sábado, febrero 04, 2017

Mundo piruleta



Era pequeña. Chiquitita, decía su madre, con una sonrisa infinita, cada vez que se refería a ella. Su respuesta siempre se envolvía en una mirada entrañable, de buena persona. Así creció, feliz en un mundo donde todo era m-a-r-a-v-i-l-l-o-s-o. Se empeñaba en decirlo despacio, saboreando cada letra, porque, en el fondo, temía que cualquier día ese estado de las cosas fuera un espejismo. No compartía con nadie esos temores, sabía que la señalarían como una aguafiestas. A juzgar por la felicidad de su gente, no dejaban hueco para el desánimo. Tampoco para los miedos, pero ella tenía su cajita de la frustración, en silencio. No quería abrirla, aunque más de una noche se sorprendió a sí misma levantando su tapa y sintiendo, de golpe, todo eso que el resto parecía desconocer. Su curiosidad terminó en pesadillas y la extrañeza de sus padres, de oído fino. Nunca habían notado ese malestar, en sueños, de su niñita. De nada sirvieron sus interrogatorios mañaneros, ella sabía que desaprobarían que llenara su cabeza de malos pensamientos, de oscuridad. No había espacio para nada de eso, era un tabú. En el colegio tampoco tenía a nadie con quien liberar sus fantasmas, porque estaba más bien sola. Honestamente, del todo sola. En realidad, nadie cultivaba relaciones más allá del aula, era todo muy frío e impersonal, pero aparentemente feliz. Intachable, perfecto, ejemplar, repetían sus maestras. Tanta m-a-r-a-v-i-l-l-a empezaba a generar su total rechazo.

Fantaseaba, sin parar, con otro mundo, en el que quizá no encajaran todas las piezas, pero todo resultara más auténtico. Entonces urdió todo un plan. Preparó una mochila, con lo que consideraba necesario, algún cambio de ropa, su neceser de unicornios, calzado cómodo y poco más. Buscó un autobús que la llevara lejos. Pensaba que quizá unos cuantos kilómetros eran garantía de emociones. Encontró la línea adecuada, tenía dinero suficiente para el billete, pues apenas gastaba su paga semanal y había ahorrado en su hucha de emoticono sonriente. No tuvo que romperla, con cuidado, desfondó sus propios fondos e hizo recuento del botín. Era más que suficiente. De noche, sigilosa, pudo escaparse y caminar hasta la estación. En ese momento, se sentía ya liberada, aunque prudente, pues cualquiera del mundo de color de rosa podía entender que era inadecuado que estuviera sola a esas horas de la noche. A mitad de camino, más o menos, oyó unos ruidos que la asustaron.

De repente, de entre unas cajas, salió un chico. Era más alto que ella, lo cual tampoco era difícil, llevaba una gorra y una mochila a la espalda. Como ella. Él intentó acercarse, pero ella aligeró el paso. El muchacho y sus piernas largas la alcanzaron, sin problema. Parecía inofensivo, así que ella se detuvo. Fue como si el tiempo se detuviera también. Ambos sonrieron y él rompió el hielo. Buscaba la estación de autobuses y ella le comentó que iba para allá. Entonces él, espontáneo, preguntó si podía acompañarla. Ella no contestó, siguió andando. Sabía que tenía un nuevo cómplice. ¿Puedo saber dónde vas?, preguntó el chico. Lejos de aquí. Respondió, directa. Ya somos dos, dijo él. En el plan de la chiquitita huidiza no entraba tener que dar explicaciones a nadie, pero mucho menos encontrar a la horma de su zapato, en versión chico. Ella no decía nada, su padre la había enseñado a desconfiar de todos los muchachos y sus intenciones. Según él, no necesitaba a nadie más en la vida que a él y a su madre. Pero no podía evitar mirar, de reojo, y sentir que era alguien especial. Y guapo. No tardarían en llegar al destino. Ella sabía qué ruta era su pasaporte de despedida, pero él no pareció tenerlo tan claro. Si no te molesta, voy a copiarte, dijo. La joven pensó, por un momento, que era una clase de guardaespaldas contratado por sus padres, en caso de espantada. Por un lado, aquello era un fastidio, por otro, un juego divertido.

