, incluso en los momentos más inverosímiles. El tándem con Anna Castillo es un sueño. Dos visiones del mundo, la interpretación y tanta verdad juntas. ¡Qué maravilla! Bajo los hábitos, una enorme Belén Cuesta, que de revelación ya no tiene nada, es un figurón del cine. A lo Gracita Morales del siglo XXI, con tipazo. Acompañada de la más firme en la fe y en la comicidad Gracia Olayo. Perfecta su evolución de las galas noventeras con su hermana gemela (y venenosa) a este personaje muy ‘Sister Act’. Del protagonista masculino, elogiar la voz y ese regodeo en las lentejuelas. Spoilers, al cielo.

Las secuencias musicales suman y sirven para dar brillo a este elenco en gracia. El balanceo entre la comedia y el drama funciona. Es, de hecho, el sello de la casa del par de directores. Humanizan sus relatos sin maquillar lo patético, echándole sentido del humor. Lo han demostrado con su ‘Paquita Salas’, ahora estrellona de Netflix y las mechas a lo Terelu. Veremos qué sacan de la nueva hornada de ‘triunfitos’. ¡La Academia tiembla! Volviendo a la película, me resultó curioso cómo ciertas escenas despiertan risas entre el público. Plantea temas muy universales como el descubrimiento sexual, la superación, la amistad, el amor… No conforme con el primer visionado, repetí y volvieron las guasas nerviosas. Con mucha juventud en la sala me resultó chirriante, aunque comprendí que el mensaje era en positivo. Que educa sin prejuicios y presenta hilos de vida insólitos. Estamos faltos de esos puntos de giro. Reproducimos modelos y esperamos que el resto hagan diametralmente lo mismo. En cuanto alguien se sale del guion causa revuelo. Así que es necesario que haya esa fractura, una locura a toda pantalla. Lecciones importantes en diálogos que también lo son. Como cuando María Casado (Maca) pregunta «¿A que cambiar no está mal?». O cuando reconoce su lema vital ‘Lo hacemos y ya vemos’, single de su grupo Suma Latina. Porque entiende que «Si sale mal a otra cosa, pero lo has intentado». Que así sea.

Reconozco que cuando sentí la llamada necesitaba un milagro. Hoy quizá, más. Me cambiaría por esa niña que subida al autobús, antes de una excursión piragüista, mira a la protagonista desde la inocencia y se despide. Porque nada volvería a ser igual. Lo mismo que yo experimenté entonces y estos días peliculeros he revivido. Imploro a lo más grande. Me sé el repertorio de Whitney Houston y necesito que me pasen cosas. Estaré en una litera o donde sea, esperando a subir la escalera…

miércoles, septiembre 27, 2017

No quiero más ‘Chabelitas’ en mi vida



‘Chabelita’ Pantoja es una auténtica hija de su madre. Al menos ha heredado de la tonadillera la capacidad de encadenar escándalos y portadas del corazón. No había cumplido la mayoría de edad y una cuenta atrás presagiaba que en Cantora había un bombo y platillo de chismes. Ahí empezó su escarceo con la socialité bizarra, inaugurando los 18 siendo madre y con un machirulo de dudosa reputación. Desde entonces su vida ha sido una sucesión de hechos informativamente absurdos, pero de cuantioso cotilleo. Eso sí, dando un pésimo ejemplo como joven expuesta al público. Sin estudios ni ganas de llevar una vida activa, dando bandazos a golpe de exclusiva. Su madre poco podía reconducir la situación, rejas mediante, aunque se ve que la muchacha atiende poco a razones. Se gasta un genio importante, que no es directamente proporcional a su madurez. El caso es que el otro día se hizo un ‘Deluxe’, que no es ninguna salsa, sino el programa que costea el surrealismo patrio, su marido veinteañero. Un chico que aparecía devastado por las infidelidades (siete que supiera) y los meneos emocionales de la celebrity-teen

