miércoles, junio 28, 2017

Orgullo de...



no tener miedo.
caminar sin mirar atrás.
comprobar que no eres un bicho raro.
no sentir vergüenza.
los que lucharon y perdieron la batalla.
los besos sin robar.
los tequieros valientes.
los armarios abiertos de par en par.
ese arcoíris tan reluciente.
saber que seré feliz.
manifestaciones imposibles que hoy son mundiales.
iconos que pusieron la voz y dieron la cara.
ellas, doblemente discriminadas, pero incansables.
las familias que abrazan sin preguntar.
los amores que sumaron.
los silencios cómplices.
las palabras de ánimo.
las miradas que se cruzaron con éxito.
los políticos que no buscaban la foto sino los avances sociales.
los activistas que hicieron de la causa su modo de vida.
los discursos que emocionaron.
la tolerancia sin edad ni condiciones.
la diferencia bien entendida.
todos aquellos a los que sí les importa que se hable desde el sentimiento.
los lejos que hoy están más cerca o del todo en su sitio.
la banda sonora que acompañó contextos y emociones.
los personajes de ficción que nos acercaron a la realidad.
un respeto sincero, que nunca necesitó banderas.
ti.
mí.
tantos y de tantas que viven con orgullo ser personas únicas. Quien busque dobleces a eso tiene un problema.

Todos los días son 28-J. Como todas las opciones de vida son respetables. España ha avanzado, y mucho, en materia de derechos LGTBI, pero quedan demasiadas conquistas pendientes. Las más importantes en ciertas mentes obtusas. Ojalá llegue el día en que amar en libertad no sea noticia.

¡Feliz Orgullo! 

......

domingo, junio 18, 2017

Su éxito no es el mío



¿Qué es el éxito? De primeras, una palabra escrita con letras de neón, que atrae sin remedio. En la base, el aprendizaje erróneo, ese que nos impone el triunfo como validación personal. En realidad, una idea de, porque hay tantos como personas. Cada cual debe considerar qué marca su satisfacción y la meta que suponga su gloria. Socialmente sufrimos un modelo rancio y del todo equivocado, que aplaude los fastos y se ríe de los gastos. Cánones de poderío, con una necesidad de exhibicionismo galopante. Como si la codiciada felicidad fuera directamente proporcional a su escaparate. De ahí que la envidia sea una emoción básica y flexible, pues se adapta a diferentes casos y/o personas, con una facilidad pasmosa. Lo triste es que no se extiende el análisis crítico, el pensar que semejantes máximos pueden ser mínimos al tratarse de ti. Nunca llueve a gusto de todos, aunque todos encuentren un supuesto gusto en la lluvia de bienes.

Es triste que, hoy en día, los más pequeños anhelen modelos de vida que aúpan desde los medios. Futbolistas, cantantes, concursantes de reality son el reflejo aspiracional de quienes se han criado escuchando los logros opulentos o los curriculums extensos de estos protagonistas en bucle. No siempre con esfuerzo, sino todo lo contrario. Así, crean necesidades y fanatismos vacíos de contenido, porque es lo que vende. Bueno, también lo hacen las miserias, esas que muchos explotan con un cinismo apabullante. Aunque intentan dar la vuelta a la realidad y retomar la cuadratura de su círculo ruin. Sí, estoy harto. Recurro a mi pataleta de palabras y no oculto mi incredulidad. No necesito dar nombres ni apellidos, aunque estoy seguro que no soy el único. Cualquiera que se pare, vea y escuche acabará desmontando todo este ridículo entramado. Ojalá todos fuéramos solidarios de verdad, no por desgravar o aparecer en la foto de turno. Cómplices en las miradas, cercanos y entrañables, sin esperar nada a cambio. Dando a los valores su valor y reservando a los sentimientos su altar. Considerando lo humano que nos define y no lo material que tanto se exhibe. Lo aplaudiré como un verdadero éxito y lo contaré como tan bien me enseñaron. 

domingo, junio 04, 2017

Davidelfín: el inquieto eterno



Llevaría semanas instalado en Madrid. Era una de mis primeras fiestas. Un sarao enorme, en un hotel de lujo. Llegué pronto y estaba rodeado de fotógrafos y periodistas hastiados de lo cotidiano. En cambio, aquello era mi sueño e intentaba exprimir cada sensación. Una firma cosmética presentaba una revolucionaria barra de labios, con pretendida solidaridad. La diva del momento Dita Von Teese ejercía de madrina y reclamo, pero había un montón de celebrities patrias. La más, Alaska. Acompañada de un anónimo, por entonces, Mario Vaquerizo. Junto a ellos muchos de sus amigos, como Davidelfín. Después de su paso por la alfombra roja y el protocolo habitual de focos, saludos y despliegue social, tuve ocasión de acercarme al diseñador. Le conté mi historia. Era un recién llegado, apasionado de la moda, que escribía para El Diario Montañés todo lo que la capital en ebullición me permitía. Trabajaba en un artículo sobre el estilo militar y David era el mejor referente. Accedió a charlar un rato y echarme un cable. Entonces aprendí que las improvisaciones no siempre eran efectivas, pero con alguien como él todo fluyó. Hablamos de sus inicios, de la esencia que había impactado y conquistado, a partes iguales, el universo fashion. “La moda me eligió a mí”, me dijo. Sabia elección, porque nos ha regalado episodios memorables. Cada una de sus colecciones sorprendía. Crecía y conseguía que su tipografía única, sus símbolos recurrentes, las geometrías o los prints se instalaran en el imaginario colectivo. Su triple salto al éxito fue absoluto. Siempre con la esencia de sus trabajos, acumulando apasionados de sus creaciones, a los que definía como “inquietos”. Su mejor reflejo.

