Ellas. Vosotras. Que sois más que un 8 de Marzo. Que sumáis luchas, silencios, espantos. También talento, personalidad, sueños. Sois todo, sin pedir nada a cambio. Al menos es mi experiencia. Sin duda, ¡os debo tanto! Muchas presentes, fuertes, capaces, constantes, fieles y determinantes en el latido que nos une. Otras ya lejanas, pero dueñas de un trozo de mi biografía. Nunca entendí mi vida sin vuestras miradas. Aprendí (y aprendo) de vuestro universo, de la verdad que envolvéis en ternura, en esencia pura. Elogié el valor que os definía y aplaudo el que aún hoy defendéis. Muchos se minimizan a vuestro paso, pero nunca fue mi caso. Crecí rodeado en femenino y con orgullo lo escribo, lo siento, lo comparto. El tiempo os ha hecho justicia, por méritos propios, pese a gigantes y estorbos. Derribando absurdeces, demostrando hasta lo innecesario. Aunque chirríe, el surrealismo os engrandece, porque no os dejáis vencer. Incluso subidas a tacones de infierno, siempre plenas de sentimiento y voluntad. Os cuentan en cuentos de princesas y reinos, pero no necesitáis el vestido ni la corona para brillar y conquistar. Yo trepé hasta vuestras torres para encontrar historias y escribirlas juntos. En momentos, eso me valió insultos y hubiera sido ridículo abandonar nuestros mundos. Porque en ellos me encontré y me ayudasteis a ser, con todas las letras. Las mismas que ahora junto, porque os merecéis mi homenaje, mi agradecer profundo.
miércoles, marzo 08, 2017
sábado, febrero 04, 2017
Mundo piruleta
Era pequeña. Chiquitita, decía su
madre, con una sonrisa infinita, cada vez que se refería a ella. Su respuesta
siempre se envolvía en una mirada entrañable, de buena persona. Así creció,
feliz en un mundo donde todo era m-a-r-a-v-i-l-l-o-s-o. Se empeñaba en decirlo
despacio, saboreando cada letra, porque, en el fondo, temía que cualquier día
ese estado de las cosas fuera un espejismo. No compartía con nadie esos
temores, sabía que la señalarían como una aguafiestas. A juzgar por la
felicidad de su gente, no dejaban hueco para el desánimo. Tampoco para los
miedos, pero ella tenía su cajita de la frustración, en silencio. No quería
abrirla, aunque más de una noche se sorprendió a sí misma levantando su tapa y
sintiendo, de golpe, todo eso que el resto parecía desconocer. Su curiosidad
terminó en pesadillas y la extrañeza de sus padres, de oído fino. Nunca habían
notado ese malestar, en sueños, de su niñita. De nada sirvieron sus
interrogatorios mañaneros, ella sabía que desaprobarían que llenara su cabeza
de malos pensamientos, de oscuridad. No había espacio para nada de eso, era un
tabú. En el colegio tampoco tenía a nadie con quien liberar sus fantasmas,
porque estaba más bien sola. Honestamente, del todo sola. En realidad, nadie
cultivaba relaciones más allá del aula, era todo muy frío e impersonal, pero
aparentemente feliz. Intachable, perfecto, ejemplar, repetían sus maestras.
Tanta m-a-r-a-v-i-l-l-a empezaba a generar su total rechazo.
Fantaseaba, sin
parar, con otro mundo, en el que quizá no encajaran todas las piezas, pero todo
resultara más auténtico. Entonces urdió todo un plan. Preparó una mochila, con
lo que consideraba necesario, algún cambio de ropa, su neceser de unicornios,
calzado cómodo y poco más. Buscó un autobús que la llevara lejos. Pensaba que
quizá unos cuantos kilómetros eran garantía de emociones. Encontró la línea
adecuada, tenía dinero suficiente para el billete, pues apenas gastaba su paga
semanal y había ahorrado en su hucha de emoticono sonriente. No tuvo que
romperla, con cuidado, desfondó sus propios fondos e hizo recuento del botín. Era
más que suficiente. De noche, sigilosa, pudo escaparse y caminar hasta la
estación. En ese momento, se sentía ya liberada, aunque prudente, pues
cualquiera del mundo de color de rosa podía entender que era inadecuado que estuviera
sola a esas horas de la noche. A mitad de camino, más o menos, oyó unos ruidos
que la asustaron.
De repente, de entre unas cajas, salió un chico. Era más alto
que ella, lo cual tampoco era difícil, llevaba una gorra y una mochila a la
espalda. Como ella. Él intentó acercarse, pero ella aligeró el paso. El muchacho
y sus piernas largas la alcanzaron, sin problema. Parecía inofensivo, así que
ella se detuvo. Fue como si el tiempo se detuviera también. Ambos sonrieron y
él rompió el hielo. Buscaba la estación de autobuses y ella le comentó que iba
para allá. Entonces él, espontáneo, preguntó si podía acompañarla. Ella no
contestó, siguió andando. Sabía que tenía un nuevo cómplice. ¿Puedo saber dónde
vas?, preguntó el chico. Lejos de aquí. Respondió, directa. Ya somos dos, dijo
él. En el plan de la chiquitita huidiza no entraba tener que dar explicaciones
a nadie, pero mucho menos encontrar a la horma de su zapato, en versión chico.
Ella no decía nada, su padre la había enseñado a desconfiar de todos los
muchachos y sus intenciones. Según él, no necesitaba a nadie más en la vida que
a él y a su madre. Pero no podía evitar mirar, de reojo, y sentir que era alguien
especial. Y guapo. No tardarían en llegar al destino. Ella sabía qué ruta era
su pasaporte de despedida, pero él no pareció tenerlo tan claro. Si no te
molesta, voy a copiarte, dijo. La joven pensó, por un momento, que era una
clase de guardaespaldas contratado por sus padres, en caso de espantada. Por un
lado, aquello era un fastidio, por otro, un juego divertido.
Llegó el momento de
subir al bus, sin mayor incidencia. Ella miraba a cada lado, como buscando la
cámara oculta o a cualquier mayor impidiendo su fechoría. Se sentó tan rápido
como pudo en las primeras filas. Él accedió después, la miró sonriente y siguió
hasta los asientos traseros. Se sentía tonta, pero incluso con esa distancia
mínima, le echaba de menos. Había sido curioso que sus caminos se cruzaran,
supuestamente con el mismo objetivo. Así que cogió su mochila y fue a su
encuentro. ¿Por qué haces esto?, preguntó. Supongo que por lo mismo que tú, no
soporto más este mundo piruleta. No podía haberlo expresado mejor. Estaba
claro, les unía la necesidad de dejar atrás su incomprensible realidad, tan
edulcorada y maquillada, que les impedía crecer. A ella en altura también la
iría bien, pues se imaginó, por un momento, besando a ese Romeo imprevisto. Y
se parecía ridícula, tan pequeña a su lado. Quizá el tiempo la haría entender
que eso no importa, pero no, porque entonces se despertó bañada en agua, por su
padre. No reaccionabas, perdona, estabas como ida. Lo estaba, hasta entonces.
sábado, diciembre 31, 2016
¡2017, estás hecho un chaval!