Su relato se elevó a la categoría de ‘imprescindible’ y los dientes de los colaboradores se afilaron hasta infinito. Con los euros frescos y el despecho en el ídem el insípido entrevistado repasó sus cuitas más vergonzantes. Y es que, al parecer, su mujercita no le ayudaba a superar la cornamenta, es más le torturaba con la dotación (genital) de los amantes. Todo muy rosa. Lo triste fue comprobar cómo pusieron sobre el plató un tema tan doloroso como el de la Violencia de Género. Con demasiada frivolidad se contaron chantajes con fotos explícitas, llamadas a la Policía, vídeos de arrepentimiento… Tremendo que se trate con tanta ligereza un drama nacional, con la cifra sangrienta de víctimas. Rotular el 016, número de atención a las mismas, no justifica semejante amarillismo. Tampoco pensar que alguien pueda jugar a extorsionar así a su pareja y asegurarse un titular de suculento cheque. Quiero pensar que la juventud actual no está tan intoxicada por tan patéticos rituales. El maltrato no se puede normalizar, como tampoco el burlarse de una persona y restregar la intimidad sin pudor. El amor es otra cosa. Puede que Isabel Pantoja no sea el mejor ejemplo, si es que ha contado todo su historial a su pequeña del alma. Su hermano, en fin. Ni tampoco todo ese círculo de interés, de montajes y dientes, dientes.

Nos hemos malacostumbrado a consumir historias y personajes que dicen muy poco de los valores sociales. Carnes de memes, tertulias de risotada o grupos de WhatsApp. Mi miedo es que esa generación a la que pertenece el ridículo matrimonio asuma esos vacíos como propios. Quizá sea muy negativo al pensar que la deshumanización se ha apoderado de nosotros, pero es que asomándote a cualquier pantalla se muestra ese reflejo. Seré un intenso o un aburrido a los ojos de quien gusta del escarnio, la torticería y esa maldad sin edulcorar. No entiendo que alguien monetice el querer y su bragueta. Menos que así acumule poder mediático y seguidores que aplaudan sus idas y venidas. Estos críos, incluso con uno a su cargo, han banalizado su realidad. Alguien adulto debiera cortar de raíz este tormento, sin conexiones en directo o filtraciones a periodistas afines. Porque ellos habrán encendido la mecha, pero todos hemos contribuido a que su bola se haga más grande. Tanto que la aquí protagonista dice (previopago) haber vuelto con el machirulo de los orígenes que contó lo más grande de ella y su familia en la tele, se casó con una ex de su hermano DJ (¿?) y se desnudó sin vergüenza alguna. ‘Chabelita’ y su libre albedrío.   

miércoles, agosto 30, 2017

Vera…NO



Alguien dijo que era verano. Que había que cambiar los armarios. Sacar la ropa más fresca y hacer hueco a los polos de sabores. De niños era la época más feliz. Sin horarios, en la calle, entre golpes y juegos inocentes. Al crecer se supone que también, pues para los más suertudos es sinónimo de vacaciones, relax y desconexión. Recordemos que hay gente ‘normal’ que no puede permitirse esos lujos o que los intenta colar en los ratos de ocio, si es que sus agendas lo permiten. Eso sí, en la ecuación de los días un elemento caprichoso se antoja fundamental: la climatología. Escuchamos con atención al señor del tiempo y le hacemos vudú cada vez que mete la pata con las borrascas y los anticiclones. En este 2017 mirar al cielo ha sido directamente proporcional a la depresión colectiva. Los habitantes de las playas no han tenido apenas ocasiones para empadronarse en la arena, con el consiguiente moreno perdido. Ahí el tanto se lo marcaron quienes optaron previamente por los rayos, cuando no se enchufaron directamente el bronceado. La frustración no ha ocupado hamacas ni tumbonas, ¿será por el cambio climático? Las teles han demostrado su poco aprecio a los sufridos espectadores veraniegos, con refritos o programas de difícil digestión. Los conciertos fueron la banda sonora, junto a las verbenas, por mucho que alguno se saltara el playback, incluso la despedida. O que las colas ‘des-pa-ci-tas’ duraran más que el propio espectáculo.

A nivel gastronómico no han faltado los platos más ligeros o todo lo contrario, con copiosas comilonas familiares o barbacoas de amigotes, por mucho que cayeran chuzos de punta. Esa parte tan cañí no se pierde por nada del mundo. Si por ADN somos de bares, en época estival nos encontramos en las fiestas de los pueblos o en las ‘casetas’ y nos ponemos al día en un periquete. Hasta la clase política baja la guardia y congela sus discursos esperando la vuelta al escaño. Por mucho que la realidad se viera golpeada por la barbarie y tuvieran que dejar la segunda residencia para dar la cara. Si históricamente eran las bicicletas de ‘Verano Azul’ las que marcaban la ruta, hoy resuenan las excavadoras y hormigoneras de las obras que prometen bondades. Los charcos tan atemporales han vuelto a jugar malas pasadas a chancletas o sandalias mal calculadas. La rebequita o la sudadera de por si acaso no han defraudado, dadas las inclemencias torrenciales. Al final en esta tierra infinita muchos visitantes firman por el frescor y zafarse de la calorina, pero seguro que no esperan tamaño infortunio estival. Ni mucho menos es justo para los locales, hartos de defenderse frente a los nubarrones públicos. Estudios afirmaban que el mal tiempo agria el carácter, por eso se puede justificar que en este Norte no seamos los más dicharacheros ni expansivos y viajando al Sur sea todo lo contrario. Generalizar es siempre un error y hay personas de todo tipo con humor ídem, sea cual sea la isobara de turno.

