sábado, enero 24, 2009

La utopía de las buenas noticias

Dejados de la mano o de la fuerza del vientón huracanado que nos ataca, me dejo llevar por las teclas y por la realidad embajonante. Un compañero feliz en su mismidad me increpaba ayer por la ausencia de buenas noticias en mis feudos radiados. Y es que llevamos una racha de maldad inquinada que no se merece minutos pero que genera tal impacto que darle la espalda se vuelve harto complicado. Que si el paro mayúsculo, que si la violencia inaudita, los héroes reconvertibles en villanos, las espías indiscriminadas, las madres cuestionadas por una bofetada del momento, las cuchilladas traperas... Así escribimos los días por mucho que nuestro interés sea escapar de tanto despropósito.

Poco nos aleja de la corriente embrutecida. De las mentes fuera de sí. De la crueldad de los datos. De las palabras dardificadas. Bueno, sí. Absurdeces como la del alcalde mexicano que quiso prohibir los besos apasionados. O el conocimiento de los orgasmos creciditos de las ladies arrejuntadas con ricos, ricos. Sin olvidarme de lo pornográfico en sí mismo que resulta que a los Beckham les paguen 34 millones de euros por mostrar carne magra o de photoshop.

El panorama merece una escapada sin fin. Mi agenda no me lo permite hoy, ni mañana. Puede que pronto. Aunque nunca podré esconder mi dependencia casi enfermiza a una labor que, con altibajos, siempre me compensa. Como lo es la gratitud de quien valora el esfuerzo o una forma de ser sin imposturas. Por más que el globo se empeñe en afanarse a ellas.

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