Entre mis preguntas de cuasi debutante se coló una, demasiado cliché. “Dentro de diez años, ¿cómo te ves? ¿Qué te gustaría conseguir?”. Su respuesta fue la mejor muestra de su autenticidad y un pronóstico certero. “Trabajando y seguir creciendo. Poder tener la capacidad de seguir sorprendiéndome, que no me falte nunca el estímulo. Aunque pienso que la creatividad es inagotable. Espero seguir haciendo cosas y tocando a la gente…”. Sin duda, cumplió su expectativa. Es más, la superó, aunque el tiempo nos ha arrebatado demasiado pronto su talento infinito. Confiaba en ‘tocarnos’ y vaya si lo ha hecho. Su despedida ha sido un mazazo para la industria de la moda, pero no solo para sus compañeros y amigos. Había conseguido el cariño global. Con una mezcla de timidez, picardía, frescura e irreverencia. Un mix muy personal, de difícil imitación. Su amiga Bimba Bosé, esté donde esté, habrá preparado un gran desfile de bienvenida. Fieles a su simbiosis creativa y a ese amor que no necesita lazos de sangre, sino de vida. Las redes sociales se han llenado de homenajes. Palabras, fotografías, delfines saltarines… Donde quiera que se haya ido, seguro que sonríe y agradece tanto afecto. No tuvo más que ser él mismo para conquistar mucho más que armarios. Aquella famosa noche tuvo el gesto cómplice de dedicarme unos minutos. Las risas y el frenesí con sus cómplices pudieron esperar. No le importó nada ir en chándal, recién salido de su taller. Enumeró sus múltiples proyectos con una pasión desbordante. ¡Estaba donde quería estar! “¿Y te queda tiempo para ti? Claro. Trabajando también invierto en mi propia vida. Me divierto mucho y lo aprovecho tanto como puedo”. Ojalá que hubiera tenido más tiempo para ejercer de David y surcar por los mares de telas y emociones. Entonces nos despedimos y sentí gratitud. Hoy, también. Porque nos ha dejado un gran vacío y sería injusto no sentir tu partida. Que siga la fiesta y que tu nombre brille siempre como un legado eterno. Érase un David a un Delfín pegado…

miércoles, mayo 17, 2017

Homófobo, el último



Hablar de odio resulta desolador. Es increíble que haya personas que se recreen en su maldad y traten de justificar episodios injustificables. Habrá quien piense que, hoy en día, el colectivo LGTBI lo tiene muy fácil, pero no. Los avances legales no han sido suficientes para erradicar comportamientos inhumanos. Agresiones, insultos, campañas de desprestigio siguen demostrando que el hijoputismo no ha cesado. Las libertades individuales parecen dañar el honor de estos adalides de la moralidad, que vuelcan su inquina en autobuses, encabezan manifestaciones o verbalizan su recurrente insensatez. Es obvio que ciertas lagunas educativas y pensamientos arcaicos alimentan estos desórdenes, la fobia en su máxima expresión. Nadie debe vivir en el miedo, esconderse o sentir la necesidad de ocultar su auténtico yo. No por temor a estos escarnios ni a las miradas de desaprobación. No se entiende que una opción personal, basada en sentimientos, sirva de arma arrojadiza. No se entendía cuando la cárcel, cuando no algo peor, era el desenlace final, tampoco ahora que se celebran días de opulento orgullo.

El querer no se elige. El señalar, sí. Porque la realidad actual se sigue viviendo más allá de los barrios arcoíris, de las banderas y los iconos mediáticos. Sin duda, las peores batallas son las que se libran con los seres queridos que no quieren asimilar la diferencia. No es de valientes sentir la necesidad de autoafirmarse. Es de personas. No actúan como tal quienes torpedean y vomitan sus peores instintos, condicionando la realidad. A golpes, haciendo el vacío, negando. Las pesadillas para no dormir que, en muchos casos, se tornan para no vivir. Aceptar que no hay salidas tiene que ser demoledor. Ante tales contextos no podemos quedarnos quietos. No importa a quién amemos, pero sí que no seamos cómplices de esta bajeza. Así que, a quien corresponda: Por favor, ¡dejen de juzgar vidas ajenas! Si los días no son fáciles, menos arrastrando la intolerancia recalcitrante. Vivan y dejen vivir en paz. O imagínense, por un segundo, que el destino les premia con su peor fantasma. O a lo mejor ése es el ‘problema’. ¡Háganselo mirar!

17 de Mayo | Día Internacional contra la LGBTIfobia

lunes, mayo 01, 2017

Por incontables razones



El mundo se paraliza por lo que cuenta una serie, #13ReasonsWhy, hablando de la crudeza del suicidio y el acoso escolar. Y muchos espectadores lo han sido de tan tremenda realidad, entre silencios y complicidades inexplicables. La ficción retrata, con acierto, cómo esa lacra abusiva asfixia a sus protagonistas, sumando un reparto de culpables. Así se minimiza a la víctima, cargando de incomprensión los días, arrastrando una oscuridad de difícil desahogo. Seguro que quien ha sufrido episodios similares ha visto los capítulos, de número supersticioso, con una punzada en el estómago. Insultos, miradas de odio, golpes, pintadas o vacíos, manifestaciones infinitas de una maldad ídem. Los expertos justifican, en la mayoría de los casos, que esa violencia nace de otra anterior. Creando así un bucle del que teorizan, pero que no logran frenar. Viajo a mis recuerdos enterrados y no identifico abusones lastimados, ansiosos por liberar sus fantasmas. Siento por ellos si los sufrían, pero más por mí y el resto de sus blancos imperfectos, que nos hacíamos (más) pequeños a su paso.

Cargar con una mochila de desprecios no suma para nota, todo lo contrario. Resta y condiciona en la personalidad. Puede que con distintos efectos en la infancia o la adolescencia, pero siempre contribuye a cuestionar el yo. Invita a preguntarse demasiadas cosas a destiempo y a despertar miedos impropios. Por regla general, los adultos bastante tienen con sus contextos, o eso dicen, minimizando algunos síntomas visibles. Despejar dudas es sano y puede salvar mucho más que una palmadita de consuelo. Que la vida es un drama no lo he inventado yo. Recrearse en su estercolero colectivo no es útil, pero tampoco normalizar aquello que mina y humilla. Demasiadas despedidas han puesto en los titulares el bullying. Aunque los protocolos llegan tarde, ojalá sean efectivos. Concentraciones, carteles en los pasillos, charlas para comunidades escolares, campañas televisivas, todo perfecto, siempre que no se queden en la superficie del problema. Porque los pequeños gestos pueden rescatar con más resultado. Hannah Baker no encontró la razón final para descontar el resto. Y su ficción tiene que ejemplificar a la inversa. Así, quienes no estén sujetos a un guión, sino a una película para no dormir, sabrán gestionar su verdad. Nadie se merece lágrimas ni moratones por ser la mejor versión de sí mismo. A quien no le guste que se lo haga mirar.