Aunque, ¡mucho ojito! Todo es relativo cuando te asomas a Instagram y ves los perfiles de los famosos o de los anónimos que juegan a clonar las máximas de los otros. Consumiendo sus exhibicionismos veraniegos, cualquiera diría que éste año ha sido lo más de lo más. Mientras llueve y mucho, observas cómo en sus posados extremos todo es perfecto. De cuento. De cuenta, incluida la no corriente. Entonces entra una envidia insana, mezclada con el ansía de devorar más y más carne de celebrity. Esos veranos que no pixelan ni gotean, en apariencia, tendrían que estar subvencionados por la Seguridad Social. Entonces te despiertas pensando que todo responde a un maldito guión, con el mismo final de ‘Los Serrano’ y con un sí rotundo. 

martes, agosto 22, 2017

Males enredados



Las redes sociales tienen muchas cosas buenas, pero otras que nos deben cuestionarnos su uso. La deshumanización nos ha llevado a normalizar prácticas o palabras que no debieran tener cabida en nuestra realidad. Está claro que la barbarie ha de combatirse con determinación y firmeza, pero ciertas manifestaciones tan violentas y gratuitas no son el mejor modo de actuar como acusación espontánea. Se vomitan muchas opiniones que suelen estar vacías de contenido y conocimientos previos. El mundo de las fobias es muy peligroso, porque se extiende cual mancha de aceite con unos efectos aún incalculables. Tendentes a la generalización, caemos en errores que implican limitación de miras. Está muy bien dar rienda suelta a la libertad de expresión, siempre que no suponga un ejercicio de desparrame importante. Aquí es donde las redes han dado un espacio de carta blanca para despacharse con las noticias de turno o el personaje carne de titular. Que las fuerzas de seguridad tuvieran que pedir contención en el reenvío de imágenes sangrientas a los propios ciudadanos y, cómo no, a determinados medios de comunicación es una muestra de esa manga ancha que nada filtra. Era tremendo que ante el estupor generalizado algunos tuvieran más ansiedad por compartir en bucle que pararse un segundo a pensar en las consecuencias de semejante fatalidad. Algo hacemos mal si olvidamos el trasfondo de un suceso horrible como el de Barcelona y lo convertimos en un material viral. Está claro que las nuevas tecnologías han modificado los usos sociales de la información, pero también habría que puntualizar sus abusos. Que en el momento del atentado hubiera gente más pendiente de grabar vídeos que de prestar ayuda o mantenerse fuera de peligro dice mucho de esta corriente cuestionable.

Cambiando de asunto y lamentando que el terrorismo consiga golpear a su antojo nuestras vidas, ha saltado la noticia del uso machista o no de una imagen por parte del perfil social de Turismo en Cantabria. El origen fue la imagen de una joven con título de ‘influencer’ disfrutando de una de nuestras playas. Eso sí, en un sugerente bikini, como tantos que habitan las cuentas de esta comunidad de muchachas venidas a más no siempre con oficio, pero sí beneficio. El equipo de community managers o alguno de ellos por dar valor a ese contenido decidió emplear la imagen citando a su autora. Una práctica constante en Instagram o Twitter para generar más impacto. Y vaya si lo ha hecho. Hasta un partido político ha cargado las tintas contra esa ‘estrategia’ y ha provocado que eliminaran la fotografía. En mi opinión, no creo que hubiera una intención de explotar la parte de ‘mujer objeto’, sino de líder de opinión, con tropecientos mil fans que siguen a la susodicha. Es cierto que hay malos usos de la Publicidad, que aún tenemos que lamentar campañas estereotipadas, mensajes rancios e imágenes bochornosas, pero hay que saber diferenciar. Que unos medios sociales de carácter público empleen un icono sexy igual no es la campaña más adecuada para una tierra infinita, pero de ahí a poner el grito en el cielo. Para mí el auténtico asombro viene de aupar a personas en personajes, con méritos que suelen resultar dudosos. Convirtiendo sus días en una profesión rentable. Auspiciar públicamente fenómenos así me resulta injustificado. Ya me despaché a gusto en el post anterior, dedicado a Dulceida. Si tengo que reiterarme lo haré porque no entiendo la necesidad de repetir roles prefabricados y aspirar al más de lo mismo. El fenómeno flamenco gigante en la piscina es el mejor ejemplo. Se crean unas necesidades a través de la retahíla de Internet que niegan el juicio crítico y terminan en clonaciones patéticas. Más personalidad y menos cromos repetidos, por mucho que los haya impuesto tal o cual reina de los ‘megustas’. Disfrutemos de lo bueno de vivir enredados, sin caer en sus abismos peligrosos. Sin olvidar el valor de las distancias cortas, porque estamos perdiendo la cultura de piel con piel o del diálogo de mirada sostenida y eso asusta. 

