lunes, septiembre 29, 2008

Chillido de diva


En la práctica continua de ser un single con sentido o varios, este fin de semana tras un extra profesional y surrealista en sí mismo me doté del mejor escape posible. Por cercanía y disfrute. Exprés me fui hasta la tierra de la bilbainada para ver a amiguismos varios pero, en especial, para reunirme en espíritu que no obra con la más diva de mis entretelas: MN o lo que es lo mismo Mónica Naranjo. Las prisas parecían indicar que me perdería su eclosión de la oscuridad, pero todo lo contrario. Entre nervios de los fans más eso, con pataleos y demás, el griterío de la mujer renacida se hizo esperar. Así que muchos aprovecharon para pedir unas pizzas y comerse los nervios o lo que hiciera falta. Dio tiempo. Con cuarenta y cinco minutos de retraso comenzó el show, donde parecía estar todo por definir. Demasiado a la ligera, nada que ver con el previopago casi infinito.

Pero fue salir ella al escenario y olvidarse casi todos los males. En todo su potencial y haciendo de su capa -la que lucía- un sayo cantó sus versiones más rockeras de éxitos chochi pop como Désatame o Entender el amor, el mejor inicio para congratular a todo el mariquiterío que da de comer sus ínfulas endivadas. Y es que entre el público había mucho cuasi marido potencial y bolleras que finas o no se sabían al dedillo -será por la práctica- los cantes hondos de la pantera. Muy de negro todo, pero con el brillo de sus gritos inconmensurables, MN fue haciendo de sí misma y sus excesos. Apenas se comunicó con la masa, ni se cambió de ropa pese a sus comentadas ausencias del escenario, ni dio mucho. Una hora clavada de espectáculo, con dos canciones de extra que sonaron a regalo: Europa y Sobreviviré. Para entonces se había marcado un monólogo sobre el amor y el dolor, sobre sus malos tiempos y lo mucho que ha sido querida y a la contra. Nada era idílico más allá de su voz. Si algo mereció la pena, para mí, fue ver a una cantante única en lo bueno y lo malo. Jamás escuché unos alaridos tan musicalizantes y eléctricos. Es capaz de todo.

Sentado en una silla de pichiglás -no estoy para trotes de codazos y glándulas sudoríparas ajenas- disfruté del tiempo del éxtasis monicanizado. Seguro que será la última gira si cae hasta lo más hondo y no vuelve a remontar. No era virgen en su visionado, hace años muy orgulloso pagué por un playback un tanto místico. Lo del sábado fue diferente. Necesitaba un momento así, de encuentro conmigo mismo y con aquella que tantos ratos musicales me ha proporcionado. Y fue en la soledad de la mayoría impropia cuando más me di cuenta del aprendizaje silente de estos meses, de este caminar de fuerza intrínseca que me hace crecer, pese a mis quejares. Entendiendo el no amor, luchando por sobrevivir y sin caer en ser un chico malo. Las divas algo enseñan.

miércoles, septiembre 24, 2008

Realidades que hacen contexto(s)


Heroínas de la vida y el amor me piden encargos relatísticos, pero no me siento del todo capaz, porque es un momento o contexto que no me pertenece. O así lo siento. Apesadumbrado voy por las calles, de puntillas y sin hacer demasiado ruido. Aunque haya circunstancias que se antojen buenas y fructíferas, el tiempo no acaba de congratularme con sus revoltijos y misterios varios. Los días pasan y poco queda. Las sensaciones se diluyen y las personas se agazapan en territorios vedados para la verdad absoluta. Así, me cuesta tanto mostrar una felicidad de pega que prefiero naturalizar el estado en tránsito, lo real de lo impropio y la angustia de duración x.

Oigo demasiado. Escucho poco. Puede que por prisa o por desgana. Pero es un tema que me preocupa. Quizá centrado en mi nido de pájaros chillones que piden una atención en demasía y la reducción de los restos. Dudo y me inquieto. Camino y no sé qué pinto o dejo de pintar. Eso sin darle a la vena artística porque otras menos creativas y congratulantes me roban más huecos y rincones de mi mismidad. Escribo en desorden, harto de mí y puede que de todo. Sin las claves de los cambios necesarios y con las predicciones de tiempos revueltos. En los que amar sería deseable, pero en los que eso se convierte en impracticable.

Hoy volví a un contexto añejo. El rincón de los recuerdos cocidos a fuego lento, cuando no exprés. De miradas y besos furtivos. De cómplices de aquella historia que no debió ser pero que la inseguridad y el desatino convirtió en máxima. No sentí mucho ni poco. Alguien me recordó mi ausencia y dio paso al mirar atrás. A la retina de quita y pon de un don nadie que fue alguien y deshojó la margarita de un corazón herido. Y sin orgullo.