¡Se acabó la cinta! 

jueves, abril 13, 2017

Historia de un beso



Esperaba el momento con una mezcla de intriga y emoción. Las sensaciones pueden intuirse, pero hasta que no se viven son pura especulación. Las películas, los libros, los mayores. Todos hablaban de su magia, aunque no era un truco más, sino un espectáculo imperdible. Había ensayado, o eso creía, para no delatarme como un novato de manual. Era mayor. Siempre eran mayores. Quizá quería asegurarme la emoción con nota. Parecía tan seguro como yo inocente. Nos veíamos en las horas de recreo. Aunque nos correspondían patios diferentes, hay miradas que salvan todas las distancias. Impulsados por la curiosidad, nos deteníamos en idéntico rincón cada mañana, para dejar que la complicidad hiciera el resto. Podía haberle esperado a la salida, pero hubiera sido demasiado cantoso. Fue él quien dio el paso, decidido a encontrarnos, esta vez, de verdad. Un día nuestro ritual de ojos con dueño dio un giro. De repente, lanzó un avión gigante de papel. Su vuelo me pareció eterno y erizó toda mi piel. Por suerte, llegó a destino y con un mensaje claro. "Cuando acaben las clases, en el baño del pabellón". Una frase directa, invitación perfecta al juego del labio con labio. Supongo que, según su propósito, se me subieron algo más que los colores. Me devolvió una sonrisa infinita y salió corriendo. En cambio, yo me quedé paralizado. Con miedo a dejarme llevar. Hasta se me fue el santo al cielo y una profesora tuvo que venir a mi rescate, cuando ya había sonado el timbre. No sé ni cómo pasó el día, tampoco qué materias ocuparon las clases. Sólo podía viajar, mental y sensualmente, hasta mi cita y pensar que estaba a punto de ser coprotagonista de algo especial.

A priori no respondía a mi ideal, pues hubiera preferido un cortejo romántico, conversaciones largas y unas ganas locas de mutuo descubrimiento. Lo nuestro era bastante raro, silencioso y precipitado. Adjetivos muy reñidos con la historia del beso que me hubiera gustado contar. Guardé los libros y mi estuche en la mochila. Pasé por el baño, para mirarme en el espejo y comprobar que todo estaba en su sitio. Lo estaba. Así que, sin perder más tiempo, fui al encuentro. Cuando llegué oí unos chillidos. Era la limpiadora que, con su música a todo trapo, quería emular a una diva a golpe de fregona. Me salí y justo llegó él. Iba a contarle qué pasaba cuando me agarró fuerte de la mano y me metió al cuarto de los balones. Nos miramos un instante y entonces pasó. Aquello fue una conjunción planetaria con rayos y centellas. Explosivo, estimulante, genial. No sé lo que pudo durar, lo suficiente como para sentirme exhausto al separar nuestras bocas. "Para ser tu primera vez, besas muy bien". No sabía si tomármelo como un piropo o un insulto. Debía ser lo primero, pues volvió (volvimos) a la carga y ahí sí me sentí como en un cuento. Por momentos se movían las estanterías, pero nosotros seguimos con la exploración, de ida y vuelta, bastante rato. Cuando acabamos parecíamos dos perfectos desconocidos. De hecho, lo éramos. Es curioso cómo la intimidad conserva celosamente su dignidad, por mucho que se haya regalado. "Si quieres, nos vemos mañana". Asentí, sin pensar. Estaba aún perturbado por la suma de escalofríos, mariposas y onomatopeyas imposibles que acababa de sentir. Y claro que repetimos. Perdí la cuenta de las veces. Había que perfeccionar y saborear los besos. Aunque mi debut merecía ser contado.

13 de Abril | Relato de ficción por el Día Internacional del Beso 

miércoles, marzo 08, 2017

Con todas las letras



Ellas. Vosotras. Que sois más que un 8 de Marzo. Que sumáis luchas, silencios, espantos. También talento, personalidad, sueños. Sois todo, sin pedir nada a cambio. Al menos es mi experiencia. Sin duda, ¡os debo tanto! Muchas presentes, fuertes, capaces, constantes, fieles y determinantes en el latido que nos une. Otras ya lejanas, pero dueñas de un trozo de mi biografía. Nunca entendí mi vida sin vuestras miradas. Aprendí (y aprendo) de vuestro universo, de la verdad que envolvéis en ternura, en esencia pura. Elogié el valor que os definía y aplaudo el que aún hoy defendéis. Muchos se minimizan a vuestro paso, pero nunca fue mi caso. Crecí rodeado en femenino y con orgullo lo escribo, lo siento, lo comparto. El tiempo os ha hecho justicia, por méritos propios, pese a gigantes y estorbos. Derribando absurdeces, demostrando hasta lo innecesario. Aunque chirríe, el surrealismo os engrandece, porque no os dejáis vencer. Incluso subidas a tacones de infierno, siempre plenas de sentimiento y voluntad. Os cuentan en cuentos de princesas y reinos, pero no necesitáis el vestido ni la corona para brillar y conquistar. Yo trepé hasta vuestras torres para encontrar historias y escribirlas juntos. En momentos, eso me valió insultos y hubiera sido ridículo abandonar nuestros mundos. Porque en ellos me encontré y me ayudasteis a ser, con todas las letras. Las mismas que ahora junto, porque os merecéis mi homenaje, mi agradecer profundo.    

sábado, febrero 04, 2017

Mundo piruleta



Era pequeña. Chiquitita, decía su madre, con una sonrisa infinita, cada vez que se refería a ella. Su respuesta siempre se envolvía en una mirada entrañable, de buena persona. Así creció, feliz en un mundo donde todo era m-a-r-a-v-i-l-l-o-s-o. Se empeñaba en decirlo despacio, saboreando cada letra, porque, en el fondo, temía que cualquier día ese estado de las cosas fuera un espejismo. No compartía con nadie esos temores, sabía que la señalarían como una aguafiestas. A juzgar por la felicidad de su gente, no dejaban hueco para el desánimo. Tampoco para los miedos, pero ella tenía su cajita de la frustración, en silencio. No quería abrirla, aunque más de una noche se sorprendió a sí misma levantando su tapa y sintiendo, de golpe, todo eso que el resto parecía desconocer. Su curiosidad terminó en pesadillas y la extrañeza de sus padres, de oído fino. Nunca habían notado ese malestar, en sueños, de su niñita. De nada sirvieron sus interrogatorios mañaneros, ella sabía que desaprobarían que llenara su cabeza de malos pensamientos, de oscuridad. No había espacio para nada de eso, era un tabú. En el colegio tampoco tenía a nadie con quien liberar sus fantasmas, porque estaba más bien sola. Honestamente, del todo sola. En realidad, nadie cultivaba relaciones más allá del aula, era todo muy frío e impersonal, pero aparentemente feliz. Intachable, perfecto, ejemplar, repetían sus maestras. Tanta m-a-r-a-v-i-l-l-a empezaba a generar su total rechazo.