domingo, agosto 06, 2017

La princesa del pueblo likes



Su nombre de cuatro letras, edulcorado en la red, se ha convertido en toda una marca. Se trata de Aida Domenech, popular por su alter ego, Dulceida. Por sus followers la conocerán. No necesita un talento desbordante en nada, sólo la jeta suficiente para aprovechar el tirón. Y es que las nuevas tecnologías han reinventado las reglas del juego de la fama. Los históricos iconos de la cultura pop eran rostros del cine o de la música. Hoy son los youtubers, como ella, exhibicionistas en bucle, que encuentran en las pantallas su modo de vida. En su caso, sin estudios, con experiencia como dependienta de Amancio, pero con una ambición semejante al magnate gallego. De colgar fotos de sus estilismos más casuales de adolescente ha pasado a cobrar ingentes cantidades de dinero por protagonizarlas. Las firmas más punteras han detectado el arrastre de estos nuevos fenómenos virales para enganchar a los públicos más diversos. La capacidad de juicio se nubla cuando el ‘ídolo’ establece la pauta. Las prendas vuelan, los fetiches se multiplican. Incluso tienen ‘recursos’ para hacer magia con sus ‘habilidades’. Pasan espontáneamente de emprendedores (lanzando colecciones de ropa, de joyería o mercados con su nombre), a DJ’s (siendo cabeza de cartel con el único talento de ‘pinchar’ la música que les hace gracia); de comunicadores (con contratos en importantes televisiones o webs ejerciendo de reclamo), a modelos (curiosamente, antes lo fueron Rociíto o Jesulina). Detrás de estos jóvenes, un grupo bastante numeroso y en el caso de la catalana organizado como un escuadrón, habrá mentes pensantes que se froten las manos. ¡Euros, euros, dubi, dú!

Es su momento. Aseguran llenazos en desfiles, discotecas o festivales. El griterío teen va de serie allá por donde pasan/pisan y el efecto llamada se multiplica. Porque los canales o vlogs crecen como lechugas, repitiendo juegos, mostrando intimidades, aspirando a captar suscriptores. El fenómeno tiene su lado positivo en cuanto a dar herramientas y visibilidad a los chavales. Sean como sean, pueden tener un espacio de libertad y encontrar semejantes. Eso sí, siempre que su realidad resulte rica y no una dependencia fatal de Internet. Antes se jugaba en la calle, ahora el patio tiene más arrobas que árboles. Sus educadores tendrán que poner en valor los valores y cuestionar el futuro de un desempeño laboral dudoso. Porque volviendo a la chica de oro, cada una de sus fotos tiene miles y miles de corazones gustativos. Y ahí es donde inocula los mensajes que pasan por caja. El bucle continúa en viajes de ensueño, hoteles de postal, una agenda imposible. Tanto como la frustración que puede crear entre sus fans. Su vida de cuento es un espejismo, una irrealidad que despierta anhelos. Como convertir su sexualidad en noticia o comercializar con su bodorrio de playa. Lesbos mediante. Hay algo inteligente en su estrategia de personaje, en hacer una telenovela de ella misma, porque ha sido capaz de ampliar su universo. Otras it-girls se canalizan en la moda y ahí son ‘referentes’ de estilo. En su caso no es la más guapa ni la que mejor viste, pero se ha convertido en una especie de Belén Esteban de la cosa enredada. Sin duda, es la princesa del pueblo likes y ella se muestra encantada de llevar la corona. ¿Hasta cuándo? ¿Se sublevarán sus «preciosos»? ¿Se acabará su dulce surrealismo? Pase lo que pase, habrá rentabilizado su «mucho amor».