miércoles, agosto 31, 2016

Vacaciones



Hay necesidades que no se expresan con palabras, que se acumulan hasta hacer peso y entonces se convierten en una carga insoportable. Eso mismo fue lo que me ocurrió a mí con las vacaciones. Había olvidado la última vez en que hiciera, de verdad, las maletas para escenificar una ida con fecha de vuelta y un paréntesis de los reales. Motivos laborales, cuando no personales, impidieron este tiempo atrás la huida, tan común, hacia territorios de felicidad de postal. Nunca me instalé en la queja, ni en la comparación dramática, es más, mi adicción total al trabajo me ancló irremediablemente a esta ausencia. Este año, superado por la realidad, me debía la desconexión. Barajé opciones y, pese al escaso entusiasmo inicial, me decanté por descubrir el Sur. Un plan de amigos y todo el tiempo del mundo eran la excusa perfecta para asegurarme una aventura inolvidable. Y así ha sido. Un contexto tan explotado como surrealista ha sido el refugio para una suma de días en los que nos movimos entre dramas y comedias, parafraseando a Fangoria. Vivimos situaciones inverosímiles y hasta de película de miedo con muertes (de un perro), sangres, gritos y violencia, que temimos dieran al traste con nuestra huida hacia/de ‘el Levante’. Tantas horas robadas al sueño en un autobús por carreteras secundarias hubieran sido una auténtica pérdida.

La mayor parte del tiempo estuvo dedicada a un rincón que nunca fue de mi especial simpatía y ponía en riesgo mi satisfacción vacacional: la playa. De pequeño me recuerdo jugando en los arenales cántabros; superando, incluso, un episodio de arenas movedizas, con ‘miniyo’ absorbido sin remedio, pero con los años cogí manía al ejercicio de tostarse al Sol y pasar jornadas de veraneo con sombrilla, cremita y nevera fresquita. Ha sido justo lo que hemos hecho, entendiendo, a la perfección, las necesidades del grupo. Aún así, no he sufrido tanto (como Geno) y me he dedicado a construir, imaginariamente, vidas ajenas, cuando no a criticar sin piedad, lo reconozco. Y es que los estilismos han dejado mucho que desear, especialmente los de ellos, entregados al ‘vicevercismo’ de cortura absurda y músculo apretado. Sin duda, mi parte favorita ha sido realizar entrevistas en profundidad. Desde los taxistas a los relaciones públicas de los ‘garitos’ de noche, con los que llegué a entablar una cercanía insólita. De repente, en unos pocos días construyes unas rutinas, unos cómplices que se antojan tu vida, olvidando (casi) los orígenes para entregarte, por completo, al hogar ocasional. Hasta llegamos a conocer a una prestigiosa bloggera, de las que suman sin restar, sonríen sin photocall y demuestran que hay esperanza y contenido en el mundo de la moda.

Las vicisitudes de apartamento para cuatro, primero, seis, después, dan para novela. El resumen es que hay que tener mucho cuidado con las alemanas que homenajean a Massiel y se olvidan de los inquilinos de ocasión. Duchas frías, fugas, desinformación, qué poca precisión en las formas y cuán rentables salen estas casas de habitantes fugaces. Menos mal que nos lo tomamos todo con una guasa importante, que nos dimos a los ritmos, los selfies y los consejos healthies. Y es que los días de vacación son para eso, para escuchar una canción tontuna, que se pega como los bañadores de lycra y para comentar con el grupo las bellezas al agua. Las risas sientan tan bien como los colores flúor y los atardeceres son el mejor reflejo del alma, que necesitaba contenido nuevo. Y de cierre, una visita en ruta con una compañera de vida, que hace tiempo optó por establecerse en la distancia sureña, siguiendo el puerto de su amor. Mi conclusión principal es que no me ha impresionado ni enamorado el destino, quizá sea por mi rancismo de manual, pero esa necesidad que esperaba su momento no podía encontrar mejor ejercicio de hechos y protagonistas. Gracias a mis cómplices, que me dieron tanto y a este Norte, que desde la distancia me demostraba su importancia vital en mi construcción como ser. Un ser(gio) que siente y se siente ahora con fuerzas y energías para afrontar un otoño que espero sea agitado y revelador. Prometo contarlo.