Fantaseaba, sin parar, con otro mundo, en el que quizá no encajaran todas las piezas, pero todo resultara más auténtico. Entonces urdió todo un plan. Preparó una mochila, con lo que consideraba necesario, algún cambio de ropa, su neceser de unicornios, calzado cómodo y poco más. Buscó un autobús que la llevara lejos. Pensaba que quizá unos cuantos kilómetros eran garantía de emociones. Encontró la línea adecuada, tenía dinero suficiente para el billete, pues apenas gastaba su paga semanal y había ahorrado en su hucha de emoticono sonriente. No tuvo que romperla, con cuidado, desfondó sus propios fondos e hizo recuento del botín. Era más que suficiente. De noche, sigilosa, pudo escaparse y caminar hasta la estación. En ese momento, se sentía ya liberada, aunque prudente, pues cualquiera del mundo de color de rosa podía entender que era inadecuado que estuviera sola a esas horas de la noche. A mitad de camino, más o menos, oyó unos ruidos que la asustaron.

De repente, de entre unas cajas, salió un chico. Era más alto que ella, lo cual tampoco era difícil, llevaba una gorra y una mochila a la espalda. Como ella. Él intentó acercarse, pero ella aligeró el paso. El muchacho y sus piernas largas la alcanzaron, sin problema. Parecía inofensivo, así que ella se detuvo. Fue como si el tiempo se detuviera también. Ambos sonrieron y él rompió el hielo. Buscaba la estación de autobuses y ella le comentó que iba para allá. Entonces él, espontáneo, preguntó si podía acompañarla. Ella no contestó, siguió andando. Sabía que tenía un nuevo cómplice. ¿Puedo saber dónde vas?, preguntó el chico. Lejos de aquí. Respondió, directa. Ya somos dos, dijo él. En el plan de la chiquitita huidiza no entraba tener que dar explicaciones a nadie, pero mucho menos encontrar a la horma de su zapato, en versión chico. Ella no decía nada, su padre la había enseñado a desconfiar de todos los muchachos y sus intenciones. Según él, no necesitaba a nadie más en la vida que a él y a su madre. Pero no podía evitar mirar, de reojo, y sentir que era alguien especial. Y guapo. No tardarían en llegar al destino. Ella sabía qué ruta era su pasaporte de despedida, pero él no pareció tenerlo tan claro. Si no te molesta, voy a copiarte, dijo. La joven pensó, por un momento, que era una clase de guardaespaldas contratado por sus padres, en caso de espantada. Por un lado, aquello era un fastidio, por otro, un juego divertido.

Llegó el momento de subir al bus, sin mayor incidencia. Ella miraba a cada lado, como buscando la cámara oculta o a cualquier mayor impidiendo su fechoría. Se sentó tan rápido como pudo en las primeras filas. Él accedió después, la miró sonriente y siguió hasta los asientos traseros. Se sentía tonta, pero incluso con esa distancia mínima, le echaba de menos. Había sido curioso que sus caminos se cruzaran, supuestamente con el mismo objetivo. Así que cogió su mochila y fue a su encuentro. ¿Por qué haces esto?, preguntó. Supongo que por lo mismo que tú, no soporto más este mundo piruleta. No podía haberlo expresado mejor. Estaba claro, les unía la necesidad de dejar atrás su incomprensible realidad, tan edulcorada y maquillada, que les impedía crecer. A ella en altura también la iría bien, pues se imaginó, por un momento, besando a ese Romeo imprevisto. Y se parecía ridícula, tan pequeña a su lado. Quizá el tiempo la haría entender que eso no importa, pero no, porque entonces se despertó bañada en agua, por su padre. No reaccionabas, perdona, estabas como ida. Lo estaba, hasta entonces. 

sábado, diciembre 31, 2016

¡2017, estás hecho un chaval!



Porque los años son como las personas... Espero que el 17 no se comporte como un adolescente insoportable, desubicado y gritón. Ojalá encuentre una inquietud, una meta por la que luchar. Y cómplices en el camino que sumen. El resto... que sea un mal sueño.

¡Feliz tránsito hasta la mayoría de edad!  

sábado, diciembre 24, 2016

¡Feliz Mirada Propia!



Nunca entendí que la felicidad fuera por barrios ni fechas en los calendarios. Sonriamos a la vida y esperemos que sea justa, sincera, auténtica. Con mis mejores deseos… ¡Feliz Navidad!

miércoles, noviembre 30, 2016

En pocas palabras



Más que preso, habitante de silencios. Porque cuando no decir nada es la mejor opción, más vale aguardar a que las cosas cambien. Que lo hagan es un misterio. Que sería necesario, totalmente. Y es que la realidad no es simpática y el recurso al emoticono de la sonrisa es la mejor metáfora. Será el contexto, será un pretexto, pero es mi será, será.

domingo, octubre 30, 2016

De verdad



Hace tiempo que asumí que soy diferente, por muchas cosas. Algunas más públicas, otras menos. El caso es que yo sé que no soy uno más y no tengo reparo en dignificar mi autenticidad. Es más, creo que muchos de mis valores diferenciales son un potencial personal y profesional. Intento explotarlos, no siempre con éxito, pero no me escondo de mi esencia particular. Hoy quiero reflexionar sobre todo lo contrario, la manía que se está generalizando de imponer la repetición, la copia descarada de modelos de vida, de expresiones, de forma de vestir, incluso de sentir o pensar. Me apena que haya esa cadencia a la limitación e imitación, porque lo bonito es dejar paso a las variables infinitas, al juego de la vida. Pues no, mucha gente se empeña en convertirse en un estereotipo andante, que viraliza su realidad en las redes, intuyo que como harán sus ejemplos. En lo que a mí respecta, no quiero rodearme de clones de la celebrity de turno, de librepensadores calcados a cualquier tertuliano gritón, de muchachos con barba de largura indeterminada y hechuras hipsterianas, de adolescentes que olvidan que el piel con piel supera a cualquier pantalla, cuando no quieren ser de profesión tronista o pretendiente/a... Son tantas las construcciones calcadas, cual rebaño ovejíl, que llenaría párrafos, vomitando mi incredulidad. Históricamente, los movimientos colectivos han tenido un peso fundamental en muchos momentos clave, pero lo que ocurre hoy en día es una total degeneración de ese concepto para imponer la serialización del yo, dejando de lado el sentido de la identidad personal.