Porque los años son como las personas... Espero que el 17 no se comporte como un adolescente insoportable, desubicado y gritón. Ojalá encuentre una inquietud, una meta por la que luchar. Y cómplices en el camino que sumen. El resto... que sea un mal sueño.
¡Feliz tránsito hasta la mayoría de edad!
¡Feliz tránsito hasta la mayoría de edad!
sábado, diciembre 24, 2016
¡Feliz Mirada Propia!
Nunca entendí que la felicidad
fuera por barrios ni fechas en los calendarios. Sonriamos a la vida y esperemos
que sea justa, sincera, auténtica. Con mis mejores deseos… ¡Feliz Navidad!
miércoles, noviembre 30, 2016
En pocas palabras
Más que preso, habitante de silencios. Porque cuando no decir nada es la mejor opción, más vale aguardar a que las cosas cambien. Que lo hagan es un misterio. Que sería necesario, totalmente. Y es que la realidad no es simpática y el recurso al emoticono de la sonrisa es la mejor metáfora. Será el contexto, será un pretexto, pero es mi será, será.
domingo, octubre 30, 2016
De verdad
Hace tiempo que asumí que soy
diferente, por muchas cosas. Algunas más públicas, otras menos. El caso es que
yo sé que no soy uno más y no tengo reparo en dignificar mi autenticidad. Es
más, creo que muchos de mis valores diferenciales son un potencial personal y
profesional. Intento explotarlos, no siempre con éxito, pero no me escondo de
mi esencia particular. Hoy quiero reflexionar sobre todo lo contrario, la manía
que se está generalizando de imponer la repetición, la copia descarada de
modelos de vida, de expresiones, de forma de vestir, incluso de sentir o
pensar. Me apena que haya esa cadencia a la limitación e imitación, porque lo
bonito es dejar paso a las variables infinitas, al juego de la vida. Pues no,
mucha gente se empeña en convertirse en un estereotipo andante, que viraliza su
realidad en las redes, intuyo que como harán sus ejemplos. En lo que a mí
respecta, no quiero rodearme de clones de la celebrity de turno, de
librepensadores calcados a cualquier tertuliano gritón, de muchachos con barba
de largura indeterminada y hechuras hipsterianas, de adolescentes que olvidan
que el piel con piel supera a cualquier pantalla, cuando no quieren ser de
profesión tronista o pretendiente/a... Son tantas las construcciones calcadas,
cual rebaño ovejíl, que llenaría párrafos, vomitando mi incredulidad.
Históricamente, los movimientos colectivos han tenido un peso fundamental en
muchos momentos clave, pero lo que ocurre hoy en día es una total degeneración
de ese concepto para imponer la serialización del yo, dejando de lado el
sentido de la identidad personal.
Muchos comportamientos y
manifestaciones de esos cromos repetidos se convierten en un auténtico peligro.
Yo diría que, muchas ocasiones, en la base del acoso escolar o la homofobia
están, de fondo, pensamientos de grupo tóxico, que explota en ejercicios de
incontrolada violencia. Un líder inocula odios varios y los secuaces los
incorporan como propios, con resultados nefastos. Actualmente, las noticias se
llenan de historias trágicas, protagonizadas por muchos de estos absurdos en
serie. Sus focos de rechazo y su diana particular son, precisamente, personas
diferentes, por uno u otro motivo. La incomprensión con los otros es un drama.
¿Acaso alguien tiene que renunciar a ser como es por miedo al qué dirán o el
acaso me pegarán? No. Igual es llevar a máximos mi reflexión, pero defenderé
siempre el reivindicarse sin dobleces. O lo que es lo mismo, ser de verdad.
Últimamente
se habla mucho de lograr la mejor versión de uno mismo, bla, bla, bla, como si
fuera una meta por alcanzar o un reto crucial. Menos cuentos, la mejor versión
no existe como tal, porque la llevamos incorporada en todo momento. No hay que
ir en su búsqueda. No es un santo grial. Nada ni nadie debe condicionar nuestra
personalidad genuina. Sumar, perfecto, pero sin olvidar ni dejar de reivindicar
que todos somos de pata negra.
«Sé tú mism@ y serás
únic@».
viernes, septiembre 30, 2016
Barrio
Siempre creí en los contextos. De hecho, creo que me
persiguen desde pequeño. Para bien y para mal, no siempre en equilibrio
perfecto. Pero, sin duda, ha sido el criarme en un barrio de periferia, gente
obrera, drogas y desvaríos varios siempre imprime carácter. Que mi colegio
estuviera en el centro de la ciudad y que mis modos tuvieran poco que ver con
la mayoría de vecinos que podía contemplar desde mi visión bajita, me hizo
crear un total desapego a mis orígenes. Una distancia que he mantenido con el
paso de los años, asistiendo incrédulo a muchas de las escenas cotidianas que
se suceden en los bloques de viviendas de ladrillo caravista. Con el bar y el ultramarinos como
epicentros de la vida en comunidad, fue llegar la droguería y sus novedades en
ropa interior y crearse una burbuja consumidora. Mi madre tuvo antes su pequeño negocio tal cual, pero aquella aventura emprendedora no duró mucho. Era un chavalín cuando jugaba
en casa a ser Amancio Ortega, con tiendas, colecciones y escaparates propios,
entonces tuve oportunidad de convertirme en asistente de dependiente de la tienda
referencia de la barriada. Con nombre de mujer, tan rotundo y simbólico como
ella misma. Hoy propiedad de asiáticos nonstop. Allí me entregué al kilo y medio, a las bolsas llenas y los
corazones vacíos. Y es que la clientela no se cortaba en contar sus penas,
hacer terapia o, directamente, criticar a cualquier otra, con tal de
desahogarse. Yo me lo pasaba pipa, la verdad. Lo que más gracia me hacía es que las marus, más marus, dicho y escrito con todo el cariño,
aparecieran en camisón, pijama, bata, cuando no albornoz, y pantunflas. Era un
catálogo del desaparecido Sepu en carnes vivas. Defendían el look con
profusión, sin ningún tipo de pudor. Admirable actitud, que reconozco nunca llegué
a entender del todo. Estaba bien que sintieran (y sientan) el barrio como un ente que poseían y en
el que podían hacer y deshacer, pero a mis ojos aquella imagen de legaña y cama
no pegaba en la cola de la fruta o la carne.
Mi barrio no ha cambiado mucho desde aquella tierna
infancia. Ahora puedo pasear por él o encontrarme en alguno de sus rincones y
retrotraerme a la puerta de la catequesis, a la plazoleta donde jugaba con mis
primos, a la tienda de chuches, ya desaparecida, donde me compraba muchos ‘flashes’,
especialmente de limón. ¡Qué ricos! Y el vecindario ha llorado unas cuantas
pérdidas y celebrado bodas, muchas, sin páginas en el ¡Hola! Como la que todos contemplamos hace días desde los
balcones. No puede evitarlo, impulsado por una fuerza suprema, lo dejé todo y me convertí en
espectador ansioso de la salida de la novia de su casa 'de toda la vida'. Los
balcones estaban llenos de miradas cómplices, una música insólita salía, en bucle, de un radiocasete
y los vítores se sucedían. Que si el padre, que si la madre… y por fin ella, la
protagonista, vestida con sus mejores galas y crecida en el lugar que la vio
ser ella misma, esta vez en su mejor versión. Era curioso formar parte de ese
ceremonial, cotilla y entrañable, por partes iguales. Y es que al final eso es
lo bueno de los barrios, empatizarás o no con la gente que los habitan, pero
hay algo que os equipara, que os hace miembros de una fuerza de nombre propio.