Juntando palabras, emociones, retales del ser me encuentro y con el vacío como resultado. La p*** realidad.

sábado, septiembre 20, 2008

El entremoda


Por unos días la moda ha venido aquí y, cómo no, me ha tocado seguir sus pasos de pasarela. Por eso, más que conocer su verdadero entramado he asistido a un entremoda curioso y peculiar. Siempre se habla de la elegancia, glamour y demases de esta tierra adjetivada infinita, pero viendo a la mayoría de las señoras excesivas y a los divos promasculinizantes (ja!) entre los invitados al evento dudo mucho que esa mezcla sea capaz de soportar tamaña definición. Y lo peor de todo era la tontería reinante en la sala. Como si por asistir a algo así los egos tuvieran una convención en el más allá. Ni que esto fuera NY o Milán. Seguimos siendo tannnn provincianos que nunca abandonamos nuestro propio cliché.

Las propuestas tendenciosas fueron heterogéneas de más. Cosas ponibles, otras imposibles, no por poco prácticas más bien por su horrendidez que ni para hacer trapos, vaya. Los escasos aplausos parecían evidenciar el escaso entusiasmo. Quizá en sus armarios (habitados o no) suponían más clase. Poco presente en general. Empezando por las modelos, con tres excepciones puntuales, las representantes oriundas eran eso, oriundas en sus formas o nadadoras en toda la extensión del término. Parco el elenco maniquíl y tremendo que fueran las mismas una y otra vez, provocando un constante deja vu a los testigos de lo textil. Algunas caminaban con un palo inserto en lo más profundo de su ser, otras miraban al suelo castigadas por ser ellas mismas, otras movían sus caderas crecientes con profunsión desmedida, otras mostraban un asqueo con careto demodé... Tremebundas. Por no hablar de los hombres o supuestos manes, que si son el mejor ejemplo de la masculinidad embellecida ya podemos temblar. Si es que la belleza real no habita en su territorio supuesto.

Previopago había unos cuantos famosos que estaban más interesados en comer by the face que en el sentido real de la convocatoria modesta. Alguno pasaba tan desapercibido que mataba el tiempo haciendo pinitos con cámaras del todo a chino mientras soltaba por esa boquita lindezas del mundo famosíl por el que desea escalar. Aunque caras de la tele parece que siempre dan clase (de qué, ¿de física o química?) a todo lo que por estos lares plantean. Surrealista. Pero siempre lo es más la reiterada tontunez de la mayoría de los presentes menos importantes, con sus aires por las nubes y sus expectativas que no bajan de su propio ombligo. El mejor y más natural un José Miró grande por lo que hace pero pequeño en su gilipollismo. Cuánto debieran aprender quienes no son nada ni nadie pero estancados en su empeño hiperbólico. Así de moda, poco.

martes, septiembre 16, 2008

¿Estamos a-lelados?


A vueltas con la infidelidad. Es un tema recurrente y siempre polémico. No sé si las opiniones se polarizan entre cuerneados o no, pero está claro que siempre surgen visiones de toda índole. Últimamente hemos asistido a una nueva pirueta científica de supuesta entidad sita en tierras suecas, donde han puesto nombre a un gen, el Alelo 334, que sería responsable de la prevalencia infiel en dos de cada cinco hombres. Más allá del dato genético y su realidad o negación, parece que la extensión infiel siempre toca más en el techo masculino. Las féminas avanzan en su ansiada igualdad pero parece que no están tan abonadas al engaño en pareja.

En mi reiteración de ánimo enterrable, constato que el compromiso amoroso es cada segundo más complejo o imposible. Somos seres despegados, veletas corazoneros que no asimilamos la larga duración como algo propio. Quizá motivados por la multitud de ofertas al desenfreno y la novedad, en oposiición al fantasma de la rutina y la monotonia sin cohesión. En esta sociedad no asimilamos bien ese cansancio y hemos entendido que en una relación hay fases, cuando más bien tendríamos que preguntarnos si los estadios amorosos lo son en realidad o nos permitimos ser protagonistas de historas extendidas que tienen como rúbrica el fracaso anunciado pero cegado.

Puede que el futuro sea de quienes entienden disparmente amor y sexo, esas parejas abiertas o liberales que contándoselo todo o no son capaces de ejercer la diferenciación amorosopasional. Porque a estas alturas el amor eterno es una utopía de las películas y las telenovelas azarosas. El amor es mutante y volador, como vino se fue y puede que uno no haya reparado en su ausencia, o no le interese ser del todo consciente.