Llegó el momento de subir al bus, sin mayor incidencia. Ella miraba a cada lado, como buscando la cámara oculta o a cualquier mayor impidiendo su fechoría. Se sentó tan rápido como pudo en las primeras filas. Él accedió después, la miró sonriente y siguió hasta los asientos traseros. Se sentía tonta, pero incluso con esa distancia mínima, le echaba de menos. Había sido curioso que sus caminos se cruzaran, supuestamente con el mismo objetivo. Así que cogió su mochila y fue a su encuentro. ¿Por qué haces esto?, preguntó. Supongo que por lo mismo que tú, no soporto más este mundo piruleta. No podía haberlo expresado mejor. Estaba claro, les unía la necesidad de dejar atrás su incomprensible realidad, tan edulcorada y maquillada, que les impedía crecer. A ella en altura también la iría bien, pues se imaginó, por un momento, besando a ese Romeo imprevisto. Y se parecía ridícula, tan pequeña a su lado. Quizá el tiempo la haría entender que eso no importa, pero no, porque entonces se despertó bañada en agua, por su padre. No reaccionabas, perdona, estabas como ida. Lo estaba, hasta entonces. 

sábado, diciembre 31, 2016

¡2017, estás hecho un chaval!



Porque los años son como las personas... Espero que el 17 no se comporte como un adolescente insoportable, desubicado y gritón. Ojalá encuentre una inquietud, una meta por la que luchar. Y cómplices en el camino que sumen. El resto... que sea un mal sueño.

¡Feliz tránsito hasta la mayoría de edad!  

sábado, diciembre 24, 2016

¡Feliz Mirada Propia!



Nunca entendí que la felicidad fuera por barrios ni fechas en los calendarios. Sonriamos a la vida y esperemos que sea justa, sincera, auténtica. Con mis mejores deseos… ¡Feliz Navidad!

miércoles, noviembre 30, 2016

En pocas palabras



Más que preso, habitante de silencios. Porque cuando no decir nada es la mejor opción, más vale aguardar a que las cosas cambien. Que lo hagan es un misterio. Que sería necesario, totalmente. Y es que la realidad no es simpática y el recurso al emoticono de la sonrisa es la mejor metáfora. Será el contexto, será un pretexto, pero es mi será, será.

domingo, octubre 30, 2016

De verdad



Hace tiempo que asumí que soy diferente, por muchas cosas. Algunas más públicas, otras menos. El caso es que yo sé que no soy uno más y no tengo reparo en dignificar mi autenticidad. Es más, creo que muchos de mis valores diferenciales son un potencial personal y profesional. Intento explotarlos, no siempre con éxito, pero no me escondo de mi esencia particular. Hoy quiero reflexionar sobre todo lo contrario, la manía que se está generalizando de imponer la repetición, la copia descarada de modelos de vida, de expresiones, de forma de vestir, incluso de sentir o pensar. Me apena que haya esa cadencia a la limitación e imitación, porque lo bonito es dejar paso a las variables infinitas, al juego de la vida. Pues no, mucha gente se empeña en convertirse en un estereotipo andante, que viraliza su realidad en las redes, intuyo que como harán sus ejemplos. En lo que a mí respecta, no quiero rodearme de clones de la celebrity de turno, de librepensadores calcados a cualquier tertuliano gritón, de muchachos con barba de largura indeterminada y hechuras hipsterianas, de adolescentes que olvidan que el piel con piel supera a cualquier pantalla, cuando no quieren ser de profesión tronista o pretendiente/a... Son tantas las construcciones calcadas, cual rebaño ovejíl, que llenaría párrafos, vomitando mi incredulidad. Históricamente, los movimientos colectivos han tenido un peso fundamental en muchos momentos clave, pero lo que ocurre hoy en día es una total degeneración de ese concepto para imponer la serialización del yo, dejando de lado el sentido de la identidad personal.

Muchos comportamientos y manifestaciones de esos cromos repetidos se convierten en un auténtico peligro. Yo diría que, muchas ocasiones, en la base del acoso escolar o la homofobia están, de fondo, pensamientos de grupo tóxico, que explota en ejercicios de incontrolada violencia. Un líder inocula odios varios y los secuaces los incorporan como propios, con resultados nefastos. Actualmente, las noticias se llenan de historias trágicas, protagonizadas por muchos de estos absurdos en serie. Sus focos de rechazo y su diana particular son, precisamente, personas diferentes, por uno u otro motivo. La incomprensión con los otros es un drama. ¿Acaso alguien tiene que renunciar a ser como es por miedo al qué dirán o el acaso me pegarán? No. Igual es llevar a máximos mi reflexión, pero defenderé siempre el reivindicarse sin dobleces. O lo que es lo mismo, ser de verdad.