He de reconocer que cuando viví en otros lugares, en diferentes épocas, caí
irremediablemente en barrios, pero ninguno tan genuino como el mío.
Cuestionable, absurdo, marginal, pero auténtico. Mío, al fin y al barrio.
miércoles, agosto 31, 2016
Vacaciones
Hay necesidades que no se expresan con palabras, que se
acumulan hasta hacer peso y entonces se convierten en una carga insoportable. Eso
mismo fue lo que me ocurrió a mí con las vacaciones. Había olvidado la última
vez en que hiciera, de verdad, las maletas para escenificar una ida con fecha
de vuelta y un paréntesis de los reales. Motivos laborales, cuando no
personales, impidieron este tiempo atrás la huida, tan común, hacia territorios
de felicidad de postal. Nunca me instalé en la queja, ni en la comparación
dramática, es más, mi adicción total al trabajo me ancló irremediablemente a
esta ausencia. Este año, superado por la realidad, me debía la desconexión.
Barajé opciones y, pese al escaso entusiasmo inicial, me decanté por descubrir
el Sur. Un plan de amigos y todo el tiempo del mundo eran la excusa perfecta
para asegurarme una aventura inolvidable. Y así ha sido. Un contexto tan
explotado como surrealista ha sido el refugio para una suma de días en los que
nos movimos entre dramas y comedias, parafraseando a Fangoria. Vivimos
situaciones inverosímiles y hasta de película de miedo con muertes (de un
perro), sangres, gritos y violencia, que temimos dieran al traste con nuestra
huida hacia/de ‘el Levante’. Tantas horas robadas al sueño en un autobús por
carreteras secundarias hubieran sido una auténtica pérdida.
La mayor parte del tiempo estuvo dedicada a un rincón que
nunca fue de mi especial simpatía y ponía en riesgo mi satisfacción vacacional:
la playa. De pequeño me recuerdo jugando en los arenales cántabros; superando,
incluso, un episodio de arenas movedizas, con ‘miniyo’ absorbido sin remedio,
pero con los años cogí manía al ejercicio de tostarse al Sol y pasar jornadas
de veraneo con sombrilla, cremita y nevera fresquita. Ha sido justo lo que
hemos hecho, entendiendo, a la perfección, las necesidades del grupo. Aún así,
no he sufrido tanto (como Geno) y me he dedicado a construir, imaginariamente,
vidas ajenas, cuando no a criticar sin piedad, lo reconozco. Y es que los
estilismos han dejado mucho que desear, especialmente los de ellos, entregados
al ‘vicevercismo’ de cortura absurda y músculo apretado. Sin duda, mi parte
favorita ha sido realizar entrevistas en profundidad. Desde los taxistas a los
relaciones públicas de los ‘garitos’ de noche, con los que llegué a entablar
una cercanía insólita. De repente, en unos pocos días construyes unas rutinas,
unos cómplices que se antojan tu vida, olvidando (casi) los orígenes para
entregarte, por completo, al hogar ocasional. Hasta llegamos a conocer a una
prestigiosa bloggera, de las que suman sin restar, sonríen sin photocall y
demuestran que hay esperanza y contenido en el mundo de la moda.
Las vicisitudes de apartamento para cuatro, primero, seis,
después, dan para novela. El resumen es que hay que tener mucho cuidado con las
alemanas que homenajean a Massiel y se olvidan de los inquilinos de ocasión.
Duchas frías, fugas, desinformación, qué poca precisión en las formas y cuán
rentables salen estas casas de habitantes fugaces. Menos mal que nos lo tomamos
todo con una guasa importante, que nos dimos a los ritmos, los selfies y los
consejos healthies. Y es que los días de vacación son para eso, para escuchar
una canción tontuna, que se pega como los bañadores de lycra y para comentar
con el grupo las bellezas al agua. Las risas sientan tan bien como los colores
flúor y los atardeceres son el mejor reflejo del alma, que necesitaba contenido
nuevo. Y de cierre, una visita en ruta con una compañera de vida, que hace
tiempo optó por establecerse en la distancia sureña, siguiendo el puerto de su
amor. Mi conclusión principal es que no me ha impresionado ni enamorado el
destino, quizá sea por mi rancismo de manual, pero esa necesidad que esperaba
su momento no podía encontrar mejor ejercicio de hechos y protagonistas.
Gracias a mis cómplices, que me dieron tanto y a este Norte, que desde la
distancia me demostraba su importancia vital en mi construcción como ser. Un
ser(gio) que siente y se siente ahora con fuerzas y energías para afrontar un
otoño que espero sea agitado y revelador. Prometo contarlo.
miércoles, julio 13, 2016
Uno
Ponerse frente a las palabras no
siempre es fácil. Ocurre también con las personas, especialmente las que te
importan. Esas que causan en ti fenómenos difíciles de describir en lo literal,
pero capaces de darte la vuelta en un nanosegundo. La vida me impuso una nueva
ausencia, de difícil digestión, pero el pisado, pisado. Y aquí estoy,
practicando el carpe diem y luchando por muchos proyectos ilusionantes y
conseguir olvidar. Solo así seré yo, en mi mejor versión, esa que he ido
bocetando, con la ayuda de tantos cómplices, que en el tiempo me han enseñado
que en esta vida estamos solos, pero eso no implica más que nuestra soledad es
nuestra fortaleza. Luego vienen los guerreros que se suman a las batallas y las
mejores verbenas de sociedad. Pero el yo gana y tiene que estar fuerte, en su
sitio y comprendiendo que no será fácil, pero el reto lo hace más divertido.
Por una vez, que recuerde, tengo fuerzas y ganas para afrontar esta afrenta de
lo real, con madurez y sentidos. Quizá el oído un poco tocado, porque aún sigo
bastante teniente, pero me veo con armadura suficiente para saltar a la arena y
hacerme grande frente a los leones. Mi versión gladiador no renuncia a los
sentimientos ni a esa sensibilidad, marca de la casa, porque mi ángel de la
guarda me enseñó la gran lección con esas herramientas “sé tú mismo y serás único”.
En el camino conocí historias que no
deben ni pueden ser contadas, pero que demuestran que lo que celebramos mañana
puede haberse convertido en nuestra peor pesadilla. Cordura, amigos. Conciencia
del ser y de todos, como colectivos. Seguimos en pleno panorama deplorable, con
mandamases de chiste y algunos titulares que ni las mejores pinzas pueden
sujetar. Así que concentremos fuerzas en ese yo que paseamos, muchas veces
errante, silencioso o en horas bajas. Necesitamos energía y una sonrisa enorme,
aunque en mi caso no me salga frente al espejo, ni en las malditas autofotos de
moda. Buscaré profesionales que me den técnicas de risas y desconexión, la
mejor vitamina que puede existir. Yo quiero un cese temporal de la convivencia
con el ordenador, porque esta relación me gana y aquí sólo puedo quedar uno.
