miércoles, noviembre 30, 2016

En pocas palabras



Más que preso, habitante de silencios. Porque cuando no decir nada es la mejor opción, más vale aguardar a que las cosas cambien. Que lo hagan es un misterio. Que sería necesario, totalmente. Y es que la realidad no es simpática y el recurso al emoticono de la sonrisa es la mejor metáfora. Será el contexto, será un pretexto, pero es mi será, será.

domingo, octubre 30, 2016

De verdad



Hace tiempo que asumí que soy diferente, por muchas cosas. Algunas más públicas, otras menos. El caso es que yo sé que no soy uno más y no tengo reparo en dignificar mi autenticidad. Es más, creo que muchos de mis valores diferenciales son un potencial personal y profesional. Intento explotarlos, no siempre con éxito, pero no me escondo de mi esencia particular. Hoy quiero reflexionar sobre todo lo contrario, la manía que se está generalizando de imponer la repetición, la copia descarada de modelos de vida, de expresiones, de forma de vestir, incluso de sentir o pensar. Me apena que haya esa cadencia a la limitación e imitación, porque lo bonito es dejar paso a las variables infinitas, al juego de la vida. Pues no, mucha gente se empeña en convertirse en un estereotipo andante, que viraliza su realidad en las redes, intuyo que como harán sus ejemplos. En lo que a mí respecta, no quiero rodearme de clones de la celebrity de turno, de librepensadores calcados a cualquier tertuliano gritón, de muchachos con barba de largura indeterminada y hechuras hipsterianas, de adolescentes que olvidan que el piel con piel supera a cualquier pantalla, cuando no quieren ser de profesión tronista o pretendiente/a... Son tantas las construcciones calcadas, cual rebaño ovejíl, que llenaría párrafos, vomitando mi incredulidad. Históricamente, los movimientos colectivos han tenido un peso fundamental en muchos momentos clave, pero lo que ocurre hoy en día es una total degeneración de ese concepto para imponer la serialización del yo, dejando de lado el sentido de la identidad personal.

Muchos comportamientos y manifestaciones de esos cromos repetidos se convierten en un auténtico peligro. Yo diría que, muchas ocasiones, en la base del acoso escolar o la homofobia están, de fondo, pensamientos de grupo tóxico, que explota en ejercicios de incontrolada violencia. Un líder inocula odios varios y los secuaces los incorporan como propios, con resultados nefastos. Actualmente, las noticias se llenan de historias trágicas, protagonizadas por muchos de estos absurdos en serie. Sus focos de rechazo y su diana particular son, precisamente, personas diferentes, por uno u otro motivo. La incomprensión con los otros es un drama. ¿Acaso alguien tiene que renunciar a ser como es por miedo al qué dirán o el acaso me pegarán? No. Igual es llevar a máximos mi reflexión, pero defenderé siempre el reivindicarse sin dobleces. O lo que es lo mismo, ser de verdad.

Últimamente se habla mucho de lograr la mejor versión de uno mismo, bla, bla, bla, como si fuera una meta por alcanzar o un reto crucial. Menos cuentos, la mejor versión no existe como tal, porque la llevamos incorporada en todo momento. No hay que ir en su búsqueda. No es un santo grial. Nada ni nadie debe condicionar nuestra personalidad genuina. Sumar, perfecto, pero sin olvidar ni dejar de reivindicar que todos somos de pata negra.

«Sé tú mism@ y serás únic@».