Últimamente se habla mucho de lograr la mejor versión de uno mismo, bla, bla, bla, como si fuera una meta por alcanzar o un reto crucial. Menos cuentos, la mejor versión no existe como tal, porque la llevamos incorporada en todo momento. No hay que ir en su búsqueda. No es un santo grial. Nada ni nadie debe condicionar nuestra personalidad genuina. Sumar, perfecto, pero sin olvidar ni dejar de reivindicar que todos somos de pata negra.

«Sé tú mism@ y serás únic@».

viernes, septiembre 30, 2016

Barrio



Siempre creí en los contextos. De hecho, creo que me persiguen desde pequeño. Para bien y para mal, no siempre en equilibrio perfecto. Pero, sin duda, ha sido el criarme en un barrio de periferia, gente obrera, drogas y desvaríos varios siempre imprime carácter. Que mi colegio estuviera en el centro de la ciudad y que mis modos tuvieran poco que ver con la mayoría de vecinos que podía contemplar desde mi visión bajita, me hizo crear un total desapego a mis orígenes. Una distancia que he mantenido con el paso de los años, asistiendo incrédulo a muchas de las escenas cotidianas que se suceden en los bloques de viviendas de ladrillo caravista. Con el bar y el ultramarinos como epicentros de la vida en comunidad, fue llegar la droguería y sus novedades en ropa interior y crearse una burbuja consumidora. Mi madre tuvo antes su pequeño negocio tal cual, pero aquella aventura emprendedora no duró mucho. Era un chavalín cuando jugaba en casa a ser Amancio Ortega, con tiendas, colecciones y escaparates propios, entonces tuve oportunidad de convertirme en asistente de dependiente de la tienda referencia de la barriada. Con nombre de mujer, tan rotundo y simbólico como ella misma. Hoy propiedad de asiáticos nonstop. Allí me entregué al kilo y medio, a las bolsas llenas y los corazones vacíos. Y es que la clientela no se cortaba en contar sus penas, hacer terapia o, directamente, criticar a cualquier otra, con tal de desahogarse. Yo me lo pasaba pipa, la verdad. Lo que más gracia me hacía es que las marus, más marus, dicho y escrito con todo el cariño, aparecieran en camisón, pijama, bata, cuando no albornoz, y pantunflas. Era un catálogo del desaparecido Sepu en carnes vivas. Defendían el look con profusión, sin ningún tipo de pudor. Admirable actitud, que reconozco nunca llegué a entender del todo. Estaba bien que sintieran (y sientan) el barrio como un ente que poseían y en el que podían hacer y deshacer, pero a mis ojos aquella imagen de legaña y cama no pegaba en la cola de la fruta o la carne.

Mi barrio no ha cambiado mucho desde aquella tierna infancia. Ahora puedo pasear por él o encontrarme en alguno de sus rincones y retrotraerme a la puerta de la catequesis, a la plazoleta donde jugaba con mis primos, a la tienda de chuches, ya desaparecida, donde me compraba muchos ‘flashes’, especialmente de limón. ¡Qué ricos! Y el vecindario ha llorado unas cuantas pérdidas y celebrado bodas, muchas, sin páginas en el ¡Hola! Como la que todos contemplamos hace días desde los balcones. No puede evitarlo, impulsado por una fuerza suprema, lo dejé todo y me convertí en espectador ansioso de la salida de la novia de su casa 'de toda la vida'. Los balcones estaban llenos de miradas cómplices, una música insólita salía, en bucle, de un radiocasete y los vítores se sucedían. Que si el padre, que si la madre… y por fin ella, la protagonista, vestida con sus mejores galas y crecida en el lugar que la vio ser ella misma, esta vez en su mejor versión. Era curioso formar parte de ese ceremonial, cotilla y entrañable, por partes iguales. Y es que al final eso es lo bueno de los barrios, empatizarás o no con la gente que los habitan, pero hay algo que os equipara, que os hace miembros de una fuerza de nombre propio. He de reconocer que cuando viví en otros lugares, en diferentes épocas, caí irremediablemente en barrios, pero ninguno tan genuino como el mío. Cuestionable, absurdo, marginal, pero auténtico. Mío, al fin y al barrio. 