¡Hagan sus apuestas!
sábado, junio 04, 2016
domingo, mayo 01, 2016
Ocho letras, una madre
Se me antoja imposible ser tú.
Dicen que tengo muchos rasgos de tu carácter, que reproduzco algunas de tus
manías o esos pequeños gestos que me delatan tuyo. Es normal que te sienta
perfecta, que te haya idealizado y, conforme pasan los años, dé más valor a
cada una de tus grandezas. Pero creo que si te viera desde fuera, en una
burbuja de observador imparcial, compartiría el dictamen. Tu máximo común
denominador es ser una buena persona, generosa, cercana, desprendida, sin
dobleces. Tu entrega a tu nido es admirable, siempre te las ingenias para
relegarte y poner al resto en la cima de tus preocupaciones. Te llevarán los
demonios de dolor o tendrás un mal día, pero te refugias en los silencios para
no perder nunca tu sinfonía del dar. Muchas veces pienso en el miedo que tuvo
que suponer el saber que llegaba para quedarme y habitar por siempre tu
corazón. Compartido en régimen de felicidad y lo sabes. Superaste esa sensación
de vértigo y situaciones de película para no dormir, siempre volcada en
conjugar el querer. Pesara a quien pesara. Con los años no te lo puse fácil e
imagino el vuelco en las tripas al recibir una de las peores llamadas de tu
vida. ¿Por qué? Quizá el destino quiso mandarnos un mensaje que aún estamos
intentando descifrar. Entonces volviste a demostrar ese coraje, una fuerza más
allá de lo terrenal. En el peor contexto, cuando mi reloj humano se paró en
seco, sacaste el poderío y esa mirada que brotaba todo el amor. Gracias. Fue y
será siempre mi mejor medicina. Bendita dosis tú.
Sabes que odio las analíticas,
los pasillos de hospital y ese olor que traspasa los poros de la piel con
desazón, pero a tu lado la pesadilla se hacía menos. Cómo voy a pensar en que
algún día pudiera despertar y que no estuvieras ahí para ser cómplice. Mi
cómplice. Me niego a perderte, por mucho que me pidas el luchar como legado. No
quiero, no tengo tu valentía. Estremezco solo con imaginar ese escenario de
ausencia. Sin tus consejos, sin esa capacidad de levantarme sin
grandilocuencias, me sentiría perdido. Cuando te he tenido lejos ya he sentido
esa fragilidad. Habrá quien piense que soy víctima de inmadurez,
incorregiblemente al calor de tu ala. Puede ser, pero nunca por ti, porque
siempre me has dado luz verde al crecer, vivir y equivocarme. Incluso en las
decisiones más controvertidas has respaldado mis ejercicios del yo. Ese libre
albedrío que se apodera de mí cada cierto tiempo entiendo que no es del todo
justo. Aunque en cada ocasión has demostrado estar, acompañar y alentar,
incluso, por mucho que todas las incógnitas habitaran tu estómago. Eso sí,
siempre en la duermevela y la precaución de instinto profundo. Como cada vez
que el mínimo dolor me agitaba y corría en la noche, en la oscuridad, a
llamarte al auxilio. Y respondías preocupada y dejabas los sueños por soñar
despierta, ejerciendo tu mejor versión. Admiración es poco, gratitud igual.
Te lo debo todo y cualquier
momento o folio en blanco es bueno para recordarlo y devolverte en palabras
mínimamente tu entrega. Dudo que la vida me ponga por delante la oportunidad de
reproducir tu ejemplo y escenificar la mejor herencia personal que pueda
imaginar. Si fuera así, qué responsabilidad, un reto cortado a tu medida.
Supongo que brotarían mecanismos espontáneos y construidos por ti desde lo
cotidiano. Desde la cuna a mis adulteces del todo inestables. En el fondo y con
tu coreografía de emociones, la esencia no me ha abandonado, porque tú no te
has dado el mínimo respiro. Ojalá, querida, pueda estar a tu altura y cuidarte,
entenderte y sostenerte cada día con su noche. Te quiero, mamá, y serán las ocho
letras que jamás me cansaré en dedicarte, gritando o desde el silencio. Con
nuestro lenguaje intransferible. Feliz día. Feliz vida.
sábado, abril 23, 2016
Líbrame para bien
Más que un cariño físico a los
libros, se lo guardo a las historias. A lo que me dieron, ese instinto de
contar, de curiosear, de poner palabras a momentos, contextos y personas,
cuando no personajes. Un día como hoy es la exaltación perfecta de un hecho
intimista de perderse y encontrarse entre páginas. Algunas narradas, en esa
tradición oral que desde bien pequeño me contagió de la necesidad de imaginar,
soñar y preguntarme sin parar. Tampoco olvido esos primeros relatos de colegio,
anécdotas sobre lugares comunes, concursos de poesía y demás ejercicios del
crear. Soy firme defensor de que hay que darle al lápiz, el boli o la tecla,
incluso de forma indiscriminada. Porque de entre muchos, siempre saldrán unos
pocos que valgan la pena. Era un loco bajito que tenía clara ese latiguillo
recurrente de los adultos, el ‘qué
quieres ser de mayor’. El Periodismo, las Historias y lo Audiovisual me
atraparon sin remedio. Escribía mis revistas, emulaba a los rostros de la tele,
jugaba a protagonizar firmas de libros. Mi Sant
Jordi particular lo montaba en la minúscula terraza del salón familiar, con
aquellas rosas que se hacían en papel o tiras de telas de colores. Prometía.
Volvería, sin dudarlo, al brillo de mis ojos. Pasaron los años y los instintos
se convirtieron en realidades. No perdí el tiempo y me lancé a ejercer de
contador lo antes que pude. La prensa local podrá estar denostada, pero tiene a
grandes profesionales que demuestran que de la nada se construye un todo muy
digno. Tuve maestros que me enseñaron a mirar con criterio y rápidamente
encontré mi voz. O eso creo. Siempre con personalidad, disfruté mucho de
reportajear realidades costumbristas, testimonios surrealistas o instantes
desiguales. No importaba, tomaba notas y rellenaba libretas ilegibles. Pero tan
mías, que volver a ellas me resulta emocionante.