viernes, septiembre 30, 2016

Barrio



Siempre creí en los contextos. De hecho, creo que me persiguen desde pequeño. Para bien y para mal, no siempre en equilibrio perfecto. Pero, sin duda, ha sido el criarme en un barrio de periferia, gente obrera, drogas y desvaríos varios siempre imprime carácter. Que mi colegio estuviera en el centro de la ciudad y que mis modos tuvieran poco que ver con la mayoría de vecinos que podía contemplar desde mi visión bajita, me hizo crear un total desapego a mis orígenes. Una distancia que he mantenido con el paso de los años, asistiendo incrédulo a muchas de las escenas cotidianas que se suceden en los bloques de viviendas de ladrillo caravista. Con el bar y el ultramarinos como epicentros de la vida en comunidad, fue llegar la droguería y sus novedades en ropa interior y crearse una burbuja consumidora. Mi madre tuvo antes su pequeño negocio tal cual, pero aquella aventura emprendedora no duró mucho. Era un chavalín cuando jugaba en casa a ser Amancio Ortega, con tiendas, colecciones y escaparates propios, entonces tuve oportunidad de convertirme en asistente de dependiente de la tienda referencia de la barriada. Con nombre de mujer, tan rotundo y simbólico como ella misma. Hoy propiedad de asiáticos nonstop. Allí me entregué al kilo y medio, a las bolsas llenas y los corazones vacíos. Y es que la clientela no se cortaba en contar sus penas, hacer terapia o, directamente, criticar a cualquier otra, con tal de desahogarse. Yo me lo pasaba pipa, la verdad. Lo que más gracia me hacía es que las marus, más marus, dicho y escrito con todo el cariño, aparecieran en camisón, pijama, bata, cuando no albornoz, y pantunflas. Era un catálogo del desaparecido Sepu en carnes vivas. Defendían el look con profusión, sin ningún tipo de pudor. Admirable actitud, que reconozco nunca llegué a entender del todo. Estaba bien que sintieran (y sientan) el barrio como un ente que poseían y en el que podían hacer y deshacer, pero a mis ojos aquella imagen de legaña y cama no pegaba en la cola de la fruta o la carne.

Mi barrio no ha cambiado mucho desde aquella tierna infancia. Ahora puedo pasear por él o encontrarme en alguno de sus rincones y retrotraerme a la puerta de la catequesis, a la plazoleta donde jugaba con mis primos, a la tienda de chuches, ya desaparecida, donde me compraba muchos ‘flashes’, especialmente de limón. ¡Qué ricos! Y el vecindario ha llorado unas cuantas pérdidas y celebrado bodas, muchas, sin páginas en el ¡Hola! Como la que todos contemplamos hace días desde los balcones. No puede evitarlo, impulsado por una fuerza suprema, lo dejé todo y me convertí en espectador ansioso de la salida de la novia de su casa 'de toda la vida'. Los balcones estaban llenos de miradas cómplices, una música insólita salía, en bucle, de un radiocasete y los vítores se sucedían. Que si el padre, que si la madre… y por fin ella, la protagonista, vestida con sus mejores galas y crecida en el lugar que la vio ser ella misma, esta vez en su mejor versión. Era curioso formar parte de ese ceremonial, cotilla y entrañable, por partes iguales. Y es que al final eso es lo bueno de los barrios, empatizarás o no con la gente que los habitan, pero hay algo que os equipara, que os hace miembros de una fuerza de nombre propio. He de reconocer que cuando viví en otros lugares, en diferentes épocas, caí irremediablemente en barrios, pero ninguno tan genuino como el mío. Cuestionable, absurdo, marginal, pero auténtico. Mío, al fin y al barrio. 

miércoles, agosto 31, 2016

Vacaciones



Hay necesidades que no se expresan con palabras, que se acumulan hasta hacer peso y entonces se convierten en una carga insoportable. Eso mismo fue lo que me ocurrió a mí con las vacaciones. Había olvidado la última vez en que hiciera, de verdad, las maletas para escenificar una ida con fecha de vuelta y un paréntesis de los reales. Motivos laborales, cuando no personales, impidieron este tiempo atrás la huida, tan común, hacia territorios de felicidad de postal. Nunca me instalé en la queja, ni en la comparación dramática, es más, mi adicción total al trabajo me ancló irremediablemente a esta ausencia. Este año, superado por la realidad, me debía la desconexión. Barajé opciones y, pese al escaso entusiasmo inicial, me decanté por descubrir el Sur. Un plan de amigos y todo el tiempo del mundo eran la excusa perfecta para asegurarme una aventura inolvidable. Y así ha sido. Un contexto tan explotado como surrealista ha sido el refugio para una suma de días en los que nos movimos entre dramas y comedias, parafraseando a Fangoria. Vivimos situaciones inverosímiles y hasta de película de miedo con muertes (de un perro), sangres, gritos y violencia, que temimos dieran al traste con nuestra huida hacia/de ‘el Levante’. Tantas horas robadas al sueño en un autobús por carreteras secundarias hubieran sido una auténtica pérdida.

