domingo, julio 16, 2017

Crónica de un desconcierto



Anunciado como el gran reclamo de un descafeinado Año Jubilar Lebaniego, Enrique Iglesias tomó el pelo a las miles de personas que esperábamos un espectáculo decente. A estas alturas de su ‘trayectoria’, presumir calidad vocal al hijísimo del Hey! era delito, aunque finalmente lo resultó la sucesión de surrealismos que desplegó en el campo del Racing. Tardé mucho en decidirme a ir a tan fastuoso evento. Nunca he seguido su carrera, más allá de los hits machacones y aquellos inicios edulcorados. Dudaba mucho que su elección fuera la más acertada para encabezar un programa de incontestable (y necesario) atractivo. Las decisiones de nuestros mandamases en lo que a ‘Cultura’ se refiere, y  casi en términos generales, me resultan cuestionables. Al final, siempre caemos en provincianismos ridículos y éste me parecía uno más. Vendiendo la exclusividad de un show a nivel nacional y europeo, como si se tratara de un tanto para sacar pecho. A una semana vista compré mi pase a la sangría del auto-tune y el electro chirriante. Esperaba, al menos, un montaje de altura y un repertorio digno de estrella bien entendida. El miedo a la barbarie inhumana alertaba a la organización y era tema de corrillos, incluso de bromas macabras. Se anunciaron medidas de seguridad minuciosas, pero la realidad fue bastante menos aparatosa. Hace unos días en el Madrid más orgulloso los agentes y la organización demostraron más tino al respecto. Con cacheos y revisiones de pertenencias al detalle, nada de ejercicios de improvisación, que quedaron en un protocolo descafeinado. Que el perfume en spray de mi amiga fuera considerado arma de destrucción en potencia me resultó ridículo. A ella, un robo (el primero), pues acababa de llenar sus gotitas de fragancia. El caso es que cualquier desalmado hubiera podido colarse sin mucho ingenio. Quizá habría que replantearse cómo filtrar con garantías al público de un macro punto de encuentro. Vallar en zigzag kilométrico era insuficiente.

En esos momentos, Enrique estaría haciendo gárgaras para afinar su (no) voz. La pista/césped se convirtió en una suerte de plaza, sumando saludos y reencuentros fortuitos. Éramos una masa expectante, entretenida con un DJ muy ramplón, con el sonido sumamente bajo. No supo calentar la previa. En este punto ya podíamos suponer que, como público, los santanderinos somos exigentes y de primeras (y casi últimas) fríos. Quienes nos enfrentamos a la cosa pública, lo sabemos, y sufrimos ese hándicap. Nuestro carácter no tiene nada que ver con nuestras ganas de disfrutar, pero nos cuesta entregarnos al aplauso y el venirse arriba. No ayudó nada que el protagonista se presentara en el escenario con media hora de retraso. Que se anunciara a las 22:30 hs. ya parecía tarde para el horario habitual de estos ‘directos’. Quizá el jet lag o sus horarios intercontinentales condicionaban el arranque. Salió sin más, con poca potencia, subiendo la radio a medio tono. El mismo, o menos, que emplearía durante toda la noche. Un pantallón enorme presidía su montaje, con efectos nada impresionantes. Llamaba más la atención el universo de móviles a pleno rendimiento, viviendo la experiencia a través de las pantallas. Más activas que la propias de la realización. Pésima es poco. Apenas emitieron su seguimiento, con cortes a negro, cero profesionales. Mucha grúa y demás, pero cero reflejo en el desarrollo. Sus malas artes con el micrófono fueron una constante. Se lo quitaba sacando a relucir su base de playback. Cuando supuestamente ‘cantaba’, el efecto sintetizado era horrible. Sí, que sabíamos (o yo lo hacía) que no brilla por su instrumento, pero esperaba algo más de tino.


Son muchos años de carrera como para haber recibido unas clases y tener los recursos suficientes para hacer frente a su trabajo. Otros ídolos muy estelares con parecidas herramientas nulas saben rodearse. No me pareció su caso. De hecho, ni se tomó el tiempo para presentar a la banda. El inglés oshea o de extraña pronunciación también se merece un tema. Tanto que la gente no seguía las canciones. Bien por desconocimiento, que eso parecía con tanto silencio, o por incompatibilidad con su saber anglo. Digno de los cursos CCC. Se limitó, básicamente, a restregarse con las primeras filas, encantado del postureo. Para esas horas, Beato de Liébana no daría crédito, allá donde estuviera santificado. Los puristas o viejunos irredentos esperábamos temas como ‘Experiencia Religiosa’ o ‘Lluvia cae’, tarareada insistentemente, sin éxito. Pero el track list se limitó al filtrado por los medios. A excepción de ese cierre o bis inexistente. Porque la despedida fue como el mayor visto y no visto que pueda recordar. Sí, confeti y globos, pero también una desazón importante. Para cuando se encendieron aquellas luces y la gente, inmóvil, trataba de asimilar el desconcierto, Enrique ya se habría reunido con su hermana Tamara en las Dunas de Liencres (donde ella localizó el show, ¡qué grande!) o el spa del Hotel Real. Los gritos y pitidos de indignación sonaron más alto que todo él. Pasó tan rápido, pues cumplió con los 90 minutos propios del terreno de juego, que nos dejó muy vacíos. Hablo por mí y por otros tantos que se quedaron igual. Me alegro de quienes disfrutaran al máximo y hoy hasta se rían de los enriquecoléricos.

En mi opinión, Santander y Cantabria merecen una programación más digna y, de hecho, la hay, pero somos bastante injustos. Nos dejamos llevar por los brillos de estrella y no siempre apoyamos iniciativas o carteles que esconden oro puro. Personalmente, esperaba que la presencia de Isabel Preysler y Mario Vargas Llosa compensara un poco la broma, pero parece que el hijo de Aznar fue el cabeza de VIP’s. Sinceramente, me acuerdo mucho de Julio José, porque creo que es mucho mejor cantante. Igual su imagen piji-guay no le ha beneficiado, pero tiene más chicha musical. Enrique estaba feliz y colgó en sus redes un mensaje de gracias, aunque la opinión pública, de nuevo, cuestiona su ¿talento? Algo tendrá para mantenerse en el ‘candelabro’. Eso sí, veremos quién es el guapo que contrata al muchacho en este país de pandereta y héroes ridículos. Los ¿20.000? ¿24.000? ¿30.000? que estábamos allí dudo mucho que tuviéramos el valor para hacerlo. Yo, pese a todo, me quedo con las risas en buena compañía y que nos quiten lo ‘bailao’. O que nos devuelvan el dinero. 


2 comentarios:

Anónimo dijo...

boicot a sus temas en baretos, radios y demas sitios publicos y privados

Gema R. Quintana dijo...

Mejor contado, imposible