Luego me presenté a concursos,
sin mucho éxito, aunque eso nunca me importó. El mero hecho de plasmar mis
fantasías o esos adentros sin verbalizar valió mucho la pena. Para entonces ya
me había entregado, por completo, al universo blog. Una pantalla, tantas ideas brotando, perfectos desconocidos
leyéndote al otro lado, interactuando y tus conocidos entrando sin llamar a esas
reflexiones tan personales. Vale, no llenaba capítulos de un fenómeno
editorial, pero cada post se convertía en una auténtica declaración de
intenciones, en una suerte de desnudez emocional, una terapia sin diván, sólo
con vocales y consonantes. Han pasado años desde entonces, en su momento en el
periódico, después con la fuerza de lo online,
pero siempre, siempre preso del poder de cada palabra. Entregado a su
potencial, a su magia y capacidad de hacerme sentir útil. Con mi estilo
enrevesado, de metáforas, enumeraciones y términos por inventar. Un escribir
particular, que no necesita vecindario. Me basta con mi hipoteca de construcciones
verbales, títulos hiperbólicos y recursos a lo supino. El culmen a todo esto
fue retarme a armar una novela, un ejercicio complejo y desgarrador, a mi
entender. Pues soy de los que conciben la escritura como una plasmación de
vivencias. Mi imaginación puede ser infinita, pero creo más en lo descarnado
que transmite verdad.
Fue así como surgió ‘Soy:
Historia de una Vida en Tránsito’, esa novela de la que siempre hablo, pero
que parece enterré. Ni mucho menos, espera su momento. Y lo tendrá. Quizá el
momento no me acompañe y tampoco quiero tirarme a la majarada de autopublicar,
sin garantías o la conciencia de mover mi vástago literal. Confío mucho en
ella, porque es una suma de personajes muy reconocibles, con el amor como eje
vertebrador. Un viaje espacio-temporal, a través de quereres no siempre bien
resueltos. Y el duelo de un protagonista que sufre un bloqueo emocional, del
que tampoco le ayudan a salir. Comencé párrafos en el momento más oscuro de mi
biografía y el tiempo se convirtió en aliado para narrar ese viaje del héroe,
con una capa demasiado pesada. Mi mayor satisfacción fue saber que algunos
lectores, a modo de experimento, bucearon en los adjetivos que articulan mi
pequeña criatura. No tengo prisa por llenar estanterías, ocupar espacio en ebooks o regalar citas absurdas de mis
personajes. Cumplí mi cometido, me entregué al tecleo y la satisfacción no
necesita número de ISBN. Otras historias me piden paso, con las mujeres que
tanto me dan como protagonistas y esa capacidad única de sobreponerse a todo.
Espero estar a la altura y algún día celebrar este día releyendo pasajes de mis
libros, que me harán más libre, afortunado y feliz. Nos leemos.
jueves, marzo 31, 2016
El otro Santander
Aunque quede mal, soy de los
forofos de su ciudad. Santander me encanta. Creo que es una ciudad única, con
rincones mágicos, ciertas debilidades, especialmente en lo social, pero mucho
potencial. Por eso me da mucha rabia que haya gente que se queje amargamente de
que aquí no pasa nada, no hay nada que hacer, que esto es un rollo, que nadie
propone… Están muy equivocados y se lo argumentaré. Puede que mi profesión me
tenga conectado a muchas de las cosas que ocurren, a las personas que emprenden
o hacen posibles interesantes proyectos. Pero, como todo en la vida, el interés
que uno ponga es clave a la hora de gestionar su agenda. Prácticamente todos los
días son varios los actos culturales que se suceden en nuestra ‘tierruca’,
capital y resto de grandes poblaciones. Cuando no son actos institucionales lo
son privados, pero siempre pasa algo relacionado con el arte, la poesía,
mayoritariamente la música, etc. Y en diferentes estilos, formatos y
propuestas. ¡Qué decir del teatro! Muchos viajan fuera y se maravillan del
irreverente microteatro, inconscientes de que en su casa tienen una variada oferta,
con gente que desborda talento. Aquí debo mostrar mi cariño por Rosa Casuso,
que consigue atrapar interpretativamente con sus alumnos en las distancias
cortas. Sin olvidar las grandes programaciones, especialmente la del Palacio de
Festivales. Por el león invertido y surrealista pasan cada año grandes nombres
de la escena o el séptimo arte. En nada estará, otra vez, mi adorada Concha
Velasco. Semanas atrás pude ver desde un musical irreverente como ‘El Cabaret
de los Hombres Perdidos’ o una obra dura y reflexiva, como el ‘Pequeño Pony’.
Compré las entradas en Internet, a un precio muy razonable, e hice el mismo
recorrido que en Madrid pasa por la Gran Vía, solo que nosotros tenemos como
cómplice nuestra Bahía. De postal, silenciosa y cargada de historias.
Hay que
estar un poco pendiente de las agendas digitales o en papel que nos recuerdan
que este otro Santander es posible. Que nuestras calles tienen interesantes
espacios, en los que, antes o después, alguien con mucho que contar se
sorprende cuando llena. ¡Es tan raro que aquí nos movilicemos! Por no hablar la
cantidad de negocios de hostelería que se están reciclando constantemente,
apostando por innovar, en cartas y decoraciones. De todos es bien conocido mi recurrente Agua de Valencia, en Perines. Si te lo propones, no hay que gastar mucho para
comer o cenar en buena compañía y en un sitio perfecto para enseñar en
Instagram. ¡Viva el postureo! Si quieres y buscas, encuentras. Esto no es el
como el amor, aquí hay mayor probabilidad de éxito. Otro foco de alegrías y
descubrimientos son los mercados vintages, artesanos, creativos, inquietos que
se suceden a lo largo de la región, siempre en fin de semana. Son la
oportunidad perfecta para dejarse conquistar por las pequeñas grandes cosas,
diseños o bocados. Bien conocida es mi cercanía con el Escenario Market, en
cuyo escenario he hecho de las mías, pero siempre que puedo me escapo al
StarMarketSantander, con mi querida Irene Cote y su chico como
anfitriones. Y qué decir de la naturaleza, la riqueza que a lo largo de toda
Cantabria tenemos y no damos apenas valor. Una ruta, paseo o picnic se
convierte en toda una experiencia, totalmente lowcost. Lo hacen las celebrities
y parecen lo más, pero muchos olvidan la cantidad de experiencias que tenemos a
nuestro alrededor y que esperan su momento. Así que menos quietismo y quejas
vacías de contenido. Más valorar lo nuestro y pensar que el que se aburre es
porque quiere. Menos aplicaciones de móvil para ligar y más realidad, amigos y
contextos para subir al Facebook. ¡Viva Santander!
jueves, marzo 17, 2016
Terrorismo de lo cotidiano
Una semana de fiebre y
aislamiento sólo ha servido para que llegue a la conclusión de que tengo que
empezar a lanzar ‘bombas’. Tal cual. Dejarme de remilgos e historias y empezar
a soltar por esta boquita muchos pensamientos y opiniones, que históricamente
me he callado por prudencia. Estoy harto del buenismo, el buenrollismo
y todos esos –ismos que poco ayudan,
sino todo lo contrario. A lo tonto hemos construido un mundo absurdo, de
contrastes imposibles y gentes más imposibles aún. Así que mi propósito es no
contribuir más a esas vergonzantes realidades, algunas de las cuales sufro por
mi total nulidad. Pierdo la personalidad cuando más la necesito, esto es así.