La mayor parte del tiempo estuvo dedicada a un rincón que nunca fue de mi especial simpatía y ponía en riesgo mi satisfacción vacacional: la playa. De pequeño me recuerdo jugando en los arenales cántabros; superando, incluso, un episodio de arenas movedizas, con ‘miniyo’ absorbido sin remedio, pero con los años cogí manía al ejercicio de tostarse al Sol y pasar jornadas de veraneo con sombrilla, cremita y nevera fresquita. Ha sido justo lo que hemos hecho, entendiendo, a la perfección, las necesidades del grupo. Aún así, no he sufrido tanto (como Geno) y me he dedicado a construir, imaginariamente, vidas ajenas, cuando no a criticar sin piedad, lo reconozco. Y es que los estilismos han dejado mucho que desear, especialmente los de ellos, entregados al ‘vicevercismo’ de cortura absurda y músculo apretado. Sin duda, mi parte favorita ha sido realizar entrevistas en profundidad. Desde los taxistas a los relaciones públicas de los ‘garitos’ de noche, con los que llegué a entablar una cercanía insólita. De repente, en unos pocos días construyes unas rutinas, unos cómplices que se antojan tu vida, olvidando (casi) los orígenes para entregarte, por completo, al hogar ocasional. Hasta llegamos a conocer a una prestigiosa bloggera, de las que suman sin restar, sonríen sin photocall y demuestran que hay esperanza y contenido en el mundo de la moda.

Las vicisitudes de apartamento para cuatro, primero, seis, después, dan para novela. El resumen es que hay que tener mucho cuidado con las alemanas que homenajean a Massiel y se olvidan de los inquilinos de ocasión. Duchas frías, fugas, desinformación, qué poca precisión en las formas y cuán rentables salen estas casas de habitantes fugaces. Menos mal que nos lo tomamos todo con una guasa importante, que nos dimos a los ritmos, los selfies y los consejos healthies. Y es que los días de vacación son para eso, para escuchar una canción tontuna, que se pega como los bañadores de lycra y para comentar con el grupo las bellezas al agua. Las risas sientan tan bien como los colores flúor y los atardeceres son el mejor reflejo del alma, que necesitaba contenido nuevo. Y de cierre, una visita en ruta con una compañera de vida, que hace tiempo optó por establecerse en la distancia sureña, siguiendo el puerto de su amor. Mi conclusión principal es que no me ha impresionado ni enamorado el destino, quizá sea por mi rancismo de manual, pero esa necesidad que esperaba su momento no podía encontrar mejor ejercicio de hechos y protagonistas. Gracias a mis cómplices, que me dieron tanto y a este Norte, que desde la distancia me demostraba su importancia vital en mi construcción como ser. Un ser(gio) que siente y se siente ahora con fuerzas y energías para afrontar un otoño que espero sea agitado y revelador. Prometo contarlo.

miércoles, julio 13, 2016

Uno



Ponerse frente a las palabras no siempre es fácil. Ocurre también con las personas, especialmente las que te importan. Esas que causan en ti fenómenos difíciles de describir en lo literal, pero capaces de darte la vuelta en un nanosegundo. La vida me impuso una nueva ausencia, de difícil digestión, pero el pisado, pisado. Y aquí estoy, practicando el carpe diem y luchando por muchos proyectos ilusionantes y conseguir olvidar. Solo así seré yo, en mi mejor versión, esa que he ido bocetando, con la ayuda de tantos cómplices, que en el tiempo me han enseñado que en esta vida estamos solos, pero eso no implica más que nuestra soledad es nuestra fortaleza. Luego vienen los guerreros que se suman a las batallas y las mejores verbenas de sociedad. Pero el yo gana y tiene que estar fuerte, en su sitio y comprendiendo que no será fácil, pero el reto lo hace más divertido. Por una vez, que recuerde, tengo fuerzas y ganas para afrontar esta afrenta de lo real, con madurez y sentidos. Quizá el oído un poco tocado, porque aún sigo bastante teniente, pero me veo con armadura suficiente para saltar a la arena y hacerme grande frente a los leones. Mi versión gladiador no renuncia a los sentimientos ni a esa sensibilidad, marca de la casa, porque mi ángel de la guarda me enseñó la gran lección con esas herramientas “sé tú mismo y serás único”.

En el camino conocí historias que no deben ni pueden ser contadas, pero que demuestran que lo que celebramos mañana puede haberse convertido en nuestra peor pesadilla. Cordura, amigos. Conciencia del ser y de todos, como colectivos. Seguimos en pleno panorama deplorable, con mandamases de chiste y algunos titulares que ni las mejores pinzas pueden sujetar. Así que concentremos fuerzas en ese yo que paseamos, muchas veces errante, silencioso o en horas bajas. Necesitamos energía y una sonrisa enorme, aunque en mi caso no me salga frente al espejo, ni en las malditas autofotos de moda. Buscaré profesionales que me den técnicas de risas y desconexión, la mejor vitamina que puede existir. Yo quiero un cese temporal de la convivencia con el ordenador, porque esta relación me gana y aquí sólo puedo quedar uno. ¡Hagan sus apuestas!

sábado, junio 04, 2016

Aprendamos...