miércoles, agosto 31, 2016

Vacaciones



Hay necesidades que no se expresan con palabras, que se acumulan hasta hacer peso y entonces se convierten en una carga insoportable. Eso mismo fue lo que me ocurrió a mí con las vacaciones. Había olvidado la última vez en que hiciera, de verdad, las maletas para escenificar una ida con fecha de vuelta y un paréntesis de los reales. Motivos laborales, cuando no personales, impidieron este tiempo atrás la huida, tan común, hacia territorios de felicidad de postal. Nunca me instalé en la queja, ni en la comparación dramática, es más, mi adicción total al trabajo me ancló irremediablemente a esta ausencia. Este año, superado por la realidad, me debía la desconexión. Barajé opciones y, pese al escaso entusiasmo inicial, me decanté por descubrir el Sur. Un plan de amigos y todo el tiempo del mundo eran la excusa perfecta para asegurarme una aventura inolvidable. Y así ha sido. Un contexto tan explotado como surrealista ha sido el refugio para una suma de días en los que nos movimos entre dramas y comedias, parafraseando a Fangoria. Vivimos situaciones inverosímiles y hasta de película de miedo con muertes (de un perro), sangres, gritos y violencia, que temimos dieran al traste con nuestra huida hacia/de ‘el Levante’. Tantas horas robadas al sueño en un autobús por carreteras secundarias hubieran sido una auténtica pérdida.

La mayor parte del tiempo estuvo dedicada a un rincón que nunca fue de mi especial simpatía y ponía en riesgo mi satisfacción vacacional: la playa. De pequeño me recuerdo jugando en los arenales cántabros; superando, incluso, un episodio de arenas movedizas, con ‘miniyo’ absorbido sin remedio, pero con los años cogí manía al ejercicio de tostarse al Sol y pasar jornadas de veraneo con sombrilla, cremita y nevera fresquita. Ha sido justo lo que hemos hecho, entendiendo, a la perfección, las necesidades del grupo. Aún así, no he sufrido tanto (como Geno) y me he dedicado a construir, imaginariamente, vidas ajenas, cuando no a criticar sin piedad, lo reconozco. Y es que los estilismos han dejado mucho que desear, especialmente los de ellos, entregados al ‘vicevercismo’ de cortura absurda y músculo apretado. Sin duda, mi parte favorita ha sido realizar entrevistas en profundidad. Desde los taxistas a los relaciones públicas de los ‘garitos’ de noche, con los que llegué a entablar una cercanía insólita. De repente, en unos pocos días construyes unas rutinas, unos cómplices que se antojan tu vida, olvidando (casi) los orígenes para entregarte, por completo, al hogar ocasional. Hasta llegamos a conocer a una prestigiosa bloggera, de las que suman sin restar, sonríen sin photocall y demuestran que hay esperanza y contenido en el mundo de la moda.

Las vicisitudes de apartamento para cuatro, primero, seis, después, dan para novela. El resumen es que hay que tener mucho cuidado con las alemanas que homenajean a Massiel y se olvidan de los inquilinos de ocasión. Duchas frías, fugas, desinformación, qué poca precisión en las formas y cuán rentables salen estas casas de habitantes fugaces. Menos mal que nos lo tomamos todo con una guasa importante, que nos dimos a los ritmos, los selfies y los consejos healthies. Y es que los días de vacación son para eso, para escuchar una canción tontuna, que se pega como los bañadores de lycra y para comentar con el grupo las bellezas al agua. Las risas sientan tan bien como los colores flúor y los atardeceres son el mejor reflejo del alma, que necesitaba contenido nuevo. Y de cierre, una visita en ruta con una compañera de vida, que hace tiempo optó por establecerse en la distancia sureña, siguiendo el puerto de su amor. Mi conclusión principal es que no me ha impresionado ni enamorado el destino, quizá sea por mi rancismo de manual, pero esa necesidad que esperaba su momento no podía encontrar mejor ejercicio de hechos y protagonistas. Gracias a mis cómplices, que me dieron tanto y a este Norte, que desde la distancia me demostraba su importancia vital en mi construcción como ser. Un ser(gio) que siente y se siente ahora con fuerzas y energías para afrontar un otoño que espero sea agitado y revelador. Prometo contarlo.