Aspiro a levantar muros y barrer tanta basurilla, porque la vida está para
gastarla, no para desperdiciarla a base de tonterías. Sé que es común que me
venga arriba, me prometa mucho y después siga con mis insufribles, pero es que
estoy tan harto. No veo un mañana. Me veo incapaz de alargar algunas
situaciones, de tolerar ciertos discursos, aguantar determinadas miradas ajenas
y otros tantos ceros a la izquierda.
Cada uno debemos responsabilizarnos del buen vivir, sea cual sea la definición personal. Sabemos nuestros límites, pero sumamos demasiado escombro. No estoy dispuesto a ser el muro de contención de la obra, porque mucha gente te regala un ladrillo envenenado y se cree con la capacidad de cargarte un saco entero. Que lo repartan por ahí y a mí me dejen en paz, que bastante tengo ya con lo que tengo. Las circunstancias me tienen demasiado desorientado, incapaz de decidir cómo orientar energías. Desde bien joven he dado tanto y a mí mismo me he dejado por abandonado por el camino. Y no me da la gana contribuir más a esta ceremonia de la confusión. A este estar sin estar. Al desconocimiento total de mi persona, al anhelo de las ilusiones robadas, de los sueños que se mojaron sobre el papel. Con las teclas se me amontonan las ideas y eso que ganan los silencios. Si algo espero de este año tan vacío es salir reforzado hacia mi propio encuentro. Habrán valido la pena entonces tantos desvelos, lágrimas sin cómplices o ese dolor indescriptible que genera la rabia. Si hay algo que quiero es ser yo, libre y con una vida como los demás. Se acabaron las concesiones, bienvenido(s) al terrorismo de lo cotidiano.
Cada uno debemos responsabilizarnos del buen vivir, sea cual sea la definición personal. Sabemos nuestros límites, pero sumamos demasiado escombro. No estoy dispuesto a ser el muro de contención de la obra, porque mucha gente te regala un ladrillo envenenado y se cree con la capacidad de cargarte un saco entero. Que lo repartan por ahí y a mí me dejen en paz, que bastante tengo ya con lo que tengo. Las circunstancias me tienen demasiado desorientado, incapaz de decidir cómo orientar energías. Desde bien joven he dado tanto y a mí mismo me he dejado por abandonado por el camino. Y no me da la gana contribuir más a esta ceremonia de la confusión. A este estar sin estar. Al desconocimiento total de mi persona, al anhelo de las ilusiones robadas, de los sueños que se mojaron sobre el papel. Con las teclas se me amontonan las ideas y eso que ganan los silencios. Si algo espero de este año tan vacío es salir reforzado hacia mi propio encuentro. Habrán valido la pena entonces tantos desvelos, lágrimas sin cómplices o ese dolor indescriptible que genera la rabia. Si hay algo que quiero es ser yo, libre y con una vida como los demás. Se acabaron las concesiones, bienvenido(s) al terrorismo de lo cotidiano.
lunes, febrero 29, 2016
Desgobernados
Era un niño cuando veía a Jesús
Gil en un jacuzzi, de lo más surrealista, rodeado de mujeres florero, cuando no
presumiendo de su caballo Imperioso. Decía que era político y tenía mucho
poder. Demasiado. Lo que entonces parecía una majarada, un absurdo sin sentido,
hoy se ha convertido en la definición mayoritaria de la clase gobernante. La
escenificación será diferente, en un plató de palmeros, dándole a una tuerca de
dudoso engrase, en un sofá junto a un folclórico de la ranchera… Efectivamente,
el contexto cambia, pero el fondo, denunciable e indignante, permanece. Hace
tiempo concluí que la clase dirigente era de dudosa confianza. Conociendo a
algunos en las distancias cortas lo pude confirmar. Salvo honrosas excepciones,
qué ego, que tontería subida, qué poco contenido… ¿Y son ell@s quienes nos representan?
Mal vamos. Los casos de corrupción se suceden y estoy seguro que sabemos una milésima
parte del todo. No podríamos asumir el estercolero de despachos, sobres,
cheques, trajes, regalos, cenas… Por no hablar de los enchufes. Si hubieran
llamado al gremio de la electricidad para conectar correctamente los fusibles
que tantas veces manipulan, sería la categoría profesional más económicamente
activa.
Es una vergüenza, en estos momentos asistimos a un país ingobernable,
donde el tira y afloja puede más que el bienestar ciudadano. No hay capacidad
real de pactar, porque sus intereses están muy por encima de las gentes que
cada mañana se levanta a poner las calles, se esfuerza en sacar adelante a los
suyos. Ellos, cuando no tienen sueldos vitalicios, se las ingenian para ‘colocarse’
en hiperbólicos consejos de administración. Tengo claro que necesitamos unos
mandamases capaces, de ahí que mi utopía sería apostar por gestores
acreditados, que pasen cribas estrictas y sean avalados por su experiencia. Esa
que llena los CV de verdad, no a base de humo vacío. Reconozco que tenemos gran
culpa de lo que ocurre, que hemos dejado manga ancha a unos y otros. El
panorama, al menos, incluye hoy partidos nuevos, pero más pronto que tarde se
contagian de muchas necedades de los viejos. Somos los ciudadanos los que
debemos alzar, sin dudarlo, la voz. Tomar las calles y llenar las urnas.
Exigir, demandar y proponer los cambios reales, que tanto necesitamos. Lanzar,
sin más, la queja al aire, no sirve de nada. Accionemos nuestra verdad, para
sacar a relucir tantas mentiras que son imperdonables. Subvenciones para
quienes están sufriendo, no para estos encantados de conocerse. No es justo.
domingo, febrero 14, 2016
Amor.0
Un 14 de Febrero sin teorías del
amor es como un lunes sin sueño. Y claro esto va de dueños emocionales, del
quererse, entregarse y esas cosas. Un ejercicio de generosidad, que bien
formulado, y con la mejor parte contratante, puede convertirse en una aventura
infinita y maravillosa. No es ninguna novedad que solemos concurrir en errores,
repetimos roles fatales y ansias poco afortunadas. Así es como nos arrastramos
por culpa de los fracasos, de esos exes de facturas trágicas (numéricas o no).
Cicatrices, arrugas y golpes, en los casos más fatídicos y por denunciar, son el
lado oscuro de la suma corazonal. La misma que los grandes almacenes imploran
para llenar sus arcas. Con mensajes que dan más arcadas que otra cosa. El caso
que hoy me ocupa es la pérdida real de la conquista, del mirarse, del ponerse
burraco en el vivo y el directo para convertir a esta cosa del conocerse en un
juego virtual. De ahí lo de San
ValenTinder, San ValenGrindr o
cualquiera que sea la APP o portal que propicie el milagro del ah-mor. Personalmente valoro en positivo
estos dispositivos, dadas las dificultades reales del mercado, pues nos hemos
vuelto muy rarunos, en general, y cuesta romper hielos. Los de la copa podrán
derretirse y convertirse en una piscina municipal, pero nadie mueve un dedo en
tomar la iniciativa. Nos volvemos muy divas y queremos todos los focos,
atenciones y chulazos sin pestañear. Reflexión apta para cualquier orientación
y/o género. Así, está complicado conseguir resultados. Mucho menos una flecha
de Cupido. Con este estado de la cosa, parada y sosa, el teléfono y el
ordenador se convierten en el mejor vibrador emocional. Con compatibilidades en
juego, reducimos a los potenciales candidatos a perfiles con posibles, entre
equis o corazones. Las primeras para mandar lejos a semejante despropósito. Los
segundos esperando un latido feliz, el que llega cuando se produce la explosión
en línea y salta un chat para empezar a preguntar lugares comunes.