Y así es como nos planteamos cuán alelados estamos. Los fieles y los infieles. Los que se lo plantean y los que refuerzan sus vínculos al amorío leal en mayúsculas. Caprichoso corazón. ¿O debemos hablar de otros órganos?

domingo, septiembre 14, 2008

Una cita con la felicidad


No es que pretenda usurpar el papel a Bernabé Tierno, siempre a vueltas con la felicidad, pero sí que quisiera reflejar un debate que hace meses merodea mi cabeza de chorlito contextualizador. ¿Felicidad o bienestar? Ésa es la cuestión. En este tiempo muchas han sido las opiniones de todo signo y las conclusiones están un poco en el aire. Yo sigo pensando que la felicidad son momentos escasos, de difícil definición a priori pero de esencia máxima y temporalidad infinita en el recuerdo. De ser una constante la felicidad perdería su propia personalidad, ese carácter de dama escurridiza del sentimiento, indomable y tan inalcanzable. En cambio, ese bienestar más rutinario pero menos abstracto, contribuye a que los días sean más, pero sin la frustración feliz de una construcción elevada e intangible.

Una gran sabia de la vida me regaló estas palabras, que por necesidad apropio y extiendo: "Alguien decía que bienestar suena a conformismo. Para otros, equilibrio. Y ser feliz para muchos, una utopía y para otros 'tener'. Comparto la idea de quien dice ser feliz cuando está en conjunción desde dentro con uno mismo y fuera con los demás. La vida nos da oportunidades para intentarlo, en nosotros está arriesgarnos".

Cada día intento correr esos pequeños riesgos y nada. Resultado cero. Quizá todo sea por el umbral de felicidad que cada cual se marca. Puede que el mío sea xxl y el balance sea menguante. Pero está claro que el error es depositar demasiadas esperanzas en alcanzar un estatus pleno sin hacer movimientos en todas direcciones. Se trata de una cuestión que implica y nos implica sin remedio. Con más o menos ambición o deseo, pero siempre con una voluntad última de ser cómplices en el proceso. Porque las cosas ni las gentes llegan por gracia divina. Mal que nos enseñaran las parabolas de la fe incorregible.

Y así es como todos caminamos hacia esa felicidad que desata pasiones, frente a su primo lejano el bienestar que en su modestia permite bienvivir sin sobresaltos. Somos inconformistas por naturaleza y lo de conocer límites nos resulta hartodifícil. Por eso bordeamos la dificultad o tratamos de saltarla con éxito. Dado que para el fracaso nuestra formación es nula.

viernes, septiembre 12, 2008

Pequeñeces


Los años mozos siempre son intensos. Todo se magnifica cual realityshow y los recuerdos se condensan ahora para jugar malas pasadas a la memoria. La mía está muy maltrecha pese a mis bodas de plata. Pero, de pronto, en días de lluvia como estos, en los que se empapa hasta el alma y el resquemor de perder oportunidades por la negrura, brotan sin previo aviso destellos de lo que fue. Los antaños empeñados en abrirse paso entre la cruda realidad.

El retorno de los escolares, sus lágrimas, sus uniformes, sus materiales, sus agendas vacías pidiendo deberes... me devuelve a tiempos de Enseñanza con mayúsculas, como bien se llama el colegio que me vio crecer y que ahora unas mujeres habitadas quieren derruir por ambiciones poco morales. El tema es que allí fueron muchos los contextos insólitos que los rincones oscuros de mi propio yo sigue conservando. Los trueques en los recreos, los cromos, los primeros murales de manos pintadas o los colgadores con foto de loco bajito. Era en aquel tiempo, cuando la inconsciencia nos permitía todo, cuando la cascada de emociones y de la sinceridad plena se hacían compañeras de juegos. Las caries, las manchas, las caídas, la escatología de risa fácil, los besos furtivos... Más y más, frente a las menudencias del hoy.

Los niños son como los diamantes en bruto. Miniaturas en estado de formación humanoide y reclaman atenciones o las generan por sí solos. Yo siempre fui de los alborotadores, de la banda del charleteo sin fin y los castigos como límite. Era la espontaneidad personificada, impulsivo por momentos o tímido por querer 'saber estar'. Siempre en las salsas no aptas para todos los públicos, con la mirada perdida en un mundo por construir. El mismo que asumiría con los años que no me acaba de pertenecer, al rehuirme o tacharme de diferente. Sabía que lo era y tampoco me disgustaba en exceso, sólo que no entendía muchos porqués.