miércoles, julio 13, 2016

Uno



Ponerse frente a las palabras no siempre es fácil. Ocurre también con las personas, especialmente las que te importan. Esas que causan en ti fenómenos difíciles de describir en lo literal, pero capaces de darte la vuelta en un nanosegundo. La vida me impuso una nueva ausencia, de difícil digestión, pero el pisado, pisado. Y aquí estoy, practicando el carpe diem y luchando por muchos proyectos ilusionantes y conseguir olvidar. Solo así seré yo, en mi mejor versión, esa que he ido bocetando, con la ayuda de tantos cómplices, que en el tiempo me han enseñado que en esta vida estamos solos, pero eso no implica más que nuestra soledad es nuestra fortaleza. Luego vienen los guerreros que se suman a las batallas y las mejores verbenas de sociedad. Pero el yo gana y tiene que estar fuerte, en su sitio y comprendiendo que no será fácil, pero el reto lo hace más divertido. Por una vez, que recuerde, tengo fuerzas y ganas para afrontar esta afrenta de lo real, con madurez y sentidos. Quizá el oído un poco tocado, porque aún sigo bastante teniente, pero me veo con armadura suficiente para saltar a la arena y hacerme grande frente a los leones. Mi versión gladiador no renuncia a los sentimientos ni a esa sensibilidad, marca de la casa, porque mi ángel de la guarda me enseñó la gran lección con esas herramientas “sé tú mismo y serás único”.

En el camino conocí historias que no deben ni pueden ser contadas, pero que demuestran que lo que celebramos mañana puede haberse convertido en nuestra peor pesadilla. Cordura, amigos. Conciencia del ser y de todos, como colectivos. Seguimos en pleno panorama deplorable, con mandamases de chiste y algunos titulares que ni las mejores pinzas pueden sujetar. Así que concentremos fuerzas en ese yo que paseamos, muchas veces errante, silencioso o en horas bajas. Necesitamos energía y una sonrisa enorme, aunque en mi caso no me salga frente al espejo, ni en las malditas autofotos de moda. Buscaré profesionales que me den técnicas de risas y desconexión, la mejor vitamina que puede existir. Yo quiero un cese temporal de la convivencia con el ordenador, porque esta relación me gana y aquí sólo puedo quedar uno. ¡Hagan sus apuestas!

sábado, junio 04, 2016

Aprendamos...



"El éxito es aprender a ir de fracaso en fracaso, sin desesperarse"

Winston Churchill

domingo, mayo 01, 2016

Ocho letras, una madre



Se me antoja imposible ser tú. Dicen que tengo muchos rasgos de tu carácter, que reproduzco algunas de tus manías o esos pequeños gestos que me delatan tuyo. Es normal que te sienta perfecta, que te haya idealizado y, conforme pasan los años, dé más valor a cada una de tus grandezas. Pero creo que si te viera desde fuera, en una burbuja de observador imparcial, compartiría el dictamen. Tu máximo común denominador es ser una buena persona, generosa, cercana, desprendida, sin dobleces. Tu entrega a tu nido es admirable, siempre te las ingenias para relegarte y poner al resto en la cima de tus preocupaciones. Te llevarán los demonios de dolor o tendrás un mal día, pero te refugias en los silencios para no perder nunca tu sinfonía del dar. Muchas veces pienso en el miedo que tuvo que suponer el saber que llegaba para quedarme y habitar por siempre tu corazón. Compartido en régimen de felicidad y lo sabes. Superaste esa sensación de vértigo y situaciones de película para no dormir, siempre volcada en conjugar el querer. Pesara a quien pesara. Con los años no te lo puse fácil e imagino el vuelco en las tripas al recibir una de las peores llamadas de tu vida. ¿Por qué? Quizá el destino quiso mandarnos un mensaje que aún estamos intentando descifrar. Entonces volviste a demostrar ese coraje, una fuerza más allá de lo terrenal. En el peor contexto, cuando mi reloj humano se paró en seco, sacaste el poderío y esa mirada que brotaba todo el amor. Gracias. Fue y será siempre mi mejor medicina. Bendita dosis tú.

