miércoles, junio 12, 2013

Paco Martínez París



Cuando creía que el amor era un invento de los grandes almacenes y de los abogados para firmar divorcios, aterrizo en París y descubro que otra mirada romántica es posible. Se para el tiempo entre sus calles y la confusión de latidos, pálpitos varios, miradas cruzadas, elegancias personificadas rompe mis esquemas. No hablaré de belleza (que también) sino de esa elegancia y estilo personal que se magnifican en un estado en calma de las cosas. No hay estrés, todo son horneados de sabor y de momentos. Gentes que convierten en chic las acciones más vulgares de barrios de periferia o capitales henchidas de onanismo. Los rincones únicos se suman a la multiculturalidad que engrandece el espacio. El asfalto se confunde con el arte majestuoso de edificios únicos, que transportan a otros siglos, inyectando la necesidad de reencontrarse con la esencia de lo que fuimos. Entonces, con menos de todo, el firmamento se esculpía a la perfección. Hoy abusamos de los dramas por nuestras insuficiencias no asumidas. Lo que son traumas eran oportunidades de creación. Y toda esa filosofía se refleja en los rostros cálidos, despreocupados, inocentes incluso. Así es como los rasgos se engrandecen, los músculos se equilibran, las ropas se estructuran para bien.

El desfile de maniquís museísticos fuera de contexto adquiere especial relevancia en el género masculino. Quizá por patético término de comparación, pero allí es elocuente cómo los muchachos se gustan y afanan en gustar. Sin necesidad de caer en chulería shore ni tremendismo de tronista.  La concatenación de flechazos directos resulta hasta exagerada. Cual puja de subasta a cada oferta y ofertante más y mejor. Asaetado pues acabé por las armas de tantos corazones andantes. Y encantado con la iconografía extenuante de la ciudad de la luz. También bajo las estrellas, con las luces como centellas de la realidad, todo cobraba más charm. El mismo al que ponen significado el ejército de los parisinos de postal.

Puede que rechace el querer aristotélico de Hollywooood y la triste dependencia que nuestra sociedad nos ha impuesto hacia un él o ella. Es más, ahora cuando veo discusiones absurdas de pareja me felicito y reafirmo en mi decisión de estar mejor solo, que fatalmente acompañado. Mi realidad me ha lanzado a la cara tal decisión, pero estando en París la puso (puse) entre paréntesis. Contemplar una primera cita fue mi absoluta fascinación. Voayeur de un dos que empezaba a escribirse, de las miradas tontas, de las palabras por cortesía y las ganas por debajo de la mesa. En cada establecimiento de sabores, de cartas polisémicas, de cocktails orgásmicos, los pares de amantes esperando posición horizontal&vertical se sucedían. Sus labios pedían encontrarse y sus almas subir escalón a escalón hasta lo alto de la torre más fiel. Pura arquitectura de emociones.  

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