Aún hoy me cuesta, pero veo a mi ahijado saltarín, de verborrea infinita y mirada perspicaz y me siento reflejado. Sabedor de que él tiene en su mano tantas oportunidades, de practicar el carpe diem sin miramientos y de valorar sólo lo estrictamente necesario. Las pequeñeces no merecen ni un nanosegundo.

miércoles, septiembre 10, 2008

Ser cambiante


La quietud dicen que no es buena. No estoy del todo seguro, aunque amodorrarse y caer en una rutina infinita se antoja como perjudicial. Y por mucho que nos empeñemos en desoír la necesidad de la rueda de la vida y en favorecer el anclaje de lo propio, no siempre las circunstancias lo permiten. De pronto, sin comerlo ni beberlo algo drástico echa por tierra tu supuesto castillo de naipes y sin tiempo para hacer la digestión de la nueva realidad hay que forzar un acomodo óptimo. Desde fuera son preferibles las transiciones paulatinas, pero para la propia gestión puede resultar más eficaz atajar cuanto antes una modificación plena que quedarse en meros amagos renqueantes.

Alguien de supuesta sapiencia ya predijo cambios en mi vida. Ahora no podré dudar de su ejercicio visionario, aunque lo llegue a lamentar, porque efectivamente todo indica que en nada mi organigrama interno mutará a otra cosa, porque el plano de la laboriosidad sin fin parece no tenerlo. Así que en breves mis días serán más o menos, pero no serán lo mismo. Es algo que me divide, como reto apasionante e ilusionante que asumo será el embarque en nuevos proyectos, pero al tiempo me crea duda la poca estabilidad que mi biografía personal y profesional lleva escribiendo en los últimos tiempos. Pero quejarse en mi tónica sería más que injusto, porque muchos no tienen ni la opción de evolución y ni mucho menos por su deseo. Así que no caeré en mi versión víctima compulsiva.

Y al tiempo prometo no volver a los mismos lugares propios que me inquietan y aquí comparto. En ocasiones librarse de ellos me resulta tarea imposible, por eso reanudo la tarea reflexivo tecleante. Puede que con el cambio pronosticado tenga más motivos para rellenar los blancos de colores y ver algo más que negro o gris drama. Es un propósito, la realidad me superará o no. Las respuestas próximamente Aquí, nunca mejor dicho.

lunes, septiembre 08, 2008

¿Qué me pasa, doctor?


Coloquialmente, un workahólico o por su nombre orginal en inglés, workaholic es una persona a quien le gusta, ama y es adicta al trabajo. No hay una definición médica para tal condición. Sin embargo algunas formas de estrés, y desórdenes de personalidad obsesivos-compulsivos pueden estar relacionados con el trabajo.

Así es como define la wikipedia mi problema de nada o todo, que me tiene atacado de la vida y el desamor hasta en mis vacaciones exprés. Es una pena que sea incapaz de generar el modo off y que en tiempos de libertad horaria y descompromisados siga dándale a la cabeza, más vueltas a la agenda y a la creatividad con ánimo de no sé dónde irá a parar. En un estadio permanente de laboriosidad que impide otras bondades y divagaciones necesarias pero de difícil consecución. Pero me asumo y son ya muchos años como adicto a eso que ocupa mis horas y gestiona mis días. Con la duda como compañera de viaje y el folio en blanco como testigo impertinente del paso del tiempo y las vivencias. Y en días pasados, lejos de mi rutina seguían su acoplamiento intrínseco a mi verdad. Ante la incredulidad ajena, por las posibilidades de los restos de saber diferenciar momentos y prioridades, pero cuando uno está superado y sólo piensa en volver a ejercer de sí mismo, el problema lo es y con mayúsculas.

Quizá sea mi nulidad individual y de grandes episodios de esto o aquello lo que me haga caer en la piedra de la necesidad o la cúspide trabajadora. Así fue en otros restos y se mantiene hoy por hoy. Pero no me culpa, no encuentro la vía de escape necesaria o el motivo más que suficiente para recolocar las piedras de mi vida y gestionar lo mejor posible ese camino que tanto me trauma. ¿Es grave doctor?

jueves, septiembre 04, 2008

¿Qué he hecho yo para desmerecer esto?


