jueves, abril 13, 2017

Historia de un beso



Esperaba el momento con una mezcla de intriga y emoción. Las sensaciones pueden intuirse, pero hasta que no se viven son pura especulación. Las películas, los libros, los mayores. Todos hablaban de su magia, aunque no era un truco más, sino un espectáculo imperdible. Había ensayado, o eso creía, para no delatarme como un novato de manual. Era mayor. Siempre eran mayores. Quizá quería asegurarme la emoción con nota. Parecía tan seguro como yo inocente. Nos veíamos en las horas de recreo. Aunque nos correspondían patios diferentes, hay miradas que salvan todas las distancias. Impulsados por la curiosidad, nos deteníamos en idéntico rincón cada mañana, para dejar que la complicidad hiciera el resto. Podía haberle esperado a la salida, pero hubiera sido demasiado cantoso. Fue él quien dio el paso, decidido a encontrarnos, esta vez, de verdad. Un día nuestro ritual de ojos con dueño dio un giro. De repente, lanzó un avión gigante de papel. Su vuelo me pareció eterno y erizó toda mi piel. Por suerte, llegó a destino y con un mensaje claro. "Cuando acaben las clases, en el baño del pabellón". Una frase directa, invitación perfecta al juego del labio con labio. Supongo que, según su propósito, se me subieron algo más que los colores. Me devolvió una sonrisa infinita y salió corriendo. En cambio, yo me quedé paralizado. Con miedo a dejarme llevar. Hasta se me fue el santo al cielo y una profesora tuvo que venir a mi rescate, cuando ya había sonado el timbre. No sé ni cómo pasó el día, tampoco qué materias ocuparon las clases. Sólo podía viajar, mental y sensualmente, hasta mi cita y pensar que estaba a punto de ser coprotagonista de algo especial.

A priori no respondía a mi ideal, pues hubiera preferido un cortejo romántico, conversaciones largas y unas ganas locas de mutuo descubrimiento. Lo nuestro era bastante raro, silencioso y precipitado. Adjetivos muy reñidos con la historia del beso que me hubiera gustado contar. Guardé los libros y mi estuche en la mochila. Pasé por el baño, para mirarme en el espejo y comprobar que todo estaba en su sitio. Lo estaba. Así que, sin perder más tiempo, fui al encuentro. Cuando llegué oí unos chillidos. Era la limpiadora que, con su música a todo trapo, quería emular a una diva a golpe de fregona. Me salí y justo llegó él. Iba a contarle qué pasaba cuando me agarró fuerte de la mano y me metió al cuarto de los balones. Nos miramos un instante y entonces pasó. Aquello fue una conjunción planetaria con rayos y centellas. Explosivo, estimulante, genial. No sé lo que pudo durar, lo suficiente como para sentirme exhausto al separar nuestras bocas. "Para ser tu primera vez, besas muy bien". No sabía si tomármelo como un piropo o un insulto. Debía ser lo primero, pues volvió (volvimos) a la carga y ahí sí me sentí como en un cuento. Por momentos se movían las estanterías, pero nosotros seguimos con la exploración, de ida y vuelta, bastante rato. Cuando acabamos parecíamos dos perfectos desconocidos. De hecho, lo éramos. Es curioso cómo la intimidad conserva celosamente su dignidad, por mucho que se haya regalado. "Si quieres, nos vemos mañana". Asentí, sin pensar. Estaba aún perturbado por la suma de escalofríos, mariposas y onomatopeyas imposibles que acababa de sentir. Y claro que repetimos. Perdí la cuenta de las veces. Había que perfeccionar y saborear los besos. Aunque mi debut merecía ser contado.

13 de Abril | Relato de ficción por el Día Internacional del Beso 

miércoles, marzo 08, 2017

Con todas las letras



Ellas. Vosotras. Que sois más que un 8 de Marzo. Que sumáis luchas, silencios, espantos. También talento, personalidad, sueños. Sois todo, sin pedir nada a cambio. Al menos es mi experiencia. Sin duda, ¡os debo tanto! Muchas presentes, fuertes, capaces, constantes, fieles y determinantes en el latido que nos une. Otras ya lejanas, pero dueñas de un trozo de mi biografía. Nunca entendí mi vida sin vuestras miradas. Aprendí (y aprendo) de vuestro universo, de la verdad que envolvéis en ternura, en esencia pura. Elogié el valor que os definía y aplaudo el que aún hoy defendéis. Muchos se minimizan a vuestro paso, pero nunca fue mi caso. Crecí rodeado en femenino y con orgullo lo escribo, lo siento, lo comparto. El tiempo os ha hecho justicia, por méritos propios, pese a gigantes y estorbos. Derribando absurdeces, demostrando hasta lo innecesario. Aunque chirríe, el surrealismo os engrandece, porque no os dejáis vencer. Incluso subidas a tacones de infierno, siempre plenas de sentimiento y voluntad. Os cuentan en cuentos de princesas y reinos, pero no necesitáis el vestido ni la corona para brillar y conquistar. Yo trepé hasta vuestras torres para encontrar historias y escribirlas juntos. En momentos, eso me valió insultos y hubiera sido ridículo abandonar nuestros mundos. Porque en ellos me encontré y me ayudasteis a ser, con todas las letras. Las mismas que ahora junto, porque os merecéis mi homenaje, mi agradecer profundo.    