Sabes que odio las analíticas, los pasillos de hospital y ese olor que traspasa los poros de la piel con desazón, pero a tu lado la pesadilla se hacía menos. Cómo voy a pensar en que algún día pudiera despertar y que no estuvieras ahí para ser cómplice. Mi cómplice. Me niego a perderte, por mucho que me pidas el luchar como legado. No quiero, no tengo tu valentía. Estremezco solo con imaginar ese escenario de ausencia. Sin tus consejos, sin esa capacidad de levantarme sin grandilocuencias, me sentiría perdido. Cuando te he tenido lejos ya he sentido esa fragilidad. Habrá quien piense que soy víctima de inmadurez, incorregiblemente al calor de tu ala. Puede ser, pero nunca por ti, porque siempre me has dado luz verde al crecer, vivir y equivocarme. Incluso en las decisiones más controvertidas has respaldado mis ejercicios del yo. Ese libre albedrío que se apodera de mí cada cierto tiempo entiendo que no es del todo justo. Aunque en cada ocasión has demostrado estar, acompañar y alentar, incluso, por mucho que todas las incógnitas habitaran tu estómago. Eso sí, siempre en la duermevela y la precaución de instinto profundo. Como cada vez que el mínimo dolor me agitaba y corría en la noche, en la oscuridad, a llamarte al auxilio. Y respondías preocupada y dejabas los sueños por soñar despierta, ejerciendo tu mejor versión. Admiración es poco, gratitud igual.

Te lo debo todo y cualquier momento o folio en blanco es bueno para recordarlo y devolverte en palabras mínimamente tu entrega. Dudo que la vida me ponga por delante la oportunidad de reproducir tu ejemplo y escenificar la mejor herencia personal que pueda imaginar. Si fuera así, qué responsabilidad, un reto cortado a tu medida. Supongo que brotarían mecanismos espontáneos y construidos por ti desde lo cotidiano. Desde la cuna a mis adulteces del todo inestables. En el fondo y con tu coreografía de emociones, la esencia no me ha abandonado, porque tú no te has dado el mínimo respiro. Ojalá, querida, pueda estar a tu altura y cuidarte, entenderte y sostenerte cada día con su noche. Te quiero, mamá, y serán las ocho letras que jamás me cansaré en dedicarte, gritando o desde el silencio. Con nuestro lenguaje intransferible. Feliz día. Feliz vida. 

sábado, abril 23, 2016

Líbrame para bien



Más que un cariño físico a los libros, se lo guardo a las historias. A lo que me dieron, ese instinto de contar, de curiosear, de poner palabras a momentos, contextos y personas, cuando no personajes. Un día como hoy es la exaltación perfecta de un hecho intimista de perderse y encontrarse entre páginas. Algunas narradas, en esa tradición oral que desde bien pequeño me contagió de la necesidad de imaginar, soñar y preguntarme sin parar. Tampoco olvido esos primeros relatos de colegio, anécdotas sobre lugares comunes, concursos de poesía y demás ejercicios del crear. Soy firme defensor de que hay que darle al lápiz, el boli o la tecla, incluso de forma indiscriminada. Porque de entre muchos, siempre saldrán unos pocos que valgan la pena. Era un loco bajito que tenía clara ese latiguillo recurrente de los adultos, el ‘qué quieres ser de mayor’. El Periodismo, las Historias y lo Audiovisual me atraparon sin remedio. Escribía mis revistas, emulaba a los rostros de la tele, jugaba a protagonizar firmas de libros. Mi Sant Jordi particular lo montaba en la minúscula terraza del salón familiar, con aquellas rosas que se hacían en papel o tiras de telas de colores. Prometía. Volvería, sin dudarlo, al brillo de mis ojos. Pasaron los años y los instintos se convirtieron en realidades. No perdí el tiempo y me lancé a ejercer de contador lo antes que pude. La prensa local podrá estar denostada, pero tiene a grandes profesionales que demuestran que de la nada se construye un todo muy digno. Tuve maestros que me enseñaron a mirar con criterio y rápidamente encontré mi voz. O eso creo. Siempre con personalidad, disfruté mucho de reportajear realidades costumbristas, testimonios surrealistas o instantes desiguales. No importaba, tomaba notas y rellenaba libretas ilegibles. Pero tan mías, que volver a ellas me resulta emocionante.