Muchos comportamientos y manifestaciones de esos cromos repetidos se convierten en un auténtico peligro. Yo diría que, muchas ocasiones, en la base del acoso escolar o la homofobia están, de fondo, pensamientos de grupo tóxico, que explota en ejercicios de incontrolada violencia. Un líder inocula odios varios y los secuaces los incorporan como propios, con resultados nefastos. Actualmente, las noticias se llenan de historias trágicas, protagonizadas por muchos de estos absurdos en serie. Sus focos de rechazo y su diana particular son, precisamente, personas diferentes, por uno u otro motivo. La incomprensión con los otros es un drama. ¿Acaso alguien tiene que renunciar a ser como es por miedo al qué dirán o el acaso me pegarán? No. Igual es llevar a máximos mi reflexión, pero defenderé siempre el reivindicarse sin dobleces. O lo que es lo mismo, ser de verdad.

Últimamente se habla mucho de lograr la mejor versión de uno mismo, bla, bla, bla, como si fuera una meta por alcanzar o un reto crucial. Menos cuentos, la mejor versión no existe como tal, porque la llevamos incorporada en todo momento. No hay que ir en su búsqueda. No es un santo grial. Nada ni nadie debe condicionar nuestra personalidad genuina. Sumar, perfecto, pero sin olvidar ni dejar de reivindicar que todos somos de pata negra.

«Sé tú mism@ y serás únic@».

viernes, septiembre 30, 2016

Barrio



Siempre creí en los contextos. De hecho, creo que me persiguen desde pequeño. Para bien y para mal, no siempre en equilibrio perfecto. Pero, sin duda, ha sido el criarme en un barrio de periferia, gente obrera, drogas y desvaríos varios siempre imprime carácter. Que mi colegio estuviera en el centro de la ciudad y que mis modos tuvieran poco que ver con la mayoría de vecinos que podía contemplar desde mi visión bajita, me hizo crear un total desapego a mis orígenes. Una distancia que he mantenido con el paso de los años, asistiendo incrédulo a muchas de las escenas cotidianas que se suceden en los bloques de viviendas de ladrillo caravista. Con el bar y el ultramarinos como epicentros de la vida en comunidad, fue llegar la droguería y sus novedades en ropa interior y crearse una burbuja consumidora. Mi madre tuvo antes su pequeño negocio tal cual, pero aquella aventura emprendedora no duró mucho. Era un chavalín cuando jugaba en casa a ser Amancio Ortega, con tiendas, colecciones y escaparates propios, entonces tuve oportunidad de convertirme en asistente de dependiente de la tienda referencia de la barriada. Con nombre de mujer, tan rotundo y simbólico como ella misma. Hoy propiedad de asiáticos nonstop. Allí me entregué al kilo y medio, a las bolsas llenas y los corazones vacíos. Y es que la clientela no se cortaba en contar sus penas, hacer terapia o, directamente, criticar a cualquier otra, con tal de desahogarse. Yo me lo pasaba pipa, la verdad. Lo que más gracia me hacía es que las marus, más marus, dicho y escrito con todo el cariño, aparecieran en camisón, pijama, bata, cuando no albornoz, y pantunflas. Era un catálogo del desaparecido Sepu en carnes vivas. Defendían el look con profusión, sin ningún tipo de pudor. Admirable actitud, que reconozco nunca llegué a entender del todo. Estaba bien que sintieran (y sientan) el barrio como un ente que poseían y en el que podían hacer y deshacer, pero a mis ojos aquella imagen de legaña y cama no pegaba en la cola de la fruta o la carne.

Mi barrio no ha cambiado mucho desde aquella tierna infancia. Ahora puedo pasear por él o encontrarme en alguno de sus rincones y retrotraerme a la puerta de la catequesis, a la plazoleta donde jugaba con mis primos, a la tienda de chuches, ya desaparecida, donde me compraba muchos ‘flashes’, especialmente de limón. ¡Qué ricos! Y el vecindario ha llorado unas cuantas pérdidas y celebrado bodas, muchas, sin páginas en el ¡Hola! Como la que todos contemplamos hace días desde los balcones. No puede evitarlo, impulsado por una fuerza suprema, lo dejé todo y me convertí en espectador ansioso de la salida de la novia de su casa 'de toda la vida'. Los balcones estaban llenos de miradas cómplices, una música insólita salía, en bucle, de un radiocasete y los vítores se sucedían. Que si el padre, que si la madre… y por fin ella, la protagonista, vestida con sus mejores galas y crecida en el lugar que la vio ser ella misma, esta vez en su mejor versión. Era curioso formar parte de ese ceremonial, cotilla y entrañable, por partes iguales. Y es que al final eso es lo bueno de los barrios, empatizarás o no con la gente que los habitan, pero hay algo que os equipara, que os hace miembros de una fuerza de nombre propio. He de reconocer que cuando viví en otros lugares, en diferentes épocas, caí irremediablemente en barrios, pero ninguno tan genuino como el mío. Cuestionable, absurdo, marginal, pero auténtico. Mío, al fin y al barrio. 

miércoles, agosto 31, 2016

Vacaciones



Hay necesidades que no se expresan con palabras, que se acumulan hasta hacer peso y entonces se convierten en una carga insoportable. Eso mismo fue lo que me ocurrió a mí con las vacaciones. Había olvidado la última vez en que hiciera, de verdad, las maletas para escenificar una ida con fecha de vuelta y un paréntesis de los reales. Motivos laborales, cuando no personales, impidieron este tiempo atrás la huida, tan común, hacia territorios de felicidad de postal. Nunca me instalé en la queja, ni en la comparación dramática, es más, mi adicción total al trabajo me ancló irremediablemente a esta ausencia. Este año, superado por la realidad, me debía la desconexión. Barajé opciones y, pese al escaso entusiasmo inicial, me decanté por descubrir el Sur. Un plan de amigos y todo el tiempo del mundo eran la excusa perfecta para asegurarme una aventura inolvidable. Y así ha sido. Un contexto tan explotado como surrealista ha sido el refugio para una suma de días en los que nos movimos entre dramas y comedias, parafraseando a Fangoria. Vivimos situaciones inverosímiles y hasta de película de miedo con muertes (de un perro), sangres, gritos y violencia, que temimos dieran al traste con nuestra huida hacia/de ‘el Levante’. Tantas horas robadas al sueño en un autobús por carreteras secundarias hubieran sido una auténtica pérdida.