sábado, febrero 04, 2017

Mundo piruleta



Era pequeña. Chiquitita, decía su madre, con una sonrisa infinita, cada vez que se refería a ella. Su respuesta siempre se envolvía en una mirada entrañable, de buena persona. Así creció, feliz en un mundo donde todo era m-a-r-a-v-i-l-l-o-s-o. Se empeñaba en decirlo despacio, saboreando cada letra, porque, en el fondo, temía que cualquier día ese estado de las cosas fuera un espejismo. No compartía con nadie esos temores, sabía que la señalarían como una aguafiestas. A juzgar por la felicidad de su gente, no dejaban hueco para el desánimo. Tampoco para los miedos, pero ella tenía su cajita de la frustración, en silencio. No quería abrirla, aunque más de una noche se sorprendió a sí misma levantando su tapa y sintiendo, de golpe, todo eso que el resto parecía desconocer. Su curiosidad terminó en pesadillas y la extrañeza de sus padres, de oído fino. Nunca habían notado ese malestar, en sueños, de su niñita. De nada sirvieron sus interrogatorios mañaneros, ella sabía que desaprobarían que llenara su cabeza de malos pensamientos, de oscuridad. No había espacio para nada de eso, era un tabú. En el colegio tampoco tenía a nadie con quien liberar sus fantasmas, porque estaba más bien sola. Honestamente, del todo sola. En realidad, nadie cultivaba relaciones más allá del aula, era todo muy frío e impersonal, pero aparentemente feliz. Intachable, perfecto, ejemplar, repetían sus maestras. Tanta m-a-r-a-v-i-l-l-a empezaba a generar su total rechazo.

Fantaseaba, sin parar, con otro mundo, en el que quizá no encajaran todas las piezas, pero todo resultara más auténtico. Entonces urdió todo un plan. Preparó una mochila, con lo que consideraba necesario, algún cambio de ropa, su neceser de unicornios, calzado cómodo y poco más. Buscó un autobús que la llevara lejos. Pensaba que quizá unos cuantos kilómetros eran garantía de emociones. Encontró la línea adecuada, tenía dinero suficiente para el billete, pues apenas gastaba su paga semanal y había ahorrado en su hucha de emoticono sonriente. No tuvo que romperla, con cuidado, desfondó sus propios fondos e hizo recuento del botín. Era más que suficiente. De noche, sigilosa, pudo escaparse y caminar hasta la estación. En ese momento, se sentía ya liberada, aunque prudente, pues cualquiera del mundo de color de rosa podía entender que era inadecuado que estuviera sola a esas horas de la noche. A mitad de camino, más o menos, oyó unos ruidos que la asustaron.

De repente, de entre unas cajas, salió un chico. Era más alto que ella, lo cual tampoco era difícil, llevaba una gorra y una mochila a la espalda. Como ella. Él intentó acercarse, pero ella aligeró el paso. El muchacho y sus piernas largas la alcanzaron, sin problema. Parecía inofensivo, así que ella se detuvo. Fue como si el tiempo se detuviera también. Ambos sonrieron y él rompió el hielo. Buscaba la estación de autobuses y ella le comentó que iba para allá. Entonces él, espontáneo, preguntó si podía acompañarla. Ella no contestó, siguió andando. Sabía que tenía un nuevo cómplice. ¿Puedo saber dónde vas?, preguntó el chico. Lejos de aquí. Respondió, directa. Ya somos dos, dijo él. En el plan de la chiquitita huidiza no entraba tener que dar explicaciones a nadie, pero mucho menos encontrar a la horma de su zapato, en versión chico. Ella no decía nada, su padre la había enseñado a desconfiar de todos los muchachos y sus intenciones. Según él, no necesitaba a nadie más en la vida que a él y a su madre. Pero no podía evitar mirar, de reojo, y sentir que era alguien especial. Y guapo. No tardarían en llegar al destino. Ella sabía qué ruta era su pasaporte de despedida, pero él no pareció tenerlo tan claro. Si no te molesta, voy a copiarte, dijo. La joven pensó, por un momento, que era una clase de guardaespaldas contratado por sus padres, en caso de espantada. Por un lado, aquello era un fastidio, por otro, un juego divertido.

Llegó el momento de subir al bus, sin mayor incidencia. Ella miraba a cada lado, como buscando la cámara oculta o a cualquier mayor impidiendo su fechoría. Se sentó tan rápido como pudo en las primeras filas. Él accedió después, la miró sonriente y siguió hasta los asientos traseros. Se sentía tonta, pero incluso con esa distancia mínima, le echaba de menos. Había sido curioso que sus caminos se cruzaran, supuestamente con el mismo objetivo. Así que cogió su mochila y fue a su encuentro. ¿Por qué haces esto?, preguntó. Supongo que por lo mismo que tú, no soporto más este mundo piruleta. No podía haberlo expresado mejor. Estaba claro, les unía la necesidad de dejar atrás su incomprensible realidad, tan edulcorada y maquillada, que les impedía crecer. A ella en altura también la iría bien, pues se imaginó, por un momento, besando a ese Romeo imprevisto. Y se parecía ridícula, tan pequeña a su lado. Quizá el tiempo la haría entender que eso no importa, pero no, porque entonces se despertó bañada en agua, por su padre. No reaccionabas, perdona, estabas como ida. Lo estaba, hasta entonces.