Luego me presenté a concursos, sin mucho éxito, aunque eso nunca me importó. El mero hecho de plasmar mis fantasías o esos adentros sin verbalizar valió mucho la pena. Para entonces ya me había entregado, por completo, al universo blog. Una pantalla, tantas ideas brotando, perfectos desconocidos leyéndote al otro lado, interactuando y tus conocidos entrando sin llamar a esas reflexiones tan personales. Vale, no llenaba capítulos de un fenómeno editorial, pero cada post se convertía en una auténtica declaración de intenciones, en una suerte de desnudez emocional, una terapia sin diván, sólo con vocales y consonantes. Han pasado años desde entonces, en su momento en el periódico, después con la fuerza de lo online, pero siempre, siempre preso del poder de cada palabra. Entregado a su potencial, a su magia y capacidad de hacerme sentir útil. Con mi estilo enrevesado, de metáforas, enumeraciones y términos por inventar. Un escribir particular, que no necesita vecindario. Me basta con mi hipoteca de construcciones verbales, títulos hiperbólicos y recursos a lo supino. El culmen a todo esto fue retarme a armar una novela, un ejercicio complejo y desgarrador, a mi entender. Pues soy de los que conciben la escritura como una plasmación de vivencias. Mi imaginación puede ser infinita, pero creo más en lo descarnado que transmite verdad. 

Fue así como surgió ‘Soy: Historia de una Vida en Tránsito’, esa novela de la que siempre hablo, pero que parece enterré. Ni mucho menos, espera su momento. Y lo tendrá. Quizá el momento no me acompañe y tampoco quiero tirarme a la majarada de autopublicar, sin garantías o la conciencia de mover mi vástago literal. Confío mucho en ella, porque es una suma de personajes muy reconocibles, con el amor como eje vertebrador. Un viaje espacio-temporal, a través de quereres no siempre bien resueltos. Y el duelo de un protagonista que sufre un bloqueo emocional, del que tampoco le ayudan a salir. Comencé párrafos en el momento más oscuro de mi biografía y el tiempo se convirtió en aliado para narrar ese viaje del héroe, con una capa demasiado pesada. Mi mayor satisfacción fue saber que algunos lectores, a modo de experimento, bucearon en los adjetivos que articulan mi pequeña criatura. No tengo prisa por llenar estanterías, ocupar espacio en ebooks o regalar citas absurdas de mis personajes. Cumplí mi cometido, me entregué al tecleo y la satisfacción no necesita número de ISBN. Otras historias me piden paso, con las mujeres que tanto me dan como protagonistas y esa capacidad única de sobreponerse a todo. Espero estar a la altura y algún día celebrar este día releyendo pasajes de mis libros, que me harán más libre, afortunado y feliz. Nos leemos.  

jueves, marzo 31, 2016

El otro Santander



Aunque quede mal, soy de los forofos de su ciudad. Santander me encanta. Creo que es una ciudad única, con rincones mágicos, ciertas debilidades, especialmente en lo social, pero mucho potencial. Por eso me da mucha rabia que haya gente que se queje amargamente de que aquí no pasa nada, no hay nada que hacer, que esto es un rollo, que nadie propone… Están muy equivocados y se lo argumentaré. Puede que mi profesión me tenga conectado a muchas de las cosas que ocurren, a las personas que emprenden o hacen posibles interesantes proyectos. Pero, como todo en la vida, el interés que uno ponga es clave a la hora de gestionar su agenda. Prácticamente todos los días son varios los actos culturales que se suceden en nuestra ‘tierruca’, capital y resto de grandes poblaciones. Cuando no son actos institucionales lo son privados, pero siempre pasa algo relacionado con el arte, la poesía, mayoritariamente la música, etc. Y en diferentes estilos, formatos y propuestas. ¡Qué decir del teatro! Muchos viajan fuera y se maravillan del irreverente microteatro, inconscientes de que en su casa tienen una variada oferta, con gente que desborda talento. Aquí debo mostrar mi cariño por Rosa Casuso, que consigue atrapar interpretativamente con sus alumnos en las distancias cortas. Sin olvidar las grandes programaciones, especialmente la del Palacio de Festivales. Por el león invertido y surrealista pasan cada año grandes nombres de la escena o el séptimo arte. En nada estará, otra vez, mi adorada Concha Velasco. Semanas atrás pude ver desde un musical irreverente como ‘El Cabaret de los Hombres Perdidos’ o una obra dura y reflexiva, como el ‘Pequeño Pony’. Compré las entradas en Internet, a un precio muy razonable, e hice el mismo recorrido que en Madrid pasa por la Gran Vía, solo que nosotros tenemos como cómplice nuestra Bahía. De postal, silenciosa y cargada de historias. 