"El éxito es aprender a ir de fracaso en fracaso, sin desesperarse"

Winston Churchill

domingo, mayo 01, 2016

Ocho letras, una madre



Se me antoja imposible ser tú. Dicen que tengo muchos rasgos de tu carácter, que reproduzco algunas de tus manías o esos pequeños gestos que me delatan tuyo. Es normal que te sienta perfecta, que te haya idealizado y, conforme pasan los años, dé más valor a cada una de tus grandezas. Pero creo que si te viera desde fuera, en una burbuja de observador imparcial, compartiría el dictamen. Tu máximo común denominador es ser una buena persona, generosa, cercana, desprendida, sin dobleces. Tu entrega a tu nido es admirable, siempre te las ingenias para relegarte y poner al resto en la cima de tus preocupaciones. Te llevarán los demonios de dolor o tendrás un mal día, pero te refugias en los silencios para no perder nunca tu sinfonía del dar. Muchas veces pienso en el miedo que tuvo que suponer el saber que llegaba para quedarme y habitar por siempre tu corazón. Compartido en régimen de felicidad y lo sabes. Superaste esa sensación de vértigo y situaciones de película para no dormir, siempre volcada en conjugar el querer. Pesara a quien pesara. Con los años no te lo puse fácil e imagino el vuelco en las tripas al recibir una de las peores llamadas de tu vida. ¿Por qué? Quizá el destino quiso mandarnos un mensaje que aún estamos intentando descifrar. Entonces volviste a demostrar ese coraje, una fuerza más allá de lo terrenal. En el peor contexto, cuando mi reloj humano se paró en seco, sacaste el poderío y esa mirada que brotaba todo el amor. Gracias. Fue y será siempre mi mejor medicina. Bendita dosis tú.

Sabes que odio las analíticas, los pasillos de hospital y ese olor que traspasa los poros de la piel con desazón, pero a tu lado la pesadilla se hacía menos. Cómo voy a pensar en que algún día pudiera despertar y que no estuvieras ahí para ser cómplice. Mi cómplice. Me niego a perderte, por mucho que me pidas el luchar como legado. No quiero, no tengo tu valentía. Estremezco solo con imaginar ese escenario de ausencia. Sin tus consejos, sin esa capacidad de levantarme sin grandilocuencias, me sentiría perdido. Cuando te he tenido lejos ya he sentido esa fragilidad. Habrá quien piense que soy víctima de inmadurez, incorregiblemente al calor de tu ala. Puede ser, pero nunca por ti, porque siempre me has dado luz verde al crecer, vivir y equivocarme. Incluso en las decisiones más controvertidas has respaldado mis ejercicios del yo. Ese libre albedrío que se apodera de mí cada cierto tiempo entiendo que no es del todo justo. Aunque en cada ocasión has demostrado estar, acompañar y alentar, incluso, por mucho que todas las incógnitas habitaran tu estómago. Eso sí, siempre en la duermevela y la precaución de instinto profundo. Como cada vez que el mínimo dolor me agitaba y corría en la noche, en la oscuridad, a llamarte al auxilio. Y respondías preocupada y dejabas los sueños por soñar despierta, ejerciendo tu mejor versión. Admiración es poco, gratitud igual.

Te lo debo todo y cualquier momento o folio en blanco es bueno para recordarlo y devolverte en palabras mínimamente tu entrega. Dudo que la vida me ponga por delante la oportunidad de reproducir tu ejemplo y escenificar la mejor herencia personal que pueda imaginar. Si fuera así, qué responsabilidad, un reto cortado a tu medida. Supongo que brotarían mecanismos espontáneos y construidos por ti desde lo cotidiano. Desde la cuna a mis adulteces del todo inestables. En el fondo y con tu coreografía de emociones, la esencia no me ha abandonado, porque tú no te has dado el mínimo respiro. Ojalá, querida, pueda estar a tu altura y cuidarte, entenderte y sostenerte cada día con su noche. Te quiero, mamá, y serán las ocho letras que jamás me cansaré en dedicarte, gritando o desde el silencio. Con nuestro lenguaje intransferible. Feliz día. Feliz vida.