El nadismo vital de carácter breve, no es del todo leve. Todo lo contrario, cuando lo mínimo es máximo como cobrador de sentidos, explicaciones dadas o por pedir y emociones de brote espontáneo. Así estoy, dando pasos cuasi tumbos en este circo de descanso que no es tal, de desconexión que no es posible -cuando la cabeza trabaja sola no hay maquinista que la pare- y de vivencias que en suma hacen de la realidad paralela, una propia para un lelo. Pasan las horas en esta gran ciudad boca de lobo, la misma de la que huí pero me sigue atrapando con su magia inaudita. Como para no. Tiene de todo, malo, bueno y peor. Pero el falta humanidad. Al menos de la deseosa. Por eso echo de menos mi rincón en el mundo, con ese bienestar quietista, sin sobresaltos y con la desesperanza como mochila cotidiana. Por aquí es diferente. El pavimento se antoja tan cruel como lujurioso. Las gentes son grandes secundarios de cine, en pantalla ojiplática, con sus gestualidades ricas, sus dimes y diretes a voces o en silencios, sus carencias a conocer cuando no ocultar. Sin la indiferencia en el horizonte, con el aplomo de lo vivido como material de largo recorrido en la memoria. En suma de momentos que hacen que lo menos propio se antoje básico.

Pero no puedo dejar de preguntarme sobre mi yoísmo doliente. Cayendo en el drama que horripila a tantos, pero que no es impostado, sino la verdad absoluta de un pobre que quiere clemencia. Más que todo auto-ejercida. Y es que sigo a vueltas con la soledad, la que recrudece las heridas, que recuerda las ausencias, los besos robados o soñados, los quereres solícitos pero impedidos. La misma que no se apea del tren de los malos momentos. Esa que se regocija en lo peor, en la construcción restante del tiempo. En contraposición a los deseos, las ilusiones y las ganas que menguan como el corazón tiriteado por los daños de inmundicias pasadas. Por eso, salir a las calles, retomar el contacto con el centro homosexualizado de efebos y adláteres, de niños que se creen Dioses, de ángeles desalados, de sapos y culebras, de ratas de oscuridades... Me cuestiono mi mismidad en un grupo, ese que muchos se empeñan en objetivizar, y que cada día desconsidero más. La unidad no es posible en un reino de reinas del egoísmo, la mala baba y las peores artes. Frente a los pasotas de la cosa que no aspiran a nada o se conforman con su todo. Les observo, veo sus uniones para salir a los pasos, a las lascivias de quita y pón, a las ridiculeces emocionales que les alimentan los instintos primarios, y me siento fuera de la familia. Como esa oveja negra, tan arrinconada, fuera de un lugar o con su ausencia en un mundo que cuestiona pero le supera. Sin encontrar la salida y dudando de su propio yo.

El camino se hace andando, pero si los pasos son en vano, ¿cuál debe ser la hoja de ruta?

lunes, septiembre 01, 2008

Soledad, ¡presente!


El calor aprieta y los pensamientos presionan por salir a la luz de la injusticia propia o social. Por eso estos días que transito mucho solo por sitios que me pertenecieron para dejar de hacerlo, gravito sobre mi propia idea de vida y mi soledad cimentada en los años, los fracasos, las decepciones, las ilusiones perdidas y la sensación de vacío. Aunque sufro conmigo mismo y mi mecanismo de destrucción masiva, también me reconforto en saber que no estoy subido a un tren de bajo coste y de realidad hipócrita. Con sentimientos falseados por la necesidad y con la idea de ser en suma para no restar en individualidad. Y hablando con buenas gentes, en mi situación o todo lo contrario, caemos en la cuenta de cuánta gente construye una dualidad de paso y se instala en el conformismo sentimentaloide, mientras fantasea con el más allá del rellano y esas otras gentes que despiertan lo más dormido del corazón o los bajos fondos de su propia humanidad.

Siempre fui precoz. Más de pensamiento que de obra. Con ideas claras para bien o mal. Con concepciones firmes sobre mi devenir. Más en el territorio del amorío. Sabía qué esperaba o soñaba. Ese ideal del romanticismo tan manido pero tan recurrente cuando uno piensa con lo racional y no con lo carnal. Allá cada quien y sus dispersiones de sus emociones exprés. Yo siempre jugué en otra liga, hasta que bajé tantas categorías que a día de hoy poco espero de nada ni nadie. Menos en eso del latido rápido y el hormigueo estomacal. Ni los astros ni el más allá se confuabula a mi favor y me aconsejan olvide los episodios enamoradizos. Y en esas estoy, viendo realidades y personas que me dejan perplejo, por los surrealismos varios que hoy salen a la calle, mientras yo masco mi propia amargura. Pero en la tómbola de la compañía no debí coger número. Y aquí estoy, tecleando más solo que la una sin que nadie piense en mí. O no como quisiera. Quizá el tiempo cambie la partida y despida para siempre a esta Soledad, de nombre rancio y pesadumbre total.