Hay que estar un poco pendiente de las agendas digitales o en papel que nos recuerdan que este otro Santander es posible. Que nuestras calles tienen interesantes espacios, en los que, antes o después, alguien con mucho que contar se sorprende cuando llena. ¡Es tan raro que aquí nos movilicemos! Por no hablar la cantidad de negocios de hostelería que se están reciclando constantemente, apostando por innovar, en cartas y decoraciones. De todos es bien conocido mi recurrente Agua de Valencia, en Perines. Si te lo propones, no hay que gastar mucho para comer o cenar en buena compañía y en un sitio perfecto para enseñar en Instagram. ¡Viva el postureo! Si quieres y buscas, encuentras. Esto no es el como el amor, aquí hay mayor probabilidad de éxito. Otro foco de alegrías y descubrimientos son los mercados vintages, artesanos, creativos, inquietos que se suceden a lo largo de la región, siempre en fin de semana. Son la oportunidad perfecta para dejarse conquistar por las pequeñas grandes cosas, diseños o bocados. Bien conocida es mi cercanía con el Escenario Market, en cuyo escenario he hecho de las mías, pero siempre que puedo me escapo al StarMarketSantander, con mi querida Irene Cote y su chico como anfitriones. Y qué decir de la naturaleza, la riqueza que a lo largo de toda Cantabria tenemos y no damos apenas valor. Una ruta, paseo o picnic se convierte en toda una experiencia, totalmente lowcost. Lo hacen las celebrities y parecen lo más, pero muchos olvidan la cantidad de experiencias que tenemos a nuestro alrededor y que esperan su momento. Así que menos quietismo y quejas vacías de contenido. Más valorar lo nuestro y pensar que el que se aburre es porque quiere. Menos aplicaciones de móvil para ligar y más realidad, amigos y contextos para subir al Facebook. ¡Viva Santander!

jueves, marzo 17, 2016

Terrorismo de lo cotidiano



Una semana de fiebre y aislamiento sólo ha servido para que llegue a la conclusión de que tengo que empezar a lanzar ‘bombas’. Tal cual. Dejarme de remilgos e historias y empezar a soltar por esta boquita muchos pensamientos y opiniones, que históricamente me he callado por prudencia. Estoy harto del buenismo, el buenrollismo y todos esos –ismos que poco ayudan, sino todo lo contrario. A lo tonto hemos construido un mundo absurdo, de contrastes imposibles y gentes más imposibles aún. Así que mi propósito es no contribuir más a esas vergonzantes realidades, algunas de las cuales sufro por mi total nulidad. Pierdo la personalidad cuando más la necesito, esto es así. Aspiro a levantar muros y barrer tanta basurilla, porque la vida está para gastarla, no para desperdiciarla a base de tonterías. Sé que es común que me venga arriba, me prometa mucho y después siga con mis insufribles, pero es que estoy tan harto. No veo un mañana. Me veo incapaz de alargar algunas situaciones, de tolerar ciertos discursos, aguantar determinadas miradas ajenas y otros tantos ceros a la izquierda. Cada uno debemos responsabilizarnos del buen vivir, sea cual sea la definición personal. Sabemos nuestros límites, pero sumamos demasiado escombro. No estoy dispuesto a ser el muro de contención de la obra, porque mucha gente te regala un ladrillo envenenado y se cree con la capacidad de cargarte un saco entero. Que lo repartan por ahí y a mí me dejen en paz, que bastante tengo ya con lo que tengo. Las circunstancias me tienen demasiado desorientado, incapaz de decidir cómo orientar energías. Desde bien joven he dado tanto y a mí mismo me he dejado por abandonado por el camino. Y no me da la gana contribuir más a esta ceremonia de la confusión. A este estar sin estar. Al desconocimiento total de mi persona, al anhelo de las ilusiones robadas, de los sueños que se mojaron sobre el papel. Con las teclas se me amontonan las ideas y eso que ganan los silencios. Si algo espero de este año tan vacío es salir reforzado hacia mi propio encuentro. Habrán valido la pena entonces tantos desvelos, lágrimas sin cómplices o ese dolor indescriptible que genera la rabia. Si hay algo que quiero es ser yo, libre y con una vida como los demás. Se acabaron las concesiones, bienvenido(s) al terrorismo de lo cotidiano.