La mayor parte del tiempo estuvo dedicada a un rincón que nunca fue de mi especial simpatía y ponía en riesgo mi satisfacción vacacional: la playa. De pequeño me recuerdo jugando en los arenales cántabros; superando, incluso, un episodio de arenas movedizas, con ‘miniyo’ absorbido sin remedio, pero con los años cogí manía al ejercicio de tostarse al Sol y pasar jornadas de veraneo con sombrilla, cremita y nevera fresquita. Ha sido justo lo que hemos hecho, entendiendo, a la perfección, las necesidades del grupo. Aún así, no he sufrido tanto (como Geno) y me he dedicado a construir, imaginariamente, vidas ajenas, cuando no a criticar sin piedad, lo reconozco. Y es que los estilismos han dejado mucho que desear, especialmente los de ellos, entregados al ‘vicevercismo’ de cortura absurda y músculo apretado. Sin duda, mi parte favorita ha sido realizar entrevistas en profundidad. Desde los taxistas a los relaciones públicas de los ‘garitos’ de noche, con los que llegué a entablar una cercanía insólita. De repente, en unos pocos días construyes unas rutinas, unos cómplices que se antojan tu vida, olvidando (casi) los orígenes para entregarte, por completo, al hogar ocasional. Hasta llegamos a conocer a una prestigiosa bloggera, de las que suman sin restar, sonríen sin photocall y demuestran que hay esperanza y contenido en el mundo de la moda.

Las vicisitudes de apartamento para cuatro, primero, seis, después, dan para novela. El resumen es que hay que tener mucho cuidado con las alemanas que homenajean a Massiel y se olvidan de los inquilinos de ocasión. Duchas frías, fugas, desinformación, qué poca precisión en las formas y cuán rentables salen estas casas de habitantes fugaces. Menos mal que nos lo tomamos todo con una guasa importante, que nos dimos a los ritmos, los selfies y los consejos healthies. Y es que los días de vacación son para eso, para escuchar una canción tontuna, que se pega como los bañadores de lycra y para comentar con el grupo las bellezas al agua. Las risas sientan tan bien como los colores flúor y los atardeceres son el mejor reflejo del alma, que necesitaba contenido nuevo. Y de cierre, una visita en ruta con una compañera de vida, que hace tiempo optó por establecerse en la distancia sureña, siguiendo el puerto de su amor. Mi conclusión principal es que no me ha impresionado ni enamorado el destino, quizá sea por mi rancismo de manual, pero esa necesidad que esperaba su momento no podía encontrar mejor ejercicio de hechos y protagonistas. Gracias a mis cómplices, que me dieron tanto y a este Norte, que desde la distancia me demostraba su importancia vital en mi construcción como ser. Un ser(gio) que siente y se siente ahora con fuerzas y energías para afrontar un otoño que espero sea agitado y revelador. Prometo contarlo.

miércoles, julio 13, 2016

Uno



Ponerse frente a las palabras no siempre es fácil. Ocurre también con las personas, especialmente las que te importan. Esas que causan en ti fenómenos difíciles de describir en lo literal, pero capaces de darte la vuelta en un nanosegundo. La vida me impuso una nueva ausencia, de difícil digestión, pero el pisado, pisado. Y aquí estoy, practicando el carpe diem y luchando por muchos proyectos ilusionantes y conseguir olvidar. Solo así seré yo, en mi mejor versión, esa que he ido bocetando, con la ayuda de tantos cómplices, que en el tiempo me han enseñado que en esta vida estamos solos, pero eso no implica más que nuestra soledad es nuestra fortaleza. Luego vienen los guerreros que se suman a las batallas y las mejores verbenas de sociedad. Pero el yo gana y tiene que estar fuerte, en su sitio y comprendiendo que no será fácil, pero el reto lo hace más divertido. Por una vez, que recuerde, tengo fuerzas y ganas para afrontar esta afrenta de lo real, con madurez y sentidos. Quizá el oído un poco tocado, porque aún sigo bastante teniente, pero me veo con armadura suficiente para saltar a la arena y hacerme grande frente a los leones. Mi versión gladiador no renuncia a los sentimientos ni a esa sensibilidad, marca de la casa, porque mi ángel de la guarda me enseñó la gran lección con esas herramientas “sé tú mismo y serás único”.

En el camino conocí historias que no deben ni pueden ser contadas, pero que demuestran que lo que celebramos mañana puede haberse convertido en nuestra peor pesadilla. Cordura, amigos. Conciencia del ser y de todos, como colectivos. Seguimos en pleno panorama deplorable, con mandamases de chiste y algunos titulares que ni las mejores pinzas pueden sujetar. Así que concentremos fuerzas en ese yo que paseamos, muchas veces errante, silencioso o en horas bajas. Necesitamos energía y una sonrisa enorme, aunque en mi caso no me salga frente al espejo, ni en las malditas autofotos de moda. Buscaré profesionales que me den técnicas de risas y desconexión, la mejor vitamina que puede existir. Yo quiero un cese temporal de la convivencia con el ordenador, porque esta relación me gana y aquí sólo puedo quedar uno. ¡Hagan sus apuestas!

sábado, junio 04, 2016

Aprendamos...



"El éxito es aprender a ir de fracaso en fracaso, sin desesperarse"

Winston Churchill

domingo, mayo 01, 2016

Ocho letras, una madre



Se me antoja imposible ser tú. Dicen que tengo muchos rasgos de tu carácter, que reproduzco algunas de tus manías o esos pequeños gestos que me delatan tuyo. Es normal que te sienta perfecta, que te haya idealizado y, conforme pasan los años, dé más valor a cada una de tus grandezas. Pero creo que si te viera desde fuera, en una burbuja de observador imparcial, compartiría el dictamen. Tu máximo común denominador es ser una buena persona, generosa, cercana, desprendida, sin dobleces. Tu entrega a tu nido es admirable, siempre te las ingenias para relegarte y poner al resto en la cima de tus preocupaciones. Te llevarán los demonios de dolor o tendrás un mal día, pero te refugias en los silencios para no perder nunca tu sinfonía del dar. Muchas veces pienso en el miedo que tuvo que suponer el saber que llegaba para quedarme y habitar por siempre tu corazón. Compartido en régimen de felicidad y lo sabes. Superaste esa sensación de vértigo y situaciones de película para no dormir, siempre volcada en conjugar el querer. Pesara a quien pesara. Con los años no te lo puse fácil e imagino el vuelco en las tripas al recibir una de las peores llamadas de tu vida. ¿Por qué? Quizá el destino quiso mandarnos un mensaje que aún estamos intentando descifrar. Entonces volviste a demostrar ese coraje, una fuerza más allá de lo terrenal. En el peor contexto, cuando mi reloj humano se paró en seco, sacaste el poderío y esa mirada que brotaba todo el amor. Gracias. Fue y será siempre mi mejor medicina. Bendita dosis tú.