Es poco
frecuente encontrar un perfecto desconocido con un mínimo de conversación, el
resto reduce su diálogo a estas preguntas tipificadas como necesitado busca.
Puede que entre unas aplicaciones y otras los grados varíen, pero la mayoría
busca más un orgasmo que un café. Y eso, cuando te has visto todas las pelis
Disney no va contigo, ¿verdad, amis? De siempre, has creído en historias
escritas con mayúsculas, en esa pasión que surge con una leve caricia, en
construir un futuro con jardín y muchos niños. Y te encuentras respondiendo a
un nick con una frase absurda de cebo,
que creerá ingeniosa. ¡Qué pereza! Una y otra vez es la misma cantinela. La
gente se ha acostumbrado a este fast love
y se come poco la cabeza y más otros órganos ajenos. No encajo con esta
formulación. Sé que me haría muy bien compartir mi todo con esa media fruta que
me espera madurándose en algún lado. Pero no estoy dispuesto a caer en
protocolos que me resultan vacíos. Me alegra infinito que mucha gente querida
haya encontrado así su lover. Como de
otras tantas parejas, pocas, que uno ve y dice: ¡así sí! Pero yo ya tengo una
edad y muchas canas como para hacer tonterías. Creo en el querer como verbo de
cabecera y lo ejercito con mucha gente, guardando mi mejor versión a ese
milagro andante. Siempre dije, y mantengo, que el amor el amor es lo mejor y lo
peor. A ver si hoy me asaetea una maldita flecha y cambio de idea. Pero, de
momento, parafraseo el tema ‘Fiesta en el
Infierno’, de nuevo y genial disco de Fangoria, ‘Canciones para robots
románticos’: “El amor es una construcción burguesa. Una invención medieval. Un
cuento de hadas desquiciado. Nunca más, nunca más, nunca más volver a
creer en una fantasía tan delirante”. Pues eso.
viernes, febrero 05, 2016
Vivo sin vivir en fin
No sé cuánto tiempo ya. Hace
mucho que perdí la cuenta. No recuerdo un momento en especial. Puede que sí un
quién, pero poco importa. La cuestión es que el personaje se ha apoderado de
mí. Oscuro, desdibujado, plano. La peor versión se instaló como un virus veloz
y aquí estoy, viviendo los días en completo vacío. Construyendo un futuro
imaginario que nunca llega. Ese en el que el querer fluye y los contratos son
folios llenos de ilusión. Aspiro a que mi guionista se porte y escriba un
genial punto de giro. Lo necesito. Prometo que mi interpretación estará a la
altura. Tanta penuria ya pesa y la cara se me va a quedar enjuta. Y ya se sabe,
la cámara es el peor chivato. Si algún día quiero llenar una estaría de
premios, o colocarlos bizarramente en el baño, tendré que hacer algo grande,
que sorprenda a los académicos. No este pastiche absurdo, sucesión de males y
surrealismos con o sin diálogo. En resumen, esta película me sienta mal, muy
mal. Pero, ¿cómo me salgo de cuadro? Ay, el cuadro. Dicen que mi historia se
sustenta porque es realista. Pues maldita realidad. Me apiado de quien se
arrastra sin rumbo, escuchando promesas y palmaditas en la espalda. Me cuesta
no sacar el respe en esas tramas, pero dice mi director que se impone la
sumisión social, la tontunez mal entendida. Y que traspaso la pantalla, no te
jode, esto me traspasa a mí la piel. Hasta ahora había tenido papeles menores y
mi representante me prometió que este proyecto sería mi gran oportunidad. Ya me
veía enfundado en un traje prestado ante un photocall, saludando a las
estrellas del celuloide ibérico e improvisando discursos con todo el santoral.
No me imaginaba que esto se alargara tanto y, menos aún, que me mermara de este
modo. Me levanto cada día repasando el plan de rodaje y me deprimo más. ¿Pero
hacemos ficción o documental? Ahora me arrepiento de no haber dicho sí a la
propuesta de esa televisión privada de chillido incorporado y mamarrachas siliconadas
de más. Un caché de muchos ceros bien valía un encierro en una casa absurda con
otros tantos aspirantes absurdos, dispuestos a todo con tal de no pasar jamás
desapercibidos. Pero ahora que lo recuerdo, se cruzó él y me obnubiló. Era tan
intenso, tan especial, que no me hubiera perdonado caer en la bajuna
telebasura. Confiaba en mi talento, o eso decía. Era perfecto dando las
réplicas, con una única mirada calmaba mis peores fantasmas. La perfección se
definía con su nombre, apellidos y una foto suya. Sonrisa mediante. Y sí,
amigos, debió ser un mal sueño, porque cuando no lo había saboreado lo
suficiente se esfumó. Asumo la culpa, llevarlo a aquella fiesta llena de
víboras hipermusculadas, ansiosas de famoseo, fue el principio del fin. Fue
entonces, ahogado por ese fin, cuando acepté este papel. Y aquí me hallo,
buscando desesperando escribir estas tres letras y sentirme liberado. Despojado
de esta mierda, por mucho que me asegure presencia en el tráiler y los títulos
de crédito. Os invitaré al estreno. Seguro que él no se lo pierde y me dará dos
besos intensos y un abrazo inapropiado. Y volveré a derretirme, pero la mirada
inyectada en sangre de su víbora de su turno me recordará que estaba mejor en
este camerino, maldiciendo y escribiendo este junta palabras tan patético.
jueves, enero 21, 2016
Eurodrama en bucle
Me sobraron veinte de los treinta
segundos de adelanto que RTVE hizo de los temas aspirantes a Eurovisión 2016
para resumir en Twitter mi visión catastrofista: “Una vez más, los candidatos a #Eurovisión me dejan frío. Creo que no
es el mejor sistema de búsqueda de talento y apuesta por el éxito. Mal”.
Defiendo las majaradas de las televisiones privadas, sus apuestas absurdas y
despilfarros económicos, pues con su dinero podrán hacer y deshacer, entrando
ahí el juicio crítico del espectador. Lo que no tolero es que el ente público
se empeñe en torpedear una oportunidad para artistas y compositores, en pro de
los caprichos de unos pocos. No es justo ni entendible. Históricamente los
procesos de selección han estado cogidos con pinzas, pero en los últimos
tiempos nos han tomado el pelo. Suerte han tenido de la pasión eurovisiva, que
no ha matado la emisión en términos de audiencia. Eso sí, los comentarios
generalizados cuestionan el pésimo criterio de los mandamases de lo público.
Cuando anunciaron el sexteto de predestinados a conquistar Europa el próximo
mayo nos podíamos temer algo insólito (para mal). Un pronóstico que hasta el
mismísimo Rappel empijamado hubiera acertado desde Guadalix de la Sierra. Ha
sido escuchar los temas y gritar un OMG desafinado. Aquí mis apuntes, en
riguroso orden ‘alfapatético’.