Sabes que odio las analíticas, los pasillos de hospital y ese olor que traspasa los poros de la piel con desazón, pero a tu lado la pesadilla se hacía menos. Cómo voy a pensar en que algún día pudiera despertar y que no estuvieras ahí para ser cómplice. Mi cómplice. Me niego a perderte, por mucho que me pidas el luchar como legado. No quiero, no tengo tu valentía. Estremezco solo con imaginar ese escenario de ausencia. Sin tus consejos, sin esa capacidad de levantarme sin grandilocuencias, me sentiría perdido. Cuando te he tenido lejos ya he sentido esa fragilidad. Habrá quien piense que soy víctima de inmadurez, incorregiblemente al calor de tu ala. Puede ser, pero nunca por ti, porque siempre me has dado luz verde al crecer, vivir y equivocarme. Incluso en las decisiones más controvertidas has respaldado mis ejercicios del yo. Ese libre albedrío que se apodera de mí cada cierto tiempo entiendo que no es del todo justo. Aunque en cada ocasión has demostrado estar, acompañar y alentar, incluso, por mucho que todas las incógnitas habitaran tu estómago. Eso sí, siempre en la duermevela y la precaución de instinto profundo. Como cada vez que el mínimo dolor me agitaba y corría en la noche, en la oscuridad, a llamarte al auxilio. Y respondías preocupada y dejabas los sueños por soñar despierta, ejerciendo tu mejor versión. Admiración es poco, gratitud igual.

Te lo debo todo y cualquier momento o folio en blanco es bueno para recordarlo y devolverte en palabras mínimamente tu entrega. Dudo que la vida me ponga por delante la oportunidad de reproducir tu ejemplo y escenificar la mejor herencia personal que pueda imaginar. Si fuera así, qué responsabilidad, un reto cortado a tu medida. Supongo que brotarían mecanismos espontáneos y construidos por ti desde lo cotidiano. Desde la cuna a mis adulteces del todo inestables. En el fondo y con tu coreografía de emociones, la esencia no me ha abandonado, porque tú no te has dado el mínimo respiro. Ojalá, querida, pueda estar a tu altura y cuidarte, entenderte y sostenerte cada día con su noche. Te quiero, mamá, y serán las ocho letras que jamás me cansaré en dedicarte, gritando o desde el silencio. Con nuestro lenguaje intransferible. Feliz día. Feliz vida. 

sábado, abril 23, 2016

Líbrame para bien



Más que un cariño físico a los libros, se lo guardo a las historias. A lo que me dieron, ese instinto de contar, de curiosear, de poner palabras a momentos, contextos y personas, cuando no personajes. Un día como hoy es la exaltación perfecta de un hecho intimista de perderse y encontrarse entre páginas. Algunas narradas, en esa tradición oral que desde bien pequeño me contagió de la necesidad de imaginar, soñar y preguntarme sin parar. Tampoco olvido esos primeros relatos de colegio, anécdotas sobre lugares comunes, concursos de poesía y demás ejercicios del crear. Soy firme defensor de que hay que darle al lápiz, el boli o la tecla, incluso de forma indiscriminada. Porque de entre muchos, siempre saldrán unos pocos que valgan la pena. Era un loco bajito que tenía clara ese latiguillo recurrente de los adultos, el ‘qué quieres ser de mayor’. El Periodismo, las Historias y lo Audiovisual me atraparon sin remedio. Escribía mis revistas, emulaba a los rostros de la tele, jugaba a protagonizar firmas de libros. Mi Sant Jordi particular lo montaba en la minúscula terraza del salón familiar, con aquellas rosas que se hacían en papel o tiras de telas de colores. Prometía. Volvería, sin dudarlo, al brillo de mis ojos. Pasaron los años y los instintos se convirtieron en realidades. No perdí el tiempo y me lancé a ejercer de contador lo antes que pude. La prensa local podrá estar denostada, pero tiene a grandes profesionales que demuestran que de la nada se construye un todo muy digno. Tuve maestros que me enseñaron a mirar con criterio y rápidamente encontré mi voz. O eso creo. Siempre con personalidad, disfruté mucho de reportajear realidades costumbristas, testimonios surrealistas o instantes desiguales. No importaba, tomaba notas y rellenaba libretas ilegibles. Pero tan mías, que volver a ellas me resulta emocionante.

Luego me presenté a concursos, sin mucho éxito, aunque eso nunca me importó. El mero hecho de plasmar mis fantasías o esos adentros sin verbalizar valió mucho la pena. Para entonces ya me había entregado, por completo, al universo blog. Una pantalla, tantas ideas brotando, perfectos desconocidos leyéndote al otro lado, interactuando y tus conocidos entrando sin llamar a esas reflexiones tan personales. Vale, no llenaba capítulos de un fenómeno editorial, pero cada post se convertía en una auténtica declaración de intenciones, en una suerte de desnudez emocional, una terapia sin diván, sólo con vocales y consonantes. Han pasado años desde entonces, en su momento en el periódico, después con la fuerza de lo online, pero siempre, siempre preso del poder de cada palabra. Entregado a su potencial, a su magia y capacidad de hacerme sentir útil. Con mi estilo enrevesado, de metáforas, enumeraciones y términos por inventar. Un escribir particular, que no necesita vecindario. Me basta con mi hipoteca de construcciones verbales, títulos hiperbólicos y recursos a lo supino. El culmen a todo esto fue retarme a armar una novela, un ejercicio complejo y desgarrador, a mi entender. Pues soy de los que conciben la escritura como una plasmación de vivencias. Mi imaginación puede ser infinita, pero creo más en lo descarnado que transmite verdad. 

Fue así como surgió ‘Soy: Historia de una Vida en Tránsito’, esa novela de la que siempre hablo, pero que parece enterré. Ni mucho menos, espera su momento. Y lo tendrá. Quizá el momento no me acompañe y tampoco quiero tirarme a la majarada de autopublicar, sin garantías o la conciencia de mover mi vástago literal. Confío mucho en ella, porque es una suma de personajes muy reconocibles, con el amor como eje vertebrador. Un viaje espacio-temporal, a través de quereres no siempre bien resueltos. Y el duelo de un protagonista que sufre un bloqueo emocional, del que tampoco le ayudan a salir. Comencé párrafos en el momento más oscuro de mi biografía y el tiempo se convirtió en aliado para narrar ese viaje del héroe, con una capa demasiado pesada. Mi mayor satisfacción fue saber que algunos lectores, a modo de experimento, bucearon en los adjetivos que articulan mi pequeña criatura. No tengo prisa por llenar estanterías, ocupar espacio en ebooks o regalar citas absurdas de mis personajes. Cumplí mi cometido, me entregué al tecleo y la satisfacción no necesita número de ISBN. Otras historias me piden paso, con las mujeres que tanto me dan como protagonistas y esa capacidad única de sobreponerse a todo. Espero estar a la altura y algún día celebrar este día releyendo pasajes de mis libros, que me harán más libre, afortunado y feliz. Nos leemos.  

jueves, marzo 31, 2016

El otro Santander



Aunque quede mal, soy de los forofos de su ciudad. Santander me encanta. Creo que es una ciudad única, con rincones mágicos, ciertas debilidades, especialmente en lo social, pero mucho potencial. Por eso me da mucha rabia que haya gente que se queje amargamente de que aquí no pasa nada, no hay nada que hacer, que esto es un rollo, que nadie propone… Están muy equivocados y se lo argumentaré. Puede que mi profesión me tenga conectado a muchas de las cosas que ocurren, a las personas que emprenden o hacen posibles interesantes proyectos. Pero, como todo en la vida, el interés que uno ponga es clave a la hora de gestionar su agenda. Prácticamente todos los días son varios los actos culturales que se suceden en nuestra ‘tierruca’, capital y resto de grandes poblaciones. Cuando no son actos institucionales lo son privados, pero siempre pasa algo relacionado con el arte, la poesía, mayoritariamente la música, etc. Y en diferentes estilos, formatos y propuestas. ¡Qué decir del teatro! Muchos viajan fuera y se maravillan del irreverente microteatro, inconscientes de que en su casa tienen una variada oferta, con gente que desborda talento. Aquí debo mostrar mi cariño por Rosa Casuso, que consigue atrapar interpretativamente con sus alumnos en las distancias cortas. Sin olvidar las grandes programaciones, especialmente la del Palacio de Festivales. Por el león invertido y surrealista pasan cada año grandes nombres de la escena o el séptimo arte. En nada estará, otra vez, mi adorada Concha Velasco. Semanas atrás pude ver desde un musical irreverente como ‘El Cabaret de los Hombres Perdidos’ o una obra dura y reflexiva, como el ‘Pequeño Pony’. Compré las entradas en Internet, a un precio muy razonable, e hice el mismo recorrido que en Madrid pasa por la Gran Vía, solo que nosotros tenemos como cómplice nuestra Bahía. De postal, silenciosa y cargada de historias. 

Hay que estar un poco pendiente de las agendas digitales o en papel que nos recuerdan que este otro Santander es posible. Que nuestras calles tienen interesantes espacios, en los que, antes o después, alguien con mucho que contar se sorprende cuando llena. ¡Es tan raro que aquí nos movilicemos! Por no hablar la cantidad de negocios de hostelería que se están reciclando constantemente, apostando por innovar, en cartas y decoraciones. De todos es bien conocido mi recurrente Agua de Valencia, en Perines. Si te lo propones, no hay que gastar mucho para comer o cenar en buena compañía y en un sitio perfecto para enseñar en Instagram. ¡Viva el postureo! Si quieres y buscas, encuentras. Esto no es el como el amor, aquí hay mayor probabilidad de éxito. Otro foco de alegrías y descubrimientos son los mercados vintages, artesanos, creativos, inquietos que se suceden a lo largo de la región, siempre en fin de semana. Son la oportunidad perfecta para dejarse conquistar por las pequeñas grandes cosas, diseños o bocados. Bien conocida es mi cercanía con el Escenario Market, en cuyo escenario he hecho de las mías, pero siempre que puedo me escapo al StarMarketSantander, con mi querida Irene Cote y su chico como anfitriones. Y qué decir de la naturaleza, la riqueza que a lo largo de toda Cantabria tenemos y no damos apenas valor. Una ruta, paseo o picnic se convierte en toda una experiencia, totalmente lowcost. Lo hacen las celebrities y parecen lo más, pero muchos olvidan la cantidad de experiencias que tenemos a nuestro alrededor y que esperan su momento. Así que menos quietismo y quejas vacías de contenido. Más valorar lo nuestro y pensar que el que se aburre es porque quiere. Menos aplicaciones de móvil para ligar y más realidad, amigos y contextos para subir al Facebook. ¡Viva Santander!

jueves, marzo 17, 2016

Terrorismo de lo cotidiano



Una semana de fiebre y aislamiento sólo ha servido para que llegue a la conclusión de que tengo que empezar a lanzar ‘bombas’. Tal cual. Dejarme de remilgos e historias y empezar a soltar por esta boquita muchos pensamientos y opiniones, que históricamente me he callado por prudencia. Estoy harto del buenismo, el buenrollismo y todos esos –ismos que poco ayudan, sino todo lo contrario. A lo tonto hemos construido un mundo absurdo, de contrastes imposibles y gentes más imposibles aún. Así que mi propósito es no contribuir más a esas vergonzantes realidades, algunas de las cuales sufro por mi total nulidad. Pierdo la personalidad cuando más la necesito, esto es así. Aspiro a levantar muros y barrer tanta basurilla, porque la vida está para gastarla, no para desperdiciarla a base de tonterías. Sé que es común que me venga arriba, me prometa mucho y después siga con mis insufribles, pero es que estoy tan harto. No veo un mañana. Me veo incapaz de alargar algunas situaciones, de tolerar ciertos discursos, aguantar determinadas miradas ajenas y otros tantos ceros a la izquierda.

Cada uno debemos responsabilizarnos del buen vivir, sea cual sea la definición personal. Sabemos nuestros límites, pero sumamos demasiado escombro. No estoy dispuesto a ser el muro de contención de la obra, porque mucha gente te regala un ladrillo envenenado y se cree con la capacidad de cargarte un saco entero. Que lo repartan por ahí y a mí me dejen en paz, que bastante tengo ya con lo que tengo. Las circunstancias me tienen demasiado desorientado, incapaz de decidir cómo orientar energías. Desde bien joven he dado tanto y a mí mismo me he dejado por abandonado por el camino. Y no me da la gana contribuir más a esta ceremonia de la confusión. A este estar sin estar. Al desconocimiento total de mi persona, al anhelo de las ilusiones robadas, de los sueños que se mojaron sobre el papel. Con las teclas se me amontonan las ideas y eso que ganan los silencios. Si algo espero de este año tan vacío es salir reforzado hacia mi propio encuentro. Habrán valido la pena entonces tantos desvelos, lágrimas sin cómplices o ese dolor indescriptible que genera la rabia. Si hay algo que quiero es ser yo, libre y con una vida como los demás. Se acabaron las concesiones, bienvenido(s) al terrorismo de lo cotidiano.