BAREI. La abreviatura que nunca empleó Bárbara Rey, no es más que
un surrealismo que bien podría pinchar su hija MariSofi. Remite a otros temas.
Se queda sin personalidad. Sobre el escenario sueco se perdería totalmente y ya
sabemos las consecuencias de ello, ¿verdad José María Iñigo? Queda reducida a
carne de divismo chuequero y portada de Shangay.
ELECTRIC NANA. Tiene un punto fresco, muy para banda sonora de
dramedia teenager, esto es perfecta
para los bailes de graduación. Bien de strasses
y tules, exceso de autotune que en el
directo veo difícil defender. La concesión del español queda pegote. Es como
una canción loser de Soraya o las
Tess (quien no recuerda a la fea de este grupo, siempre oculta tras su
flequillo maxi). Lo siento, nena.
MARÍA ISABEL. El nombre artístico es lo más provinciano presentado
jamás a Eurovisión, otra liga diferente a la de Eurojunior, majetona. Puede que
la voz sea menos sencilla que entonces, pero una se queda muerta al asumir que
se trata de una candidatura oficial. A un milímetro de la verbena y las bodas
de DJ fan del agua con misterio. Bonita MI, estudia y plantea un futuro real
como cajera de una gran superficie. La música ya no es lo tuyo. Sorry (por incluir un anglicismo ausente
en el tema).
MAVERICK. Este latineo de pacotilla dudo mucho sea aprobado por su coach, Laura Pausini. Siempre me gustó
la personalidad de este muchacho, pero aquí su calidad y personalidad vocal se
pierden. Es un chavalito, se merecía un temazo acorde a sus gustos, que
defendiera con orgullo. Esto no es más que una canción para el hijo de Betty
Missiego. ‘Cachete con cachete, pechito
con pechito’. Y ya. Lo siento. Juan Magán te reapellido con Fatal. No
esperéis el éxito de esto. Pronostico un mundo infeliz.
SALVADOR BELTRÁN. Desde que escuché en la radio a este cantautor me
atrapó su toque, ese feeling vocal y
punto canalla. Me sé de memoria temas de su último disco ‘Reflejos en mi camino’, muy recomendable. Pero esperaba más de
esta canción, que cumple el objetivo de entretener, pero no se retiene. Un hit eurovisivo atrapa en la primera
escucha, no te abandona como el desodorante. Y aquí Capi no ha hilado fino.
Pobre Salva, se merecía más en esta oportunidad. Si es el elegido me alegraré
por él, porque se merece un puesto de honor en nuestra música. El talento ha de
visibilizarse, pero el Festival son palabras mayores. Mi alegría se queda a
medias.
XUSO JONES. Tiene a su favor que cae bien. Se lució en ‘Tu Cara Me Suena’ y desde entonces
ha formado parte del mainstream
carpetero, en gran parte por el auge de las redes sociales. Este ‘Victorius’ es un intento de ‘Heroes’, pero ya quisiera el murciano tener el dominio escénico y esa mirada arrolladora de Måns Zelmerlöw. Se nota
que los autores tienen todo que ver con el suequismo. La pincelada en lengua
cervantina me vuelve a sobrar, parecemos unos acomplejados si renunciamos ¿a
nuestra identidad? No se trata de eso, sino de epatar con una canción
majestuosa, que no es el caso. Sin duda, sería mi seleccionada por tener mejor
recorrido, pero no quiero ser agogero, no sumaría muchos más puntos que el ‘ieioe’ de la triunfita predecesora.
Yo hubiera apostado por un ‘come back’ de Raphael sinfónico y
afectado, entre abrazos y loas de artistazo. Con estos mimbres, Massiel seguirá
brindando por el acierto de suplir a Serrat con el ‘La, La, La’. N-a-d-i-e podrá arrebatarla el título de ganadora
histórica. Y mientras, seguiremos dándole al eurodrama en bucle, con gallos e
Igartiburu de maestra de ‘ceremomias’. ¿Aprenderemos algún día? Señores de los despachos inviertan bien el dinero de los contribuyentes, que quieren una
representación digna de su país. Ea.
martes, enero 12, 2016
Culpables
Esta sociedad insólita se
apresura en juzgar a las personas corrientes, mientras tanto los auténticos malhechores,
garbanzos negros y seres deplorables campan a sus anchas. Cierto es que
últimamente se ha señalado a unos cuantos, aunque no es seguro que paguen por
sus desmanes de forma proporcional a lo que hubiera padecido un mindundi en sus
carnes corruptas o ladronzuelas. Pero no me centraré en ese nivel de
enjuiciamiento social, no, sino en lo más sencillo y hasta mundano. Hoy en día
una persona con trabajo, vida estable y una sonrisa de oreja a oreja dibujada
en su rostro tiene que pedir perdón. ¡Faltaría
más! ¡Qué falta de todo! No se tolera la felicidad ajena, es más, se
pretende que desaparezca hasta convertirse en un lastre. El rebaño impone y es
una pena, porque despreciamos la riqueza del individuo para alzar un desaire
colectivo. Que estamos peor que mal lo sabemos y sufrimos mucho(s), pero de ahí
a culpabilizar a quienes gozan del estado de ‘normalidad’, el mismo que nos han
robado unos cuantos nefastos con sus decisiones idénticamente nefastas, no. No
lo puedo aprobar, lo siento.
Me da pena que esta gente con una vida ‘aceptable’
tenga que silenciar sus quejas o decirlas muy en bajito, por miedo a las
reacciones iracundas de muchos intolerantes. No todas las realidades son
iguales, desde luego, pero eso no implica que cada quien no tenga derecho a su
pataleta, a ahogarse en su vaso de agua, a aspirar a cambios a mejor, ¿por qué
no? Espero de todos la empatía, esa cualidad que suena bien y sienta mejor.
Igualmente me parece tremendo el recurso a auténticos dramas, historias de
superación, incluso el peor de los desenlaces para callar un momento de
desahogo, odio hecho palabras o semejante. Y personalizo, no me quiero comparar
con nadie, pero tampoco acepto que se me arrebate la necesidad de vomitar toda
esa negatividad que tan mal me hace. Que no estaré en un hospital, al menos no
en estos momentos, que tengo una familia que me apoya (gracias mis héroes
cotidianos), que tengo dos manos para ser productivo y ganarme el pan, bueno de
aquella manera… En fin, que quiero y necesito soltar mis lamentos, que respetaré
siempre los ajenos y que aquellos que se sientan menos mal defendiendo el
mutismo, que se lo apliquen y nos dejen en paz al resto. He escrito.
jueves, diciembre 31, 2015
¡Tecleando al 2016!
En mi librería el tomo del 2015 ocupa, sinceramente, un
lugar olvidable. Por eso, aspiro a teclear con fuerza en este año nuevo, dando
a las personas y a las palabras su lugar. ¡Felices 366 días a estrenar! Que el
libro de vuestro 2016 